RaqueLíquida

El mundo líquido… desde mis zapatos

El whisky escocés que buscó su espíritu en Francia

Hoy toca repasar una historia de amor entre un whisky y un vino que escribí para la revista Ling y salió publicado hace un par de meses. Se trata de una historia de dos líquidos de lujo, solamente para que os entretengáis, esta vez, en tierra y no entre nubes.

Hay un rincón de Burdeos donde se cría uno de los vinos más legendarios del mundo, Château d’Yquem, por una de cuyas botellas de la cosecha de 1811 se han llegado a pagar 80.800 euros, una cantidad récord para un vino blanco. Y un rincón en Escocia donde un whisky, Glenmorangie, se quedó prendado de la magia de este francés, cuyas tierras fueron propiedad del rey de Inglaterra y heredero de una estirpe regia emparentada con Luis XV.

Al escocés le encantó su excelencia, su majestad, el paisaje de donde procede, las neblinas al amanecer que cubren el viñedo y obran el milagro de este vino mágico. Se prendó de su lentitud, de su pausa, de esa dedicación completa al viñedo que da como resultado un vino excepcional y único en el mundo. Le fascinó aquello de “una cepa, una copa” una frase que había oído a los entendidos, y se dijo a sí mismo que tenía que conocerlo. Le encandiló la dedicación de los vendimiadores, recorriendo una y otra vez el viñedo para recoger uva por uva solo aquellas que están afectadas por ese hechizo en forma de hongo, esa podredumbre noble que convierte a Yquem en un mito.

El escocés ya estaba acostumbrado a la lentitud y al paso del tiempo. Sabía que lo bueno se hace esperar,  que su paciencia se vería recompensada. A sus dieciocho años estaba listo para encontrar algo que lo completara, que hiciera de él un líquido diferente y excepcional, merecedor de su pequeña línea en la historia de los scotchs. Y escuchó que en Francia, entre los ríos Garona y Ciron, se encontraba lo que buscaba: el vino mítico que envejecía durante dos o tres años en barricas antes de embotellarse y dar comienzo a la leyenda, a esa leyenda que aparece reflejada en los textos de Proust, de Dumas o de Julio Verne y que cautivó antes a otro extranjero, Thomas Jefferson, en 1787. Era una oportunidad demasiado excitante, había que robarle el corazón a ese vino prodigioso.

Y de allí, de Sauternes, el escocés pudo recoger unas cuantas barricas impregnadas con el rastro de Yquem, y sacarlas casi a hurtadillas, por primera vez en su historia. Las barricas partieron hacia Escocia, todavía con su aroma y su sabor, y el escocés se apoderó de ellas para fundirse definitivamente con su querido vino francés.  La historia de amor incondicional había empezado, Yquem y Glenmorangie eran uno. Y fueron uno toda una década, para dar a luz un whisky nacido en Escocia pero de espíritu bordelés, con su finura, su elegancia y esos matices de vainilla, miel, frutas exóticas, confitura, toffee, caramelo, cítricos y café…

Pride es un whisky resultado de mezclar aroma de Burdeos con sabor escocés

Pride es un whisky resultado de mezclar aroma de Burdeos con sabor escocés

Hoy ese whisky, de nombre Pride, es todo un señor de casi 30 años, educado con la calidez y el intenso carácter escocés y pulido con la finura y la elegancia francesas y está listo para conquistar los paladares más exquisitos. La historia de amor continúa…


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