RaqueLíquida

El mundo líquido… desde mis zapatos

Archivar para el mes “septiembre, 2011”

Periodistas del comer y del beber, descansen en paz

Ayer, aparte de pasarme por el Gin Show, un sarao donde tomar Gin&Tonics en el Hotel Puerta América de Madrid y escoger entre 42 marcas de ginebra y siete tónicas (ver, dejarse ver, probar, sonreír y gozar), me encontré entre copa y copa con unas colegas de profesión con las que estuve reflexionando hacia dónde vamos los que nos dedicamos al periodismo vinícola en este país, preguntándonos si tenemos o no futuro. Estábamos sobrias, pero aun así intercambiamos unas cuantas verdades.

Oigo últimamente que el periodismo vinícola y gastronómico está acabado, sin futuro, sin remedio. Y pienso en contenidos tradicionales publicados en cualquier medio generalista o incluso especializado, tipo “las croquetas tenían una textura sedosa y el toque de aceite de cilantro y flor de sal de La Camarga en la ensalada de huevas de lamprea y skrei te elevaba a los cielos…” o “vino procedente de uvas cultivadas en suelos arcillo- calcáreos con influencia del clima continental mezclado con brisas mediterráneas y pluviometría (ag, esta palabra me espeluzna cuando se usa en este contexto) de tantos litros por mes. Las uvas se recogen a mano en cajas de tantos kilos y se fermenta a baja temperatura…” podría seguir, pero creo que con esto os hacéis una idea. Se habla de que los medios especializados y generales lo pasan mal porque no encuentran anunciantes y eso redunda en que prescindan de colaboradores que saben de lo que hablan para contratar otro perfil que sale mucho más barato, pensando que con tal de publicar algo, todo vale, hasta las faltas de ortografía.

De ginebras como estas surgió nuestra conversación

Es curioso, pero la desesperanza viene siempre por el lado de la fatalidad: es mal momento, las bodegas (en el caso de la información vinícola) no ponen pasta (que muchas veces así es, pero cómo planifican ellas su comunicación y publicidad da para un libro y no me alargaré aquí) y así no hay manera de seguir, oiga. Y ayer con mis colegas nos preguntábamos ¿por qué no puede ser también culpa nuestra? ¿Acaso no estamos recogiendo, como le ocurre al periodismo “serio”, internacional, político y de sociedad, unos lodos por haber esparcido polvos mucho tiempo? Porque está claro que algo no funciona, pero ¿no es mejor preguntarse qué, abriendo la posibilidad de que también nosotros seamos un poco responsables? Y con “nosotros” me refiero al gremio de plumillas eno-gastronómicos.

No nos leen porque no interesamos, lo que contamos no interesa, o puede ser que interese, pero no la forma de contarlo, ¿no? Igual que los medios generales pierden credibilidad por sospechas de sesgo y tendenciosidad, los contenidos sobre vino y gastronomía se hacen tediosos por uniformes. La fórmula es siempre la misma mientras el lector, su perfil, sus intereses y la forma de leerlos cambia. Sin contar, además, que este es un periodismo dedicado al placer y que se ha dado, y se sigue dando, aquello de ser invitado y seducido con gran fasto por tal o cual bodega o restaurante a cambio, por supuesto, de una buena crónica con su espacio, su foto y su canesú en el periódico o revista de turno. Que no es en todas partes, claro que no, pero es.

Por mi parte, con este blog lo que trato es de contar el vino y los destilados como si se lo contara a mi vecina en vaqueros y camiseta, sin tecnicismos, para intentar interesar a quien ya tiene cierta curiosidad pero se asusta con las notas de cata, las fichas técnicas o las descripciones enrevesadas. Pero también quiero escuchar a los que me lean para que me digan qué les interesa, si esto está bien o no y cómo mejorarlo, mientras sigo ejerciendo mi labor de la mejor forma que sé en otros medios, especializados o no.

He escuchado y leído opiniones de distinto tono y de todas saco alguna conclusión que me sirve para seguir trabajando en la línea que yo creo que es la acertada para conseguir lo que quiero. Y lo que quiero es que la gente beba líquidos, vinos sobre todo, pero también destilados solos o en cóctel y empiece a picarle el gusanillo de saber más de ellos, ya sea leyendo libros, yendo a clases o haciéndose un curso técnico en alguna universidad, eso me da lo mismo.

Mi vocación, aunque suene grandilocuente, es la de servicio público que se le presupone a todo periodista (para los que no lo sepan, porque hay mucho que se autollama periodista y no solo no ha pisado la facultad, tampoco una redacción en toda su vida), con mi pequeño mundo, con mi pequeño sector que es el que me gusta y en el que sigo aprendiendo.

Así que hoy, si os parece, os propongo que, al leer alguno de los posts o los contenidos de otros blogs periodísticos o periódicos y revistas especializadas y generalistas, me escribáis sugerencias, lo que os parece bien o mal del periodismo vinícola y gastronómico, para escucharos, tomaros el pulso para actuar en consecuencia y mejorar.

Paraísos “con” vino

Mientras decido con qué me meto esta semana, si con el aprendizaje vinícola, con las actividades que se pueden hacer en vendimias por los viñedos ejpañoles o con algún momento de sorpresa destilada, me he encontrado trasteando en mis archivos con un reportaje que realicé para una revista donde trabajaba hasta que dejaron de pagarme. Puede que os resulte curioso, pues este artículo “vintage” habla de regiones exóticas donde, también, se elabora vino: de Tahití a Tasmania, Santorini… vamos que uno puede ir de vacaciones y si tiene suerte puede hacerse con una botellita de vino de la tierra… Me apetecía darle otra oportunidad y que, a quien le apetezca, le eche un vistazo. Ahí va.

Viajar a lugares recónditos del mundo o a aquellos templos donde la cultura y la tradición se remontan a la antigüedad, o a lugares donde nacieron los grandes imperios de nuestra civilización es una aventura apasionante. Pero no son muchos los viajeros que deciden emprender su travesía con la intención de descubrir que en esos paraísos se mueve una actividad que no siempre tiene que ver con legendarias batallas, tierras de los dioses o blanquísimas arenas bañadas por un cristalino azul de mar. La viticultura en estos paraísos, si bien no mueve la economía del país o significa un pequeño aporte a la cultura, existe y tiene su propia historia, costumbres y, vistas desde la Vieja Europa, excentricidades.

Vino de Tahití, ¿Tahití?

Pocos son, para empezar, los viajeros que se desplazan a Tahití, un país a más de 18.000 kilómetros de España, para degustar una copa de vino local. Sin embargo, en el atolón de Rangiroa, cuyo nombre significa “cielo inmenso”, en el archipiélago de las Tuamutu, Dominique Auroy, un enófilo afincado en Tahití desde hace 35 años, y Bernard Hudelot, viticultor de Borgoña y profesor de enología en Dijon aunaron conocimientos y una dosis de locura para empezar a plantar viñas en esta latitud. Podría parecer que por estos paraísos el flying winemaker más viajero, Michel Rolland, se ha pasado también por aquí, pero él mismo reconoce que “mi conocimiento sobre estos vinos es nulo”, aunque “encuentro apasionante interesarse por las posibilidades que ofrecen las regiones nuevas de producir vinos de buena calidad.”

Por sorprendente que parezca, los intrépidos enófilos franceses no fueron los primeros en plantar viñedos. Los misioneros ya lo habían hecho y las viñas formaron parte durante un tiempo de los jardines privados de la Polinesia Francesa. Solo que a nadie, hasta hace poco más de una década, se le había ocurrido que un viñedo en semejante enclave (un atolón de coral y cuna del submarinismo, nada menos) se pudiera plantar una viña para elaborar vino.

Las primeras cepas se importaron en 1992, procedentes de varias regiones de Europa. El proceso de adaptación fue duro y se requirieron varios intentos hasta encontrar el lugar idóneo para plantar las viñas. Se plantaron viñas en las islas Australes de Rurutu y Tubai; en las Marquesas, en Niku Hiva; en el archipiélago Tuamotu, en Rangiroa; y en el propio Tahití, tanto en lugares montañosos como en planicies. También se testaron los suelos, y muchos de los lugares empezaron a evidenciar problemas, como exceso de humedad, enfermedades e insectos, aunque, por otra parte, el aire salado y el suelo rico en coral de los atolones actúa como barrera contra las enfermedades y los insectos

Para compensar la pobreza relativa del suelo en cuanto a materia orgánica, se añadió abono local a cada planta, procedente de las plantas que se habían arrancado del terreno destinado a la viña. Para contrarrestar la salinidad del aire, también se plantaron “escudos” de árboles y plantas. Eso sin contar que en Polinesia, de vez en cuando, algún tifón recorre las islas.

El suelo se preparó cuidadosamente antes de plantar la viña y se procedió a homogeneizarlo. Se construyó un vivero para afrontar el clima tropical y los esquejes de viñas importadas comenzaron a desarrollarse en bolsas junto a los abonos naturales y parte del suelo ya tamizado.

En Tahití, como en otras latitudes tropicales, hay dos cosechas al año. Éstas tienen lugar en mayo y en octubre. Las uvas, una vez cosechadas, se transportan en barco por la laguna hasta la bodega. El clima tropical y la ausencia de invierno propicia que durante todo el año las plantas no paren de crecer, por lo que el ciclo vegetativo se tiene que provocar mediante la poda. El periodo entre esta poda y la maduración varía entre los 90 y 130 días, dependiendo de la variedad de uva.

Más de una treintena de variedades se probaron para alcanzar una selección de uvas que pudiera reaccionar óptimamente a las condiciones del suelo y al clima particular de Rangiroa. Se eligieron tres cepas: Cariñena, Muscat de Hamburgo e Italia.

Vendimiar aquí tiene que ser una experiencia totalmente diferente, y si hace calor... a la playita!

La primera completa su ciclo vegetativo en tan solo cinco meses en Polinesia y gracias a la poda da lugar a vinos alcohólicos y coloreados con gran estructura, debido a su ciclo vegetativo. Las bayas son muy pequeñas y densas.

La Muscat de Hamburgo, aunque soporta a duras penas la humedad, si crece sometida a largos periodos de sol intenso da lugar a frutos de color muy oscuro y aromas típicos de la variedad. Se utiliza para obtener vinos rosados muy aromáticos.

La variedad Italia, muy robusta, posee unas bayas grandes con sabor carnoso y fresco muy típico de la moscatel.

Las uvas, una vez vendimiadas, se llevan inmediatamente a un área dotada de aire acondicionado, donde se despalillan y después se prensan antes de pasar a los depósitos de acero, donde se someten a una fermentación de aproximadamente dos semanas.

Antes de la fermentación, parte del mosto se separa para elaborar el vino rosado, y el vino tinto se somete, una vez fermentado, al proceso de envejecimiento en barricas de roble francés. El resultado es un vino con toques de frutas rojas, moka y especias.

El rosado se elabora mediante un ensamblaje de los mostos de Muscat y los obtenidos de diferentes cosechas de vino tinto. El proceso de fermentación dura unos diez días, y el resultado es un rosado de color anaranjado y afrutado en boca.

El blanco seco procede de la variedad Italia, que se recoge a mano en las dos cosechas anuales para obtener un vino fresco y vivaz. Fermenta en barricas durante una semana y permanece sobre las lías varios meses antes de entrar en botellas. Así se obtiene un vino de toques cítricos y avainillados.

En Rangiroa se elabora también un vino dulce procedente de las uvas de Italia sobremaduras, maceradas con los hollejos, prensadas y colocadas en depósitos de acero donde fermentan durante semanas y reposa sobre lías. Después se somete a estabilización y filtración antes de embotellarse. El vino dulce de Tahití desprende toques de frutas confitadas, moscatel, cítricos, miel y caramelo.

Tasmania, el otro Nuevo Mundo

Los vinos de Tasmania, debido a su clima fresco, se apartan del resto de vinos australianos. Los viticultores en esta región tuvieron retos adicionales debido al clima, pero esto se convirtió en unos vinos con mayor intensidad de aromas.

En el siglo XIX se produjeron vinos, e incluso un blanco que se mostró durante la Exposición Universal de París en 1848. Sin embargo, la producción desapareció hasta que en 1950, cuando Jean Miguet en Providence y Claudio Alcorso en Hobart fueron capaces de desterrar la idea de que Tasmania era demasiado meridional para lograr que las uvas madurasen y encontraron parecidos entre los suelos y el clima de Tasmania y las grandes regiones vinícolas europeas.

Si a uno no le gusta el vino, al menos disfruta del paisaje...

Ahora Tasmania cuenta con más de 200 viñedos y elabora más de 6.500 toneladas de uva al año. Sus largos y soleados veranos favorecen el crecimiento de las Chardonnays, Pinot Noirs, Gewürztraminers y Rieslings, e incluso los espumosos elaborados con la Pinot Gris tasmania gozan de reconocimiento.

Grecia: raíces del pasado, visión de futuro

Como reza la frase acuñada por Steven Spurrier, Grecia y sus islas, cuna de mitos, leyendas y cargada de Historia de la Humanidad, ha heredado una viticultura de sus antepasados que obligatoriamente ha debido poner al día para adaptarse a los gustos de los consumidores. La vitivinicultura en Grecia cuenta con vinos ancestrales como el retsina (vino aromatizado con resina de pino que se sigue elaborando y es exclusivamente griego) y los vinos aromatizados, o el tinto dulce maronio con el que Odiseo envenenó a Polifemo y gracias al cual logró escapar. Sin embargo, se puede hablar de una historia del vino griego hace poco más de dos décadas. En los años 50 del siglo XX fue aumentando la cantidad de vino embotellado para exportar, pero no fue hasta los años 80 cuando creció el interés de los viticultores por los vinos locales y las variedades autóctonas (claves para conocer el auténtico patrimonio enológico griego) y se desarrolló un sistema de Denominaciones de Origen y vinos de mesa, que cuenta con 28 indicaciones distintas. Hoy día, en la mayoría de las islas griegas se elaboran vinos de calidad más que aceptable. Según el experto Nico Manessis, autor de The Illustrated Greek Wine Book, “la última etapa del siglo XX vio cambios trascendentales para el vino griego. Hoy, después de poco más de 20 años, la inversión y el talento de los viticultores han transformado una industria en declive en una fuente inagotable de vinos modernos que destacan tanto por su sofisticación como por su individualidad. Es ahora cuando la tierra de Dionisos le rinde al dios su mayor homenaje con vinos tintos, blancos, rosados y dulces que merece la pena conocer cuando se viaje a las islas griegas.

Desde Santorini a Tesalia, pasando por Rodas, Ática, Samos, el Peloponeso y Creta, cada micro- clima griego da lugar a vinos singulares.

En Santorini, donde los terremotos son constantes y el suelo es árido y volcánico, se cultiva una variedad, la Mavrotragano, capaz no solo de soportar estas características, sino de dar lugar a vinos casi legendarios, dada la escasez de plantaciones de esta uva.

Santorini es un paraíso donde también crece la Assyrtiko, considerada una de las mejores variedades blancas del país y un verdadero reto para los viticultores, pues aunque consigue madurar manteniendo un alto grado de acidez, su alto contenido en fenoles la hace muy sensible a la oxidación. Con esta uva se elaboran los Vinsantos, vinos de postre envejecidos en barrica con tonos ambarinos y paladar de dátiles e higos maduros.

En Tesalia, al pie del Monte Olimpo, Dimitros Katsaros rinde, con su viña orgánica, su particular homenaje a Dionisos. Convencido de que el vino “se hace en la viña”, sus plantaciones de Cabernet Sauvignon y Merlot se sitúan cerca del delta del río Pinios, un lugar de veranos mitigados por la brisa y noches frescas. En Kastaros, la bodega, una vez los vinos completan su maloláctica, cuando en los montes caen las nieves de enero, se abren las puertas y ventanas para que el vino reciba el viento fresco y evitar con ello la estabilización por frío.

Necesariamente, al hablar de vinos griegos es necesario hacerlo también del retsina, un vino que Grecia ha exportado durante más de 2.000 años. Los griegos en la Antigüedad sabían que el aire podría echar a perder el vino, por lo que utilizaban resina de pino para sellar las ánforas en las que se almacenaba y transportaba el vino. Ésta, añadida también al vino, formaba una película protectora entre éste y el aire. Hoy día los productores la añaden al mosto. El retsina tiene multitud de variedades y procede de diferentes vinos base. Posee la indicación Vino de Mesa (vin de table) y la Denominación por Tradición (Appellation by Tradition). Entre los mejores, los de Boutaris, Gaia o C.A.I.R.

Vino para unos pocos, ¿acierto? No lo creo.

La semana pasada estuve en la inauguración de un nuevo y exclusivo lugar de tapas con cocinero estrella a la cabeza. En la convocatoria, un dato real: se ofrece una treintena de vinos por copas procedentes de distintas partes del mundo. Todo muy chic, mucha gente guapa, más de la que el sitio podía absorber, comida excelente, pero, en mi opinión (solo en la mía) los precios de los vinos bastante por encima de lo que yo entiendo por accesible.

Bien es verdad que se trata de un lugar donde la cocina es de altísima calidad y, previsiblemente, las tapas y el servicio del vino también lo serán, ya que al cargo de la carta está, según me cuentan, un experto con una amplia trayectoria en el mundo del vino. Digo también lo serán a modo de intuición, ya que cuando pasé por ahí, invitada por un colega, era la inauguración y en esos momentos había demasiada gente. El caso es que el responsable de la carta, que ha escogido una completa selección de vinos del mundo entre espumosos, blancos, tintos y dulces, comenta que los vinos tienen un precio ajustadísimo, que corresponde exactamente con la sexta parte del precio de la botella en el restaurante propiedad del mismo chef.

En la selección, bastante buena a juzgar por la procedencia de los vinos, equilibrada y entretenida, había unos cuantos vinos que no conocía (conozco más vinos españoles que extranjeros) pero decidí, cuando una compañera me incitó a fijarme en los precios, poner la atención en las referencias que sí conocía. Y ahí fue cuando observé que, con lo que cuestan allí, y en otros sitios, los vinos por copas, el consumo de vino fuera de casa no va por el camino de la recuperación, sino al revés. Encontré como referencia un vino blanco que casualmente está entre los que más me gustan últimamente y vi que el precio de la copa eran ¡cinco euros!

Entre vinos de 200 euros y vinos en cartón hay una amplia selección para el común de los enófilos... digo yo

Dicho así, sin referencia alguna sobre el vino, no es suficiente información, pero ahora nos toca, según lo que comentó el responsable de la carta, multiplicar por seis: o sea, que la botella de ese vino en el restaurante cuesta la nada despreciable cantidad de treinta euros del ala. A mí, esto, tanto en copa como en botella, ya me parece un vino caro. Pero hay más. Este vino lo conozco porque lo he tomado, casualmente, en restaurantes alguna vez y su precio siempre ha rondado la veintena de euros, diez euros menos de lo que se afirma costaba aquí tanto en el restaurante como en el bar de tapas. No quisiera echar más leña al fuego porque el asunto del margen de los restaurantes es algo delicado, pero es que en tiendas este mismo vino ronda los 12 euros.

Para no quedarme solo con este comprobé otro que también conocía, algo más caro, y la proporción era bastante parecida.

A lo que voy: cuando los vinos que son de gama media como estos se cargan con unos márgenes tan amplios es imposible incentivar el consumo del vino y alejarlo de la idea de cotidianidad, de acompañamiento de la comida. Una copa de vino no es gran cosa en cuanto al líquido ingerido, por lo que, en sentido práctico, no me extraña que entre los cinco euros de este vino blanco que comento y los dos de una cerveza (pongamos que en el mismo sitio) no me extraña que el público se tire, (perdón por la expresión) a la rubia. Vale que en este local el precio puede ser un filtro para que no entre determinado público, pero recordemos que se trata de un “garito” de tapas, por más de diseño que sean, y que uno (al menos yo) no está tan predispuesto a soltar la misma cantidad de dinero para tomar algo de pie que por comer sentado, con servilleta y servicio incluidos. ¿O no?

Sin meterme con el local en absoluto porque cada uno hace con su negocio lo que quiere, sobre lo que quiero hacer hincapié es sobre la idea de que sitios así alejan al vino del público que no sea fan o friki vinícola, porque aunque el precio no es lo más importante si no se relaciona con la calidad del vino (y otros factores), sí es una referencia que hace decantarse por un lugar u otro para pedirse una copa. Y un precio por copa alto no es la solución, por más vinos del mundo y cocinero estrella, para impedir, o paliar, que el consumo de vino en este país caiga en picado.

Mayte Santa Cecilia, Directora de compras de Bodega Santa Cecilia: “Cuando se habla con el cliente, no hay vino difícil de vender”

Pido perdón por no haber posteado nada la semana pasada y para compensar esta semana prometo volver más por el blog para contar más experiencias y hacerme más preguntas. De momento, hoy cuelgo esta entrevista que realicé para una revista ya desaparecida (no os miento cuando os digo que el periodismo vinícola especializado no tiene buena salud) a una mujer emblemática en el mundo del vino, la responsable de las tiendas de vino madrileñas y on line Santa Cecilia, que a mi juicio tiene un talento excepcional para comercializar vino y promover su consumo. A ver si opináis lo mismo. 

Desde que Santa Cecilia comenzó en los años 20 como una tienda de vinos a granel, tanto el sector como lo que fue el primer autoservicio de vinos español ha ido cambiando, hasta convertirse ahora, y en manos de la tercera generación de los Santa Cecilia, en un espacio temático del vino desde el que tomar el pulso a la realidad vinícola española.

 

¿Cómo se está percibiendo la crisis en Santa Cecilia?

Aunque es un hecho innegable, ahora la gente bebe menos, pero al tiempo bebe mejor y se permite darse caprichos. Se está notando más en la hostelería, donde el vino tiene mayor precio y puede que por eso ahora se consuma más en casa. Pero en lo que a Santa Cecilia respecta, tenemos varias divisiones, que se complementan unas a otras y palian el efecto de la recesión.

¿A qué vinos afecta más?

Ahora el consumidor busca beber bien y le interesa la relación calidad- precio, por lo que los vinos que más sufren la crisis son los vinos caros. Con el boom de los vinos de alta expresión hubo un momento en que se compraba sin atender tanto al precio, pero ahora el cliente se informa, elige vinos que le den satisfacción a un precio razonable.

¿Cuáles son los vinos más fáciles de vender y cuáles los más difíciles?

Sin duda, el más fácil es aquél que pide el cliente cuando viene con una idea fija, pero se venden muy bien los vinos de marca consolidada o de zonas conocidas.

Los más difíciles tienen la dificultad de encontrarse en un mar de marcas, pero hoy día casi todos los vinos tienen algo interesante, que también se puede utilizar como argumento de venta. Así, la diferencia o lo exótico del vino se torna en oportunidad de venderlo. Hay que tener en cuenta que comprar vino no es comprar un piso, y aquí contamos con sumilleres que aconsejan, y con los clientes con los que se habla apenas hay vino difícil de vender. Eso sí, el vino caro, aquél cuyo precio no va acompañado de una calidad equiparable, no se vende.

¿Conoce la clave de un vino superventas?

No. Hay vinos que se ponen de moda por una campaña de marketing bien hecha, un impacto en los medios y un precio razonable, por lo que destaca y se vende mucho. También influyen la distribución, que sea visible en las cartas y las estanterías… es un trabajo de conjunto muy bien hecho. Pero esto es efímero.

Sin embargo, sí hay vinos de los que se elaboran 20.000 botellas y se demandan 40.000. De estos, hay cinco, pero están fuera de modas, siempre se venden, y ahí desconozco la clave de ese éxito. Son clásicos, tienen “algo” que da en el clavo y gustan a mucha gente.

¿Qué medidas se toman en Santa Cecilia para incentivar el consumo?

Hace años que trabajamos para ser más que una tienda, ya con mi padre se tenía esa idea, somos un centro temático del vino. Ahora en Santa Cecilia pasan cosas todo el rato, porque queremos que venir aquí sea algo más que comprar. Existe la idea de que, si nosotros no lo tenemos, es que no existe, pero es que no trabajamos los productos por modas o rotación, sino que tenemos una filosofía de responsabilidad, de tener el producto que el cliente busca para darle esa satisfacción.

¿Cuál ha sido la mejor idea que han tenido durante estos años en Santa Cecilia?

Pues nuestra mejor idea ha sido no dar por sentado que hemos tenido la mejor idea, aunque siempre respetamos aquello que nos ha funcionado. Hemos crecido aquí, adquirido experiencia, y la filosofía de Santa Cecilia se nos ha metido dentro. Lo noto al trabajar con mis hermanos, pues todos sabemos lo que tenemos que hacer, no hay bandazos; es como llevar el ADN de la empresa. Siempre mantenemos algo que el cliente percibe como Santa Cecilia.

Su papel como prescriptora exige responsabilidad, ¿cómo concibe esa responsabilidad?

Santa Cecilia y los espacios como el nuestro son algo cultural, vendemos cultura. El vino es un alimento cargado de historia, de tradiciones, está en nuestras vidas, en celebraciones, en ritos religiosos… y hemos de apoyarnos en eso y trasladarlo a los clientes, que perciban todo el trabajo que hay detrás, que entiendan el maridaje, el servicio… todo. Es sutil, muy bonito.

Y es muy importante alejarlo del consumo irresponsable. Hay que beber poco y bien, decimos no al botellón, no a beber a morro y no a emborracharse, y sí a lo especial, a lo sutil, a lo cultural.

¿Se parecen en algo los clientes de hace treinta años a los de ahora?

Sobre todo, ahora el consumidor está más abierto a marcas y zonas. Ahora hay más oferta, pero antes el cliente era de un vino, el vino de casa, de siempre. Antes se llevaba el vino por cajas, y ahora en una caja de 12 hay una docena de vinos diferentes, se “picotea” más.

También ha cambiado en la entrada de la mujer como compradora y en que la edad media ha bajado algo. Hace décadas era el padre de familia de 50 años pero hoy es gente más joven, de 35, independiente, que busca vino para abrir con amigos o cenar en casa. Igualmente, ahora el comprador está formado, conoce algo más gracias a cursos, catas…y no tiene miedo a preguntar.

 

¡Al cine! O cómo una peli sobre vino puede ser canalla, moderna y, además, entretenida

Igual muchos no andáis por Logroño la semana que viene, pero un invento cultural en torno al vino que se llama El Rioja y los Cinco Sentidos va a estrenar una película que se carga la imagen rancia que a veces se tiene del vino. Se llama “Blood into wine” y su protagonista es nada más y nada menos que un rockero de esos con imagen canalla y del que uno, a simple vista, no pensaría que se va a manchar las manos con tierra y mosto tinto. Si no estáis por allí, merece la pena esperar a ver si a alguien se le ocurre distribuirla por la piel de toro.

El protagonista de esta película es el líder de las bandas Tool, A Perfect Circle y Puscifer, Maynard James Keenan, y la historia que cuenta es cómo se le ocurrió hace unos años ponerse a hacer vino… en Arizona. Pensaréis que igual Arizona es un lugar como cualquier otro, pero la verdad es que no es de los sitios más populares en Estados Unidos donde hacer crecer uva (parte del estado es un desierto) y para nosotros, resulta más conocido el nombre de Napa Valley o Sonoma. Pero como ocurre en España, hay vinos por todas partes.

Volviendo a la película, a los que les guste el vino verán un proyecto cargado de emociones, dificultades y finalmente exitoso, y a los que les gusta el cine, con Blood into wine disfrutarán con un film divertido, irónico, canalla y muy recomendable. Por supuesto, los fans de las bandas rockeras y del señor Keenan en concreto pasarán un buen rato viendo a su ídolo metido en la tierra hasta el cuello, plantando, sufriendo como cualquier otro bodeguero por el clima, por si las uvas son o no de calidad, por si el vino que al final elaboran se puede o no beber… Vamos, que si tenéis oportunidad, para enófilos, iniciados, cinéfilos o si simplemente estáis en Logroño el día de su estreno nacional, el próximo 15 de septiembre, por dos euros de entrada tendréis una experiencia enológica de lo más satisfactoria. Que además, claro, se puede completar con un paseíto por la calle Laurel haciendo una ruta de chateo (esto del chateo no hace falta ni que lo explique, ¿no?).

Y además de esta, se proyectará los días de El Rioja y los Cinco Sentidos (que ya está en marcha este año desde el pasado 3 y hasta el 16 de septiembre) una película encantadora y, además española: Las Catedrales del Vino, un recorrido, con un punto de vista más clásico, eso sí, por algunas de las zonas vinícolas más conocidas de España y con apariciones divertidas y entrañables de personajes del vino que merece la pena curiosear. Si podéis, tampoco os la perdáis.

Fijaos en el sacacorchos, habla por sí solo

Y hasta aquí, que ya vale de “prescribir” (jejeje). Que cada uno haga lo que quiera.

¿Me atrevo con este vino? ¡Pues claro!

Esta tarde saldré a comprar un vino porque se me ha antojado. Es curioso, me apetecen por capricho unos cuantos a lo largo del año pero no siempre están a mi alcance o no los encuentro, aunque en otras ocasiones lo que no necesito es salir a comprarlos porque, recordad, beber vino es parte de mi trabajo. Pero en esta ocasión he visto una buena descripción del vino que me anima a probarlo, y como por precio me lo puedo permitir, quiero conocerlo.

Esta vez es un vino de mesa, sin denominación de origen (¿eso es malo? En absoluto, simplemente no se atiene a unas normas de elaboración determinadas por un organismo en la región donde se produce, o el productor no quiere ponerle etiqueta de ningún Consejo Regulador de vinos) y de una zona que no es “de las de siempre” para los seudo aficionados al vino. Porque en el vino, si uno no se atreve a probar más allá de lo conocido, lo que suena o las dos cositas que hay en las cartas de algunos restaurantes, amigo, está perdido porque dejará de aprender al instante. Puede aparentar que sabe, pero no.

A lo que voy con esto es a que, tanto el que entienda de vino como aquel que no, puede hacer lo que yo haré esta tarde: atreverse, innovar, experimentar con vinos asequibles y desconocidos, nuevos, cuyas uvas le suenen a chino (¿habéis oído hablar de bastardo, de vijiriega o de subirat, por decir solo tres?) o de cuyas regiones de procedencia ni siquiera pensáramos que se hacía vino (Asturias es un ejemplo, pero hay regiones con etiqueta de Denominación de Origen con nombres como Yecla, Ycoden- Daute Isora o Arlanza) o vinos de mesa que pueden sorprender a cualquiera. Sin ir tan lejos, uno puede descubrir que hay excelentes vinos en Navarra, en todo el Levante, en Castilla- La Mancha, en Castilla y León más allá de la Ribera del Duero o en Andalucía, pero no solo en Jerez, sino allá por Granada, Almería o Arcos de la Frontera. Y en casi todas las regiones de este país, incluidas las islas (me viene a la mente un vino balear con un nombre un tanto eléctrico que me encanta).

Así es como uno puede encontrar una pequeña joyita con la que atribuirse cierto mérito a lo Indiana Jones vinícola ante sus amigos, o simplemente autocomplacerse con su descubrimiento enológico. Os aseguro que es una pequeña satisfacción que todo amante del vino debería experimentar.

La idea de comprarlo, o la fuente de inspiración puede venir de cualquier parte, de una estantería donde brilla una etiqueta que llama la atención, de la oferta de una enoteca, de un supermercado, de los miles de “consejeros” que con mayor o menor fortuna circulan por Internet, de que nos hemos enterado de repente de que en Asturias se hace vino y queremos saber cómo es… Pero se trata de vivir una experiencia enocultural (porque para mí el vino es cultura y un alimento parte de la dieta mediterránea) excitante, que no siempre tiene que ser plenamente satisfactoria (¿y si el vino que voy a abrir no me gusta? No pasa naaaaaaaada, pero para evitar males mayores, cuando nos adentremos en terrenos desconocidos es muy recomendable no desembolsar grandes cantidades de dinero) pero que servirá, sin duda, para saber más de vino.

No suelo comulgar con sus ideas, pero en la publicación de un prestigioso gurú americano reza: “nunca habrá un sustituto del gusto propio, y no hay mejor cursillo que probar el vino personalmente”. No puedo estar más de acuerdo en esta ocasión (y sin que sirva de precedente).

*Os animo a “dar ideas” desde aquí y despertar el gusanillo enófilo de los lectores curiosos proponiendo algunos vinos poco conocidos e interesantes a vuestro juicio.

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