RaqueLíquida

El mundo líquido… desde mis zapatos

Archivar para el mes “julio, 2011”

Bebo cognac, ¿y qué?

Hace unos meses que dejé de trabajar para una casa de cognac y recuerdo, como uno de los retos que tenía en mi labor profesional, que el cognac en España, como el resto de los brandies, lo tenían bastante crudo para rejuvenecer su imagen. Es una bebida noble que se asocia, gracias al trabajo de muchos años de publicidades en esa línea, todo hay que decirlo, con un consumo teñido de ranciete, de anticuado y excesivamente clásico, difícil de redirigir hacia un público más joven.

Afortunadamente, al cognac, como a otras bebidas que padecen el mismo lastre y no encuentran vías de escape cara a remontar el consumo, le quedan los cócteles. Eso sin contar, que no sé si muchos lo sabréis, con que el cognac y el brandy son muy populares entre los jóvenes y son una bebida muy trendy, pero fuera de España e incluso de Europa, donde son tragos antiguos para tipos con bigote, puro y copa de balón

Esta bolita es un cóctel con Grand Marnier muuuy rico

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Personalmente soy partidaria de beber vinos, destilados y cócteles sin prejuicios, abriendo la mente, como única vía para aprender y a disfrutar con ellos. Por eso si me ofrecen una copa con un cóctel de cognac no tengo el más mínimo reparo en probarla para decidir si me gusta o no. Y por eso descubrí que me gusta el cognac en combinados, que va muy bien con ginger ale, por ejemplo, y que si lo acompaño de cítricos el sabor se vuelve fresco, mucho más fácil de beber.

De hecho, hay licores a base de cognac y cítricos, como Cointreau y Grand Marnier, que apuestan por esa combinación para hacer de este destilado francés una bebida más fácil e introducirla en el mundo del cóctel.

Y no voy a hablar aquí, en un blog que lleva el apellido “líquida”, de lo genial que me parece la idea de echar un chorrito a la cobertura de chocolate o a cualquier postre que lleve cacao… Probadlo.

El otro día estuve en una fiesta que organizaba esta última marca con la intención de demostrar que los cognacs y las bebidas con base de cognac pueden tener un público más joven renunciando a la tradicional (y sí, algo rancia) copa de balón. Fue aprovechando la puesta de sol madrileña frente al Palacio Real y el cóctel que se servía, Grand Sunset, se inspiraba en ella. Hasta el vaso en forma de bola intentaba rememorar una puesta de sol. En su interior, cítricos, zumo de naranja y gotas de limón (ya he dicho que va muy bien con la naranja, el limón o el pomelo), hielo y soda. Sin más. Y estaba delicioso, la verdad.

... y este es un ambiente nada rancio donde tomarse un cóctel de Grand Marnier, por ejemplo

Me pareció una excelente idea para iluminar con un poco de juventud esta bebida que a mí me daba quebraderos de cabeza cuando intentaba comunicar que el cognac sí, también, es una opción para tomar cócteles diferentes de los de siempre.

Sed de ideas

Oigo por todas partes voces (no en plan el niño de El sexto sentido, sino voces reales) y leo en artículos de opinión que el periodismo vinícola y gastronómico está desmembrándose, que se acaba esa etapa en la que los colaboradores externos o redactores en asuntos enológicos y gastronómicos están condenados a la extinción. Una leve sonrisa escéptica asoma a mis comisuras.

Esta profesión, que no es sino periodismo como cualquier otro pero mucho más agradecido la mayor parte del tiempo para aquellos plumillas que disfrutan comiendo y bebiendo, visitando viñedos aunque caiga un sol a plomo o lluvia a cántaros y escuchando a los cocineros sus teorías y filosofías culinarias o a los bodegueros su concepto de bodega y elaboración (es mucho más, pero en esencia, esa es la parte más característica), es para el ajeno un caramelito delicioso que degustar sin esfuerzo, y para algún otro es una subcategoría con la que vivir de gorra casi todo el tiempo y, de vez en cuando, poner unas líneas favoreciendo a tal o cual vino o este o aquel restaurante.

Por eso, como le ocurre al periodismo en general, hay quien piensa que eso se puede hacer solo, que cualquiera puede escribir de lo que sea en una publicación si tiene los contactos necesarios y conoce algo el mundillo. Yo me río de eso, porque es justo lo contrario de lo que pienso yo.

Pero no me voy a poner catastrofista porque si no creyera en el periodismo gastronómico y vinícola real, honrado, con vocación de servicio público (sí, lo que leéis) y útil para los lectores no estaría empeñada en abrirme camino en él y en animar a seguir en la labor a muchos de mis compañeros. Tampoco escribiría este blog (que es mi herramienta para expresar cómo entiendo yo esta profesión, desde dentro) ni estaría dispuesta a participar en proyectos que, a primera vista, solo dan trabajo pero no ponen un plato de comida en mi mesa, ni siquiera me proporcionan un puesto en una velada canapera. ¿Y qué?

Como yo hay unos cuantos. Por eso no puedo, a pesar de que mi situación como periodista no me permite tener grandes lujos (buf, nada más lejos) dejar de apoyar todo lo que me parece que obedece a lo que no es una crisis tanto como un toque de atención para cambiar la situación (¿soy demasiado cándida? Pues lo seré, pero insisto). Si algo no funciona, como le pasa al consumo de vinos aquí en la piel de toro, quizá hay que plantearse por qué, y si el periodismo de vinos no gana bebedores de morapio, habrá que hacerse también la misma pregunta.

EnCrudo va de mano en mano... aquí lo tiene mi amiga Carmen

Por eso este blog, y por eso proyectos como el que se le ha ocurrido a Yanet Acosta (la autora de “El chef ha muerto” que recomendé en el post anterior) y Jacobo Gavira: un fanzine gastronómico canalla que se ha hecho como los de los años 60 o 70 con contribuciones desinteresadas y para distribuir libremente lo que también es cultura, la cultura enogastronómica. El fanzine se llama EnCrudo y está recorriendo países y manos para que quien quiera pueda leerlo, algo a lo que os animo desde aquí (y no solo porque yo haya participado y apoyado la iniciativa, es que creo que es una excelente idea que pone de manifiesto ese cambio del que hablo). Yo ya lo he leído y mi ejemplar pasará a manos de otros lectores hambrientos de diferencia. ¿A qué esperáis?

…Y para las vacaciones, entretenimientos gastrovinícolas (o enogastronómicos, oiga)

Siempre digo (porque lo pienso) que para aprender de vino es imprescindible beber vino. No digo ya catar vino, que puede asustar a más de uno, pero beberlo, dejar que el vino nos diga cosas y tratar de analizar todo lo que percibimos mirándolo, oliéndolo y probándolo. Eso puede ser una de las actividades estivales recomendables, reunirse con los colegas y abrir un par de botellitas bien frescas para comentarlas y, de paso, aprender de vino.

Pero para cuando uno está solo, también hay lecturas ligeras que pueden divertir y al mismo tiempo echar una manilla en esto de entender de vinos. Se me ocurre uno que estoy leyendo y, aunque no lo he terminado, lo recomiendo porque conozco al autor y además me encanta cómo cuenta todo en sus artículos en revistas. También me está encantando cómo cuenta algunos tejemanejes del vino y me parece una buena opción para echar un vistazo sin tener que recurrir a pesadísimos ladrillos sobre enología o elaboraciones vinícolas, que ya son para frikis o para gente que quiere no profundizar, sino tocar fondo en esto del vino. El libro se llama “Saber de vino en tres horas” y su autor es el periodista Federico Oldenburg, un tipo que sabe de lo que habla y, lo que es más importante, sabe contarlo.

... Y el de Yanet

El libro de Federico...

El otro no es ni vinícola ni un manual o algo parecido para aprender de vino, sino una novela negra (¿veis como en esto del mundo gastronómico y líquido hay más que ladrillos?) escrita por una de las mejores periodistas gastronómicas de la nueva generación: Yanet Acosta. El libro se llama “El Chef ha muerto” y no es un curso de cocina (¡bien!) sino una novela negra y canalla llena de intrigas bien mezcladas y aderezadas con ironía y humor (también negro, porque el comienzo ya hace salivar: el mejor chef del mundo muere misteriosamente ahogado al atragantarse con un pulpo vivo y… compradlo y leed lo que pasa después). Como la propia Yanet comenta,  “El Chef ha muerto es  es un libro para disfrutar del misterio de la clásica novela negra de detectives. Además, es una novela para divertirse de la mano de su protagonista, Ven Cabreira, un tipo al que no le gusta nada comer, pero tiene que introducirse en este mundo de la alta gastronomía para investigar el caso del Chef”. Y para leer este libro, por supuesto, no hay que entender ni de gastronomía, ni de vino. O sea, que es para todos los públicos.

Yo me los pienso llevar a mis vacaciones a los dos. Los libros, claro, no a los autores que ya son mayorcitos para irse solos donde quieran…

Ah, y para internautas empedernidos, recomiendo echar un vistazo a los capítulos que se publicarán este verano en la página web donde escribo, www.proensa.com, sobre los vinos modernos, escrito por Andrés Proensa, junto a algún que otro reportajito ligero. También para aprender y estar al día de las tendencias en el mundo del vino sin cansarse con pesados manuales.

Pues eso, feliz verano.

Profanos del cóctel, ¡convertíos!

Ya es verano desde hace unas semanas y lo que más apetece es olvidarse de la oficina aunque sea por unas horas y salir a tomar algo, un vino, un champagne… o un cóctel. Últimamente el que más se ve por ahí, aparte del gin&tonic (que, técnicamente, no es un cóctel porque no lleva nada más que la base alcohólica y un refresco, así que es más propio llamarlo combinado, como el Cuba-libre), es el dichoso mojito. Y lo de dichoso no es porque me guste o no, que no es el caso (siendo RaqueLíquida abogaré por casi cualquier líquido y bebida de calidad tomada con moderación), sino porque lo veo, me lo encuentro, hasta en la sopa. Pero hay vida más allá del mojito, vaya que sí.

El otro día me llegó una comunicación donde se hablaba de que varios establecimientos en España contarán con un mojito de grifo listo para servir y al que solo hay que poner los aderezos correspondientes (el hielo, el limón y la hierbabuena o la menta) para disfrutarlo. Me dije a mí misma que, efectivamente, el mojito se está convirtiendo en un cóctel no solo de moda, sino al alcance de todos. No tengo ni idea de los precios que manejan estos preparados, pero imagino que serán algo superiores a los de una cerveza o un vino de la casa. Sinceramente, la idea de poder tomar un cóctel ya preparado no es la que más me atrae, pero también me parece recomendable si lo que uno quiere es empezar a probar los sabores de los cócteles.

Para empezar... perfecto

Por eso tampoco me parecen mal las botellas de otros cócteles ya preparados, porque uno puede empezar por ahí a enamorarse del cóctel (conocido ahora entre los más empollones como “mixología”) en sus casas y fiestas particulares y a partir de ahí saltar a su verdadero territorio: los bares. Porque, lo queramos o no, el bar es el santuario coctelero por excelencia.

Ya lo insinúa el más internacional de nuestros maestros cocteleros, Javier de las Muelas, cuando habla de los “feligreses” que acuden a la “liturgia” de tomar un cóctel en un bar. Porque no hay nada comparable, ni grifos, ni preparados, a llegar a una barra y encontrarte con alguien tras ella que te haga disfrutar con su cóctel. Bien preparado, eso sí, por lo que es recomendable escoger el sitio (en la mayor parte de las capitales españolas hay algún santuario donde acudir sin miedo a tomar un cóctel exquisito y bien mezclado por un profesional) y también, si uno es valiente, dejarse aconsejar por el barman: ahí, como cuando uno se deja sugerir por el sumiller para escoger el vino, puede estar la clave del disfrute del cóctel.

Y para continuar, las creaciones de los profesionales y los cócteles clasicos de nuestro barman favorito

Y se puede seguir pidiendo mojito, claro que sí, y en esta época aún más (aunque haciendo un poco el canalla, recomiendo probar el “No es un mojito” que prepara Mario Villalón en El Padre de Madrid), pero sabiendo que hay vida más allá: es apasionante (creedme, lo es) descubrir los amargos sabores del Negroni, la fortaleza del Manhattan, la frescura del Cosmopolitan, la elegancia del Dry Martini o el exotismo de los llamados cócteles Tiki (preguntad sin miedo al barman qué es eso…) e incluso probar las creaciones propias de cada bar (cócteles de autor, podríamos llamarlos, aunque todos, los conocidos y los menos, tienen sus creadores) o viajar en el tiempo hacia los cócteles más “rancietes” pero llenos de encanto, como el Ramos Gin Fizz (¿no despierta vuestra curiosidad?) o mi favorito, el Sazerac. Amén.

El tinto, frío, por favor (o quiero también mi tinto en verano)

Parece que con este calor lo que menos se imagina uno tomando en una terraza, en un restaurante o en casa es una copa de vino más allá de los blancos, rosados o espumosos. Pues no, porque el tinto, servido a una temperatura correcta para soportar la ingente subida de grados durante la canícula es una opción más que recomendable.

Sin dejar de lado esos blanquitos frescos, los rosados frutales o los chispeantes espumosos, el tinto no tiene por qué desaparecer, si a uno le gusta, de sus menús o copas estivales.
El otro día asistí a una cata donde un sumiller reivindicaba la cubitera para enfriar los tintos y así poder tomárselos a buena temperatura del principio al fin de la botella. Un sumiller experimentado, con recorrido en hoteles de lujo y en tiendas especializadas, ojo, que ha servido y custodiado vinos durante toda su vida, declaraba que no hay que tener miedo a pedirle al camarero de turno una cubitera (con hielos y agua, por favor, no solo hielos que aquello es imposible de gestionar) para mantener el vino a una temperatura fresca. De este modo el vino se enfría más de lo habitual y aunque algunos pueden pensar que se pierden aromas y sabores con el frío, o que se disimulan los defectos que pueda tener, lo que se gana es más que lo que se pierde. ¿Que el camarero en cuestión nos mira como a bichos raros? Ni caso, insistamos en que lo queremos fresco, de cubitera.

Cuando se habla de temperatura ambiente del vino, siempre se refiere a la de las bodegas, que es donde el vino se conserva en perfecto estado. Eso de temperatura ambiente en verano es dar caldo por vino o gato por liebre.

Con estas temperaturas la diferencia entre los 14 grados recomendables para beber un tinto y los 35 y hasta 38 o 40 grados que hace en la calle o los veintimuchos de los restaurantes, si una copa se sirve a 14 (algo que tampoco es lo más corriente, siendo realistas) lo único que vamos a tomar a temperatura es un sorbo, porque lo demás se convierte, y ahora sí es propio utilizar este palabro para definir a un vino, en caldo: calentorro, alcohólico y hasta desagradable. Y si no hemos probado muchos vinos y no tenemos mucha idea de cómo se comportan con la temperatura, podemos pensar simplemente que el vino está malo, cuando no es así y lo único que le ocurre es que se ha calentado en exceso.
Sin embargo, con mi queridísima cubitera tenemos alguna opción de tomar una copita estupenda. Con un poco de esfuerzo, eso sí, y paciencia, que es un ingrediente que siempre hay que llevar puesto cuando se trata de vino, se puede disfrutar de un tinto ni calentorro ni helado. Mientras tomamos una copa, mantenemos la botella en la cubitera con sus hielos, y el vino se va enfriando. Procuramos no tener mucha cantidad de vino en la copa, especialmente si estamos en una terraza o con mucho calor, y vamos sirviendo pequeñas dosis, un par de dedos como mucho. Probamos y si está muy frío, tanto que no sabe a nada, podemos ayudarnos de las manos y “abrazar” la copa para transmitirle al vino un poco de calor. Pero poco más, porque con la temperatura del ambiente enseguida se atemperará y empezará a decir cosas, a expresarse, a abrirse y a hacernos disfrutar. Porque de eso se trata.

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