RaqueLíquida

El mundo líquido… desde mis zapatos

Los pelos de punta del sumiller

Hay una diferencia muy grande entre un restaurante lleno y uno vacío. En el lleno, el servicio es amable, los camareros atentos y la comida rica. Y si encima en este pequeño reducto de placer hay un sumiller apasionado por su trabajo, el restaurante se sale de lo normal. Y no hablo ni de lejos de Estrellas Michelín. Pequeñas joyas se pueden encontrar en los lugares más inesperados.

Porque un sumiller (aquella persona de la que solamente se ve que ofrece el vino en un restaurante, pero con muchas otras tareas vinícolas que quedan ocultas) al que le encanta el vino puede hacer de la experiencia de comer o cenar bien una vivencia para recordar.

Eso nos ocurrió a un grupo de amigos y a mí el otro día en un restaurante donde al sumiller le pasa eso, que le encanta su trabajo. Íbamos de celebración y pedimos un vino de aperitivo para empezar, ya que la noche prometía algún que otro vino más (que los hubo, claro). Nos decantamos por un jerez: bien un fino, bien una manzanilla. Tampoco indicamos mucho más que eso porque sabíamos que estábamos en buenas manos. Esa sensación, para el que no la haya tenido, es increíble, reconfortante, la de poder dar indicaciones de lo que te apetece y que haya alguien ahí escuchándote y sabiendo realmente lo que quieres no solo con lo que dices, sino con lo que te callas.

Bien, un vino entonces. Con ojos vivarachos y la seguridad de quien controla su terreno y se enfrenta a una audiencia entregada, el sumiller nos propuso un par de opciones, claro, para que la elección final pueda tenerla el cliente. Pero recomendó especialmente una de ellas, un vino que encontró en una pequeña bodega, casi artesanal, y del que se hacían muy pocas botellas. Un caramelo, vamos, un dulce para unos golosos como éramos nosotros esa noche. Pero lo que nos decidió a pedir ese y no otro sin tener ninguna inclinación previa fueron los pelos de punta del sumiller. Sí, sus pelos de punta. Porque mientras nos hablaba un poco del vino (sabe que puede hacerlo porque nos conoce de otras veces y se permite una pequeña y apasionante conversación con nosotros, pequeñas y humildes esponjitas de lo que nos cuenta y nos pone sobre la mesa) decía que cuando lo probó por primera vez le pareció excepcional, y mientras lo recordaba ante nosotros, se le pusieron los pelos de punta.

Con apenas 23 años, vimos allí cómo ese sumiller se ha entregado a su profesión, cómo disfruta conociendo y contando lo que tiene en su carta o en su bodega para que los demás disfrutemos bebiéndonoslo. Elige los vinos que le gustan y le emocionan para provocar emoción en los comensales cuando los toman. Y es capaz de emocionarse y de mostrar sin pudor sus pelos de punta cuando recomienda un vino. ¿Quién, en sus cabales, osa no tomarse un vino que le pone los pelos de punta al sumiller?

Yo quiero sumilleres con pelos de punta en todos los sitios, aunque me temo que como él solo hay unos pocos, y hay que buscarlos en rincones, a veces, inesperados.

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