RaqueLíquida

El mundo líquido… desde mis zapatos

De la liturgia a la lujuria

Este artículo, publicado por mí en Ling de noviembre, narra una apasionante historia, la de un vino que nació en una abadía y se hizo inmortal en la corte más libertina del mundo. Es la historia del lujurioso champagne.

El champagne moderno, tal y como lo conocemos hoy, con sus burbujas constantes ascendiendo por la copa y la sensualidad y glamour con el que se asocia a este vino francés, tiene su origen en una abadía benedictina, donde la disciplina, el trabajo y el sacrificio regían la vida de los monjes. Nada hacía presagiar entonces que lo que fue un vino monacal acabaría siendo el líquido de la lujuria y el placer por excelencia.

Es el año 1668. El joven monje Pierre Pérignon llega a la abadía de Hautvillers, en plena región de Champagne, y allí se le encomiendan las labores de tesorero y custodio de la bodega. Se pone manos a la obra y hace restaurar la abadía y revitalizar y recuperar terrenos que pertenecían a los religiosos. Establece nuevos contratos de arrendamiento con los agricultores e instaura de nuevo el diezmo.

En los 47 años que se mantuvo al frente de la abadía, Dom Pérignon aumentó las tierras en manos del monasterio hasta diez veces más de lo que tenían sus propietarios vecinos. Su laboriosidad y meticulosidad estaban muy lejos de la frivolidad y el ansia de placer de la corte del Rey Sol y de su bisnieto y sucesor, el “bien amado” Luis XV. Pero ambos mundos, monacal y cortesano, con todo lo que este trajo consigo, se unieron gracias al vino del monje. Por primera vez en la Historia, el nombre propio del autor de un vino prevalecía sobre el terreno de donde procedía: Dom Pérignon es hoy un vino, un hombre y una leyenda.

Dom Péringon
En esta carta, el abad ya intuía lo que tenía entre manos, el “mejor vino del mundo”

Pierre Pérignon era un hombre con inquietudes, observador, sin miedo a experimentar y con habilidades innatas. El monje puso orden en el campo y en el abastecimiento de uvas en su región y comenzó a hacer cambios que darían lugar a lo que hoy los entendidos llaman el método tradicional o champenoise para elaborar este inmortal espumoso.

Hasta los años de Dom Pérignon, los vinos de la Champagne eran tintos y, aunque existían algunos llamados “vinos grises” que sí eran blancos, les faltaba un “no sé qué”. El monje supo buscarlo y… lo encontró. Cuenta la leyenda que se hallaba en la bodega cuando escuchó que una botella de los vinos que se elaboraban en la abadía estalló. Curioso, se acercó, probó el vino y exclamó: “ Venid, hermanos, ¡estoy bebiendo estrellas!” …Y el resto es historia. El Champagne tal y como lo conocemos hoy había empezado a gestarse en las sacras profundidades de un monasterio y esas “estrellas” no eran sino las burbujas sin las que no se concibe hoy ese mito, ese vino codiciado y apreciado en todo el mundo, y cuyos viñedos hoy se cotizan a millón de euros la hectárea.

El monje descubrió que la botella había estallado por la segunda fermentación del vino en su interior, y que el producto resultante era como beberse el cielo. Desde entonces, comenzó a averiguar cómo provocar esta reacción del vino sin que los tapones saltaran y las “estrellas” se mantuvieran en la botella.

Y de ahí, a la Corte, por medio de los proveedores reales, gracias a los cuales los monarcas y cortesanos conocieron el vino de champagne y lo adoraron. Lo bebían en sus fiestas, donde todo era brillo y esplendor, y oían sin parar el sonido que provoca descorchar una botella tras otra. Su fama fue creciendo y desde entonces no ha parado, llegando a los zares, reyes británicos, millonarios y jeques y cruzando el Atlántico para, desde otro reino, el del Hollywood de los 50 y 60, alcanzar la inmortalidad.

Dom Pérignon quiso construir un reino de Dios en la tierra y, en cierto modo, gracias a su “vino con estrellas”, lo consiguió.

El Champagne también es cosa de ellas

Desde que Madame Pompadour, amante de Luis XV, dijo aquello de “el champagne es la única bebida que hace más bellas a las mujeres después de beberlo”, muchas han sido las féminas que han intervenido, para bien, en la historia del espumoso francés. La primera fue Nicole Barbe Ponsardin, más conocida como la Veuve Clicquot, una mujer de armas tomar que se encargó del negocio familiar de su marido y lo revolucionó. Compró terrenos que hoy son de la mayor calidad, puso etiquetas a las botellas y se inventó el pupitre para colocarlas bocabajo en la cava y provocar que los sedimentos se acumulen en el gollete, para lograr un vino brillante y limpio.

Madame Pompadour
Madame Pompadour

Tras ella, la “Tía Lily” Bollinger, quien dirigió esta prestigiosa maison durante 30 años y la llevó hasta el éxito; o la también viuda Camille Olry- Roederer, quien durante su gestión en la casa madre del codiciado champagne Cristal fue capaz de hacer que el negocio sobreviviera a la Depresión primero y a la Segunda Guerra Mundial después. Ella hizo de Roederer uno de los champagnes más prestigiosos y gracias a sus compras de terrenos la casa hoy es la que más porcentaje de viñedos propios posee de toda la región.

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