RaqueLíquida

El mundo líquido… desde mis zapatos

A propósito de En Crudo…

Hoy, dado que se me está dando regular lo de postear últimamente, he decidido colgar, para hacer tiempo (quiero colgar mi primer podcast), un texto que escribí en el número cero del Fanzine Gastrocanalla En Crudo, dado que ayer se empezó a distribuir el número 1 con colaboraciones como las de Mikel López El Comidista o Alexandra Sumasi. Os recomiendo que no os lo perdáis. Para mí fue un gustazo escribir en el primero de los ejemplares que se confeccionaron con este artículo que pongo aquí abajo, “encargado” por la genial Yanet Acosta. Se trata de un punto de vista sobre aprender de vino pasado por el tamiz del canalleo, que he titulado “Esnobvinismo”. A ver qué os parece.

Esnobvinismo

Me lo acabo de inventar. Un palabro que define la cantidad de estupideces que se dicen en torno a un vino para aparentar que se sabe.

Las estanterías llenas de libros sobre presumir de vino, vino para tontos, vinos para todos, saber de vino, aprender de vino y la biblia en verso de los vinos. Muy bien, los libros molan, son entretenidos y hasta se pueden aprender cositas sobre vino en ellos. Pero lo que realmente es imprescindible para saber de vino es precisamente eso. Vino. Y esto otro: Botella. Abridor. Copa. Ojos. Nariz. Boca. Llamémoslo el kitdeaprendizajebásicodetodoenófiloqueseprecie.

Porque, amigos, para saber de vino la boca ha de utilizarse, lo primero, para bebérselos. Y después, ya si acaso, hablar de ellos. Porque uno, cuando habla de vino, igual que cuando habla de arte o de cine, puede estar muy cerca de traspasar el límite entre epatar y… parecer un gilip… al que la gente mire con cara de póker y, sigilosamente, se gire hacia el otro lado.

Lamentable (nooooooooooooo, afortunada) –mente, la experiencia es una condición ineludible. Uno no pasará de idiota esnobvinista si lo único que ha probado son cuatro criancitas a su paso por el Laurel de Logroño. Que sí, que está muy bien, pero hay más mundo, amigos. Así que hay que saber que hay algo más que tintos de Rioja y albariños para empezar a hablar de vinos. Algo más es un decir, que lo que hay, realmente, es muuuuucho, muchísimo, más. Bien, bien, porque esto engancha, y si se acabara en dos vinos, apañados íbamos a ir los que intentamos sacarle un euro al vino, aunque sea escribiendo nomás de él.

Así que fuera prejuicios, a abrir la mente y a empezar a disfrutar, sin miedo. Porque no se nace sabiendo y si uno no se aventura, tampoco aprende. Es así de duro, peeero…

Supongamos que ya hay vino en la copa: tinto, blanco, rosado (con uno de estos tres, que son de primero de enofilia, podríamos empezar perfectamente) y que está correctamente servido por un camarero, sumiller u otras chicas del montón.

Foto del blog de El Comidista perteneciente al post sobre EnCrudo

Foto del blog de El Comidista perteneciente al post sobre EnCrudo

¿Y ahora qué? Pues coger la copa, lo primero, por el tallo, que es un elemento muy útil aunque parezca decorativo. El tallo, esa cosa larga que hay entre la tulipa (eso sabemos lo que es de otras veces, ¿no?) y el pie que apoya en la mesa sirve para: que no calentemos el vino con las manos y nos llevemos a la nariz y la boca un vino caldoso; que no pongamos los dedazos y la tulipa se quede marcada, que es muy feo, oiga. Esto es absolutamente normal, no es esnob y tiene su utilidad, se lo podéis explicar a cualquiera que se os enfrente para deciros que sois finolis: “eh, chaval, que si no se me calienta el vino y no hay quien se lo beba”.

Seguimos. Hay que mirar el vino, sin agobios, intentando que se balancee lentamente en la copa, observando el color, los tonos de rojos y rosas en los tintos y rosados, los amarillos y verdosos en los blancos, que empiezan a hablar del vino: a contar si puede tratarse de un vino viejo donde el oxígeno ha hecho su labor, matizando con tonos anaranjados los tintos y rosados y ocres o ambarinos los blancos, o a indicarnos si tendrá o no mucho alcohol por la lentitud con la que se mueve en la copa y las pequeñas gotas que va dejando por las paredes, que se llaman (ooooh!) lágrimas.

Después hay que olerlo tras haberlo movido un poco (o antes de hacerlo, a veces el vino ya huele a cosas estando quieto en la copa) y aquí es donde empiezan las complicaciones, porque a lo que va a oler el vino, lo primero es, tachán tachaaan!!… a vino. Poco a poco seremos capaces de desentrañar todos esos olores que tiene el vino en fruta, flores, especias… y ahí es donde hay que currar bebiendo vinos y vinos (menudo curro, ¡yo me apunto!). Pero para una primera vez, lo mejor es oler e ir diciendo a los colegas (lo de la cata como engancha de verdad es con amigos) a lo que nos huele el vino. Y si uno quiere usar términos de experto o de entendido, como “afrutado” o “balsámico”, mejor saber primero de lo que habla. Así que, otra vez, amigo mío, paciencia, que todo llega. Hay vinos que son muy evidentes, casi porno, como dice mi amigo Ramón, y otros que van contando cositas, desplegándose, con tiempo en la copa. Eróticos, vamos, ya que nos ponemos en plan sabadete.

Y terminamos con lo que más placer da, que es beberse el contenido de esa copa con tulipa, tallo y pie. Oleee! Aquí hay que prestar atención al tacto (coño, ¿pero la boca no es una herramienta del gusto?): el vino entra y empieza a llenar el paladar, va deslizándose y… nos lo tragamos que es lo suyo. Pero entretanto puede parecer áspero, o sedoso (sedoso se entiende, ¿verdad?), cremoso, hacernos salivar… y también saber a las mismas cosas, o más, o menos, que anunciaba en la nariz. Un traguito pequeño primero para que pueda entrar algo de aire en la boca ayuda a desplegar aromas, y después uno un poco más grande para percibir mejor si el vino llena la boca o si pasa casi como agua, sin “chicha ni limoná”. Y cómo, si el vino es intenso (en esta tanda nada de vocablos vinícolas, nada de complicaciones), deja un recuerdo agradable en el paladar y su sabor tarda en desaparecer.

Y hasta aquí, que hay para rato porque estoy hay que hacerlo con unos cuantos vinos antes de pasar a segundo de enofilia sin ser esnobvinista. Que se puede, vaya que sí.

Bitacoras.com

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3 pensamientos en “A propósito de En Crudo…

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  2. Agustín Piqueres en dijo:

    Sencillamente genial! Ya se está hablando de que hay que acercar el vino a la sociedad actual, quitándoles auras que han perjudicado a este.

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