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El mundo líquido… desde mis zapatos

Paraísos “con” vino

Mientras decido con qué me meto esta semana, si con el aprendizaje vinícola, con las actividades que se pueden hacer en vendimias por los viñedos ejpañoles o con algún momento de sorpresa destilada, me he encontrado trasteando en mis archivos con un reportaje que realicé para una revista donde trabajaba hasta que dejaron de pagarme. Puede que os resulte curioso, pues este artículo “vintage” habla de regiones exóticas donde, también, se elabora vino: de Tahití a Tasmania, Santorini… vamos que uno puede ir de vacaciones y si tiene suerte puede hacerse con una botellita de vino de la tierra… Me apetecía darle otra oportunidad y que, a quien le apetezca, le eche un vistazo. Ahí va.

Viajar a lugares recónditos del mundo o a aquellos templos donde la cultura y la tradición se remontan a la antigüedad, o a lugares donde nacieron los grandes imperios de nuestra civilización es una aventura apasionante. Pero no son muchos los viajeros que deciden emprender su travesía con la intención de descubrir que en esos paraísos se mueve una actividad que no siempre tiene que ver con legendarias batallas, tierras de los dioses o blanquísimas arenas bañadas por un cristalino azul de mar. La viticultura en estos paraísos, si bien no mueve la economía del país o significa un pequeño aporte a la cultura, existe y tiene su propia historia, costumbres y, vistas desde la Vieja Europa, excentricidades.

Vino de Tahití, ¿Tahití?

Pocos son, para empezar, los viajeros que se desplazan a Tahití, un país a más de 18.000 kilómetros de España, para degustar una copa de vino local. Sin embargo, en el atolón de Rangiroa, cuyo nombre significa “cielo inmenso”, en el archipiélago de las Tuamutu, Dominique Auroy, un enófilo afincado en Tahití desde hace 35 años, y Bernard Hudelot, viticultor de Borgoña y profesor de enología en Dijon aunaron conocimientos y una dosis de locura para empezar a plantar viñas en esta latitud. Podría parecer que por estos paraísos el flying winemaker más viajero, Michel Rolland, se ha pasado también por aquí, pero él mismo reconoce que “mi conocimiento sobre estos vinos es nulo”, aunque “encuentro apasionante interesarse por las posibilidades que ofrecen las regiones nuevas de producir vinos de buena calidad.”

Por sorprendente que parezca, los intrépidos enófilos franceses no fueron los primeros en plantar viñedos. Los misioneros ya lo habían hecho y las viñas formaron parte durante un tiempo de los jardines privados de la Polinesia Francesa. Solo que a nadie, hasta hace poco más de una década, se le había ocurrido que un viñedo en semejante enclave (un atolón de coral y cuna del submarinismo, nada menos) se pudiera plantar una viña para elaborar vino.

Las primeras cepas se importaron en 1992, procedentes de varias regiones de Europa. El proceso de adaptación fue duro y se requirieron varios intentos hasta encontrar el lugar idóneo para plantar las viñas. Se plantaron viñas en las islas Australes de Rurutu y Tubai; en las Marquesas, en Niku Hiva; en el archipiélago Tuamotu, en Rangiroa; y en el propio Tahití, tanto en lugares montañosos como en planicies. También se testaron los suelos, y muchos de los lugares empezaron a evidenciar problemas, como exceso de humedad, enfermedades e insectos, aunque, por otra parte, el aire salado y el suelo rico en coral de los atolones actúa como barrera contra las enfermedades y los insectos

Para compensar la pobreza relativa del suelo en cuanto a materia orgánica, se añadió abono local a cada planta, procedente de las plantas que se habían arrancado del terreno destinado a la viña. Para contrarrestar la salinidad del aire, también se plantaron “escudos” de árboles y plantas. Eso sin contar que en Polinesia, de vez en cuando, algún tifón recorre las islas.

El suelo se preparó cuidadosamente antes de plantar la viña y se procedió a homogeneizarlo. Se construyó un vivero para afrontar el clima tropical y los esquejes de viñas importadas comenzaron a desarrollarse en bolsas junto a los abonos naturales y parte del suelo ya tamizado.

En Tahití, como en otras latitudes tropicales, hay dos cosechas al año. Éstas tienen lugar en mayo y en octubre. Las uvas, una vez cosechadas, se transportan en barco por la laguna hasta la bodega. El clima tropical y la ausencia de invierno propicia que durante todo el año las plantas no paren de crecer, por lo que el ciclo vegetativo se tiene que provocar mediante la poda. El periodo entre esta poda y la maduración varía entre los 90 y 130 días, dependiendo de la variedad de uva.

Más de una treintena de variedades se probaron para alcanzar una selección de uvas que pudiera reaccionar óptimamente a las condiciones del suelo y al clima particular de Rangiroa. Se eligieron tres cepas: Cariñena, Muscat de Hamburgo e Italia.

Vendimiar aquí tiene que ser una experiencia totalmente diferente, y si hace calor... a la playita!

La primera completa su ciclo vegetativo en tan solo cinco meses en Polinesia y gracias a la poda da lugar a vinos alcohólicos y coloreados con gran estructura, debido a su ciclo vegetativo. Las bayas son muy pequeñas y densas.

La Muscat de Hamburgo, aunque soporta a duras penas la humedad, si crece sometida a largos periodos de sol intenso da lugar a frutos de color muy oscuro y aromas típicos de la variedad. Se utiliza para obtener vinos rosados muy aromáticos.

La variedad Italia, muy robusta, posee unas bayas grandes con sabor carnoso y fresco muy típico de la moscatel.

Las uvas, una vez vendimiadas, se llevan inmediatamente a un área dotada de aire acondicionado, donde se despalillan y después se prensan antes de pasar a los depósitos de acero, donde se someten a una fermentación de aproximadamente dos semanas.

Antes de la fermentación, parte del mosto se separa para elaborar el vino rosado, y el vino tinto se somete, una vez fermentado, al proceso de envejecimiento en barricas de roble francés. El resultado es un vino con toques de frutas rojas, moka y especias.

El rosado se elabora mediante un ensamblaje de los mostos de Muscat y los obtenidos de diferentes cosechas de vino tinto. El proceso de fermentación dura unos diez días, y el resultado es un rosado de color anaranjado y afrutado en boca.

El blanco seco procede de la variedad Italia, que se recoge a mano en las dos cosechas anuales para obtener un vino fresco y vivaz. Fermenta en barricas durante una semana y permanece sobre las lías varios meses antes de entrar en botellas. Así se obtiene un vino de toques cítricos y avainillados.

En Rangiroa se elabora también un vino dulce procedente de las uvas de Italia sobremaduras, maceradas con los hollejos, prensadas y colocadas en depósitos de acero donde fermentan durante semanas y reposa sobre lías. Después se somete a estabilización y filtración antes de embotellarse. El vino dulce de Tahití desprende toques de frutas confitadas, moscatel, cítricos, miel y caramelo.

Tasmania, el otro Nuevo Mundo

Los vinos de Tasmania, debido a su clima fresco, se apartan del resto de vinos australianos. Los viticultores en esta región tuvieron retos adicionales debido al clima, pero esto se convirtió en unos vinos con mayor intensidad de aromas.

En el siglo XIX se produjeron vinos, e incluso un blanco que se mostró durante la Exposición Universal de París en 1848. Sin embargo, la producción desapareció hasta que en 1950, cuando Jean Miguet en Providence y Claudio Alcorso en Hobart fueron capaces de desterrar la idea de que Tasmania era demasiado meridional para lograr que las uvas madurasen y encontraron parecidos entre los suelos y el clima de Tasmania y las grandes regiones vinícolas europeas.

Si a uno no le gusta el vino, al menos disfruta del paisaje...

Ahora Tasmania cuenta con más de 200 viñedos y elabora más de 6.500 toneladas de uva al año. Sus largos y soleados veranos favorecen el crecimiento de las Chardonnays, Pinot Noirs, Gewürztraminers y Rieslings, e incluso los espumosos elaborados con la Pinot Gris tasmania gozan de reconocimiento.

Grecia: raíces del pasado, visión de futuro

Como reza la frase acuñada por Steven Spurrier, Grecia y sus islas, cuna de mitos, leyendas y cargada de Historia de la Humanidad, ha heredado una viticultura de sus antepasados que obligatoriamente ha debido poner al día para adaptarse a los gustos de los consumidores. La vitivinicultura en Grecia cuenta con vinos ancestrales como el retsina (vino aromatizado con resina de pino que se sigue elaborando y es exclusivamente griego) y los vinos aromatizados, o el tinto dulce maronio con el que Odiseo envenenó a Polifemo y gracias al cual logró escapar. Sin embargo, se puede hablar de una historia del vino griego hace poco más de dos décadas. En los años 50 del siglo XX fue aumentando la cantidad de vino embotellado para exportar, pero no fue hasta los años 80 cuando creció el interés de los viticultores por los vinos locales y las variedades autóctonas (claves para conocer el auténtico patrimonio enológico griego) y se desarrolló un sistema de Denominaciones de Origen y vinos de mesa, que cuenta con 28 indicaciones distintas. Hoy día, en la mayoría de las islas griegas se elaboran vinos de calidad más que aceptable. Según el experto Nico Manessis, autor de The Illustrated Greek Wine Book, “la última etapa del siglo XX vio cambios trascendentales para el vino griego. Hoy, después de poco más de 20 años, la inversión y el talento de los viticultores han transformado una industria en declive en una fuente inagotable de vinos modernos que destacan tanto por su sofisticación como por su individualidad. Es ahora cuando la tierra de Dionisos le rinde al dios su mayor homenaje con vinos tintos, blancos, rosados y dulces que merece la pena conocer cuando se viaje a las islas griegas.

Desde Santorini a Tesalia, pasando por Rodas, Ática, Samos, el Peloponeso y Creta, cada micro- clima griego da lugar a vinos singulares.

En Santorini, donde los terremotos son constantes y el suelo es árido y volcánico, se cultiva una variedad, la Mavrotragano, capaz no solo de soportar estas características, sino de dar lugar a vinos casi legendarios, dada la escasez de plantaciones de esta uva.

Santorini es un paraíso donde también crece la Assyrtiko, considerada una de las mejores variedades blancas del país y un verdadero reto para los viticultores, pues aunque consigue madurar manteniendo un alto grado de acidez, su alto contenido en fenoles la hace muy sensible a la oxidación. Con esta uva se elaboran los Vinsantos, vinos de postre envejecidos en barrica con tonos ambarinos y paladar de dátiles e higos maduros.

En Tesalia, al pie del Monte Olimpo, Dimitros Katsaros rinde, con su viña orgánica, su particular homenaje a Dionisos. Convencido de que el vino “se hace en la viña”, sus plantaciones de Cabernet Sauvignon y Merlot se sitúan cerca del delta del río Pinios, un lugar de veranos mitigados por la brisa y noches frescas. En Kastaros, la bodega, una vez los vinos completan su maloláctica, cuando en los montes caen las nieves de enero, se abren las puertas y ventanas para que el vino reciba el viento fresco y evitar con ello la estabilización por frío.

Necesariamente, al hablar de vinos griegos es necesario hacerlo también del retsina, un vino que Grecia ha exportado durante más de 2.000 años. Los griegos en la Antigüedad sabían que el aire podría echar a perder el vino, por lo que utilizaban resina de pino para sellar las ánforas en las que se almacenaba y transportaba el vino. Ésta, añadida también al vino, formaba una película protectora entre éste y el aire. Hoy día los productores la añaden al mosto. El retsina tiene multitud de variedades y procede de diferentes vinos base. Posee la indicación Vino de Mesa (vin de table) y la Denominación por Tradición (Appellation by Tradition). Entre los mejores, los de Boutaris, Gaia o C.A.I.R.

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