RaqueLíquida

El mundo líquido… desde mis zapatos

Archivar para el mes “marzo, 2012”

Etiquetas líquidas: dime cómo vistes y me imaginaré cómo sabes

Este fin de semana he salido a cenar con un amigo al que le gusta el vino tanto como a mí y con el que puedo tener conversaciones interesantes sobre él sin que se me duerma. El tipo, además de adorable, es un experto en marketing y muchas veces, por aquello de la deformación profesional, no evita fijarse en aspectos del vino relacionados con esta disciplina. Durante nuestro paseo y picoteo por Barcelona, entre bares de vinos por el Borne, mi amigo se fijó en algo que llamó su atención y que abrió una conversación nueva: la etiqueta y, en general, el vestido exterior de las botellas de vino, desde el nombre a la calidad del cristal y la etiqueta. Y lo mismo que ocurre con el vino, puede pasar con un whisky o una ginebra. ¿O no?

Porque no es lo mismo llevar Armani que Valentino, Hoss que Zara ni Lacoste que Primark, tampoco lo es que un vino se llame L’Equilibrista que Tetas de la Sacristana y que un whisky se llame Charles House que The Macallan. Quiero decir, no nos despierta la misma confianza ni nos habla igual de lo que puede haber dentro. Al menos a mí, y sobre todo cuando no conozco el líquido en cuestión.

Bonita etiqueta para este vino de garnacha, ¿no os parece?

Bonita etiqueta para este vino de garnacha, ¿no os parece?

Tetas de la Sacristana es un vino almeriense con un nombre, cuando menos, curioso.

Tetas de la Sacristana es un vino almeriense con un nombre, cuando menos, curioso.

Por partes: hablando de vinos, cuando mi amigo y yo llegamos a un bar para tapear y nos fijamos en los tres o cuatro vinos por copas que tenían, la verdad es que, no conociendo ninguno de ellos, nos fijamos más en el exterior a la hora de decidir, matizando, también, nuestra decisión en función de la zona de procedencia. Pero a lo que voy: entonces ninguno de los vinos nos dio “buen rollo” al principio y siguió sin dárnoslo cuando lo teníamos ya en la copa. La reflexión de mi amigo fue la siguiente: no me sorprende que este vino sea del montón porque tanto el diseño de la etiqueta como el nombre (que no diré porque como no me interesó demasiado no lo conservé en la memoria, acto que recomiendo para evitar la saturación mental de vinos y destilados que no nos gusten) hablan de poco esmero, un poco así, “bah, si como la gente no entiende y el vino no tiene pretensiones, tampoco las tengo yo con la etiqueta y la botella”. Pues estamos apañados, pensamos, ¿así quieren que bebamos más vino?

Lo más curioso, y fue algo que yo comentaba con mi amigo, es que cuando un vino ya lo conocemos y nos gusta, la etiqueta ya no tiene tanto poder de sugestión. Quiero decir, por ejemplo, que yo conozco ya el Castillo de Ygay de Marqués de Murrieta y me gusta bastante, pero si no lo llego a conocer, igual no sería mi primera opción ni por el nombre, ni por la etiqueta (que a mí, personalmente, no me entusiasma, aunque sí me gusta mucho el contenido). Y que si no conozco un vino como Tierra Fidel, que hacen unos amigos míos, igual sí lo elijo para una cena o me fijo en él porque la etiqueta, desde que la vi por primera vez, me encantó.

Me encantan ambos vinos, pero la etiqueta de la izquierda, si no lo conozco, me resulta rancieta (ojo, a mí, que para gustos...)

Me encantan ambos vinos, pero la etiqueta de la izquierda, si no lo conozco, me resulta rancieta (ojo, a mí, que para gustos...)

Lo mismo con los nombres: ¿O me diréis que cogéis antes una botella de Cojón de gato que una donde ponga Pago de los Capellanes? No, ¿verdad? Pues a eso voy. Y que conste que el nombre del primer vino tiene su justificación porque alude a la uva de la que procede…

Y exactamente igual con destilados. No es igual ver una botella como la del ron Elements Eight que la del canario Arehucas, independientemente de que luego al probarlos nuestra opinión cambie. Afortunadamente en el campo de los espirituosos el diseño, creo, se pone bastante las pilas y nos libra de engendros de los que el vino, aún, no se ha desecho. Engendros del embotellado y etiquetado, el “packaging” del que hablan los marketinianos, ojo.

No es lo mismo...

No es lo mismo...

Pero el líquido, amigos, también entra por los ojos, seduce como puede hacerlo un desconocido o una desconocida… y luego, ya se verá si por la conversación que tiene, o que le falta, decidimos descartarlo.

¿Qué opináis vosotros?

Para entreteneros un poco os dejo una serie de etiquetas que he encontrado navegando por ahí.

Kit casero para disfrutar del vino sin gastar mucho

La semana pasada hablé del servicio de vino fuera de casa, pero hoy prefiero dedicarme al hogar. En casa, con amigos, con la pareja o en solitario, uno puede disfrutar del vino como el que más. Y dado que seguimos (¿hasta cuáaando?) en crisis, el comprar un vino que nos guste y consumirlo en casa, ahorrándonos los dinerillos que nos gastaríamos de pedirlo en un restaurante (junto con tooodo el placer que conlleva que un buen sumiller te recomiende y te sirva unas buenas copas de vino, todo sea dicho), puede ser una estupenda opción para pasar una velada vinófila divertida y placentera.

Vale, pues nos compramos una (o dos) botellitas de vino. Sí, pero… ¿y el resto? Porque claro, como he dicho otras veces conservar y servir un vino no es de lo más sencillo del mundo… Bien, como tampoco tiene mucha complicación y si uno se esmera un poco puede conseguirlo sin gastarse muchas perras, os voy a dar una serie de consejitos (sí, consejitos, aunque en el ámbito de la moda ahora se llaman “tips”, pero a mí eso me recuerda al humorista alto y de bigote que siempre bebía cerveza y era un tipo adorablemente surrealista). ¿Consejitos para qué? Pues para tener a mano todo lo que hace falta cuando uno quiere servirse BIEN el vinito en casa.

He comprado el vino pero no me lo voy a tomar ahora. ¿Dónde lo guardo? Buena pregunta. Como los consejos que pongo aquí son para quienes aún no tenéis, o ni siquiera pensáis en tener, colecciones de vino amplias, lo ideal, si no vais a tenerlo mucho tiempo, es guardarlo en el sitio de la casa más oscuro y que cambie menos de temperatura. Ah, y también, mejor tumbado que de pie porque así el corcho del tapón permanece húmedo y el vino no se oxida. Si prevéis tomarlo en unas horas, se permite frigorífico. Y si os hacéis con una mini colección de vinos y os sentís entusiasmados con ella, podéis iniciaros en la compra de una pequeña cava, especialmente diseñada para conservar vinos, y es ahí donde mejor están. Claro, una cava puede partir de los 90 euros, si es pequeña (seis u ocho vinos) hasta el infinito… y más allá.

Lo quiero fresquito, ¿qué hago? Otro de los instrumentos utilísimos, casi imprescindibles, para nuestro kit casero de vinofilia es una hielera. Cuando digo hielera me sirve recipiente grande donde meter una o dos botellas de vino junto a un montón de hielos y agua. Si sois de los que no tenéis mucho sitio para esos mastodontes (suelen ser grandes) un remedio útil es un cubo, que es muy feo pero arregla muy bien la papeleta, o la hielera que tengo yo en casa, que es hinchable y se guarda en cualquier armarito. El sistema de hielos y agua para enfriar tintos, blancos y espumosos es, en mi opinión, el mejor, el menos agresivo para el vino y el más eficaz después de la cava, que es principalmente para evitar que el vino cambie mucho de temperatura.

Esta hielera hinchable es de Koala y cuesta unos 14 euros

Esta hielera hinchable es de Koala y cuesta unos 14 euros, fue una de mis mejores compras de invierno porque me la puedo llevar a todos lados, incluso a las casas de amigos cuando ellos no tienen una.

Las copas, esenciales. Vamos eso no hace falta ni que os lo recuerde, ¿no? un buen juego de copas es vital para poder disfrutar del vino. Y cuando digo bueno, no me refiero a copas de lujo como las que usan los sumilleres y la gente muy experta (a mí me encantan pero son bastante carunas) sino copitas bien perfiladas y con material decente. Curiosamente, y aunque para una cena de etiqueta se pueden quedar un poco cortas, tengo en casa unas cuantas de… Ikea! Que me gustan mucho y además salieron baratísimas, a menos de un euro cada una. Si bebéis cava, sirven también las mismas que tengáis para el vino, aunque un minijuego de copas de cava, más alargadas, también son muy útiles para servir espumosos.

Lo de las copas de vino es un mundo, pero unas sencillitas y bien perfiladas sirven para empezar. Eso sí, vasos NUNCA

Lo de las copas de vino es un mundo, pero unas sencillitas y bien perfiladas sirven para empezar. Eso sí, vasos NUNCA

Si ya os da un punto más friki podéis subir el nivel y desembolsar algunos eurillos más en copas más adecuadas. Yo tengo unas Mikasa Oenology que rondan los siete euros. Pero ya os digo que las de Ikea salvan la papeleta fenomenalmente. Cuando empecéis a cogerle el gustillo a lo de catar y servir el vino en copas distintas os entrarán ganas de experimentar y elegir la que más se adecue a los vinos que soléis tomar.

El vino habrá que abrirlo… Pues sí. Es lo que tienen las botellas, que vienen cerradas y es parte de su encanto adentrarse en la “liturgia” de abrir un vino. Salvo los jereces y algunos vinos generosos que vienen con tapón de rosca, y los espumosos que tienen tapones sujetos por una malla o alambre y se abren con la mano, se necesita impepinablemente un sacacorchos. A ser posible, de los que tienen un accesorio para cortar la cápsula (el metal que recubre la parte superior de la botella). Un apunte: la cápsula se corta SIEMPRE por debajo del gollete, que es esa especie de anillo de vidrio que está en la parte de la botella pegada a la boca, y que es siempre un poco más ancha). Esto se hace así para evitar que el metal de la cápsula pueda, si se hace virutitas, caer al vino y fastidiarlo. Un sacacorchos de lo más digno puede costar unos seis eurillos.

Mi sacacorchos de cabecera. Fue un regalo de un fabricante y le tengo un cariñoooo...

Mi sacacorchos de cabecera. Fue un regalo de un fabricante y le tengo un cariñoooo...

¡Que el vino goteaaa! Esa es una de las situaciones más incómodas de servir el vino cuando uno no es muy diestro, que gotea y si es tinto, nos fastidia el mantelito de hilo de la cena. Pero afortunadamente existen unos circulitos mágicos llamados DropStop que se enrollan y se meten en el cuello de la botella y… ¡el vino deja de gotear cuando se sirve! A mí me han evitado un montón de manchas. Cuesta en torno a los dos o tres euros y encima los hay con estampados muy originales, se pueden reutilizar y no ocupan absolutamente NADA de sitio.

¿Veis el DropStop? Si hasta da un punto estilizado a la botella...

¿Veis el DropStop? Si hasta da un punto estilizado a la botella...

Decantarlo, airearlo… Aunque sobre lo de decantar o airear el vino hay quien tiene verdaderas teorías acerca de cuáles y cuáles no, cuánto tiempo y demás, el decantador, además de ser una jarrita preciosa (a mí me gusta, oye) es útil para oxigenar de una vez un vino y permitir que se “abra”, que expreses mejor sus aromas y sabores. Esto suele hacerse con vinos viejos y con mucho tiempo de crianza en barrica. Eso sí, cuando lo pongáis en el decantador, no volquéis la botella de golpe, hacedlo poco a poco y suavemente, para que el vino caiga sin golpearse en el fondo y se airee al trasvasarlo. No voy a contaros la ceremonia completa de decantación porque no quiero que os durmáis. Un decantador decente puede rondar los 30 euros y podéis pedirlo como regalo de cumpleaños…

Me ha sobrado vino, ¿qué hago con él? Buena pregunta. Normalmente el vino no aguanta mucho en óptimas condiciones una vez abierto. Pero no somos catadores expertos, sino disfrutadores, y tampoco estamos para tirar vino por el desagüe, así que hay inventos asequibles y muy socorridos para poder tomarnos el vino que nos ha sobrado el día siguiente. Eso sí, no conviene guardarlo muchos días porque, definitivamente, se estropeará sin remedio. Pero hay pequeñas bombitas que extraen el aire que entra en la botella cuando se tapa de nuevo y ayudan a conservarlo un tiempo prudencial (dos o tres días como mucho) para poder volver a tomarnos una copilla si nos sobró el día anterior. Aunque suene raruno decirlo, pero ¡benditas bombas! Dependiendo del modelo, las hay desde los siete u ocho euros.

Esta es mi bombita de vacío para vino, que uso eventualmente porque suelo acabarme las botellas... no seáis mal pensados, me las acabo porque bebo más a menudo en compañía.

Esta es mi bombita de vacío para vino, que uso eventualmente porque suelo acabarme las botellas... no seáis mal pensados, me las acabo porque bebo más a menudo en compañía.

Resumiendo, que por una módica inversión pecuniaria, podemos hacernos con un kit de vinófilos para disfrutar en casa. Porque de eso se trata, ¿verdad?

¡Indignaos!… Si os sirven mal el vino o el cóctel

Estos días he estado preparando un reportaje que saldrá en breve en la revista PlanetAVino (para muy aficionados al vino, que se puede comprar por Internet) y mientras lo hacía y buscaba documentación por La Red he encontrado las razones para escribir el post de hoy: la gente, cuando le sirven mal el vino o le ponen mal un cóctel, no suele protestar. Pues bien, cual sindicato del líquido, desde aquí os convoco: protestad, no os calléis, si el servicio en un bar o restaurante es deficiente.

Puede pasar que a muchos de vosotros no se os ocurra devolver un vino cuando este tiene algún defecto difícil de detectar para un bebedor no entendido. Normal, la duda os inundará y os preguntaréis si, simplemente, el vino elegido es un error. Pero de oler brettanomyces (palabro que cuelo a propósito para asustar) a devolver un vino al que le falta temperatura, por ejemplo, hay un tramo. Y para esto último no hace falta entender mucho de vino, sino simplemente querer que a uno le sirvan como Dios manda.

Vaso de tubo, un invento del infierno

Con el cóctel y los combinados pasa igual, aunque se ve menos. Pero un pecado habitual y que desde aquí reivindico que muera es el del dichoso e imposible vaso de tubo, infame instrumento que no sirve para nada y que, sin embargo, prolifera en un montón de barras de bar. Digo yo, ¿tan difícil es comprar un recipiente distinto? Ahora que está tan de moda el Gin&Tonic por favor, ¡protestad si os lo sirven en horribles tubos en los que, a poco que uno tenga la nariz grande (me encanta en los hombres) el desafortunado usuario ve alejarse su líquido mientras la napia solamente le alcanza hasta el hielo! Para esto, de nuevo, no hace falta entender, sino beber. Y protestad también cuando os sirvan las copas calientes. Lo ideal sería que tanto el destilado como el refresco de turno procedieran de la nevera pero perdonaremos, de momento, que los primeros estén a mano del camarero porque en algunos refrigeradores de bares sencillos “no hay sitio p’a tanta gente”. Pero el refresco, frío, que se agua si no el combinado.

Si se trata de un cóctel, cuidado con dónde lo tomáis porque no es lo mismo un profesional de esto, que tiene un nombre essstupendo, el de Bartender, que un camarero cualquiera que le da al grifo del mojito preparado sobre hielo “pilé” (que me gusta esa palabreja gala, oiga). Si veis que los mojitos son demasiado baratos, haceos a la idea de lo que os van a servir y aceptad que eso es lo que hay por ese precio. Pero si os cobran eso mismo a precio de cóctel de Gotarda, ¡protestad! O dejad de ir al sitio, que es otra solución.

Voy a enumerar algunos motivos de protesta para convocaros a cada uno a indignarse dignamente ante un camarero, mâitre o cualquier otro personal de hostelería que os sirva:

–          El vino está caliente: indignaos porque la temperatura de un vino no es la de la calle en mayo, por más tinto que sea. Y que os lo enfríen con una hielera que mezcle hielos y agua. O que os traigan un refresco, pero ese caldo, de vuelta a casa.

–          El vino huele raro: a humedad, a bayeta o agua sucia, a vino generoso (del que tienen las abuelas para la merienda) siendo un tinto del año… si el vino huele raro, aunque no sepáis identificar exactamente la razón, pedid otro o cambiaos de bar, pero no aceptéis el fraude. Y menos si la copa cuesta un riñón (que cuatro eurazos son cuatro eurazos).

–          La copa de vino… es un vaso: lo siento, pero no. El vino, aunque sea Txacoli, en copa, por favor. SIEMPRE.

–          El precio del vino es como pagar oro: cuidado con esto. Lo ideal si se desconoce el vino es esperar a conocerlo, o mirar otras referencias para contrastar. Más de tres o cuatro euros, pagadlos solo si sabéis con certeza que el vino y el servicio lo merecen.

–          El rosado tiene más años que tú: se sabe porque de rosado solo le queda el nombre y su color es monísimo para una tapicería de sofá. Indignaos.

–          El blanco fue blanco algún día: por lo mismo, lleva ni se sabe en a saber qué estantería. O puede pasar que pidáis un Rueda y os miren como si estuvieran viendo a Michael Jackson.

–          Pedís una Manzanilla y os preguntan: “¿la infusión?”. Fuera de ahí, sin indignarse ni nada. Simplemente HUÍD.

Bueno, estos son algunos de los motivos, pero os invito a participar y comentar más casos en los que no os hayáis quejado, o sí. Porque solo así meteremos caña a esos servicios nefastos que solo perjudican al consumidor… y a su propio sector. Indignaos ante ellos y protestad, que ahora es tiempo de cabreos y el ambiente propicio.

Este blanco, por ejemplo, está estupendamente servido. Y bien pagado, también sea dicho.

Este blanco, por ejemplo, está estupendamente servido. Y bien pagado, también sea dicho.

Krug Grande Cuvée, mi burbuja especial en el 8 de marzo

Hoy voy a dejar que sea una mujer especial y difícil de encontrar por España, Maggie Henríquez, la que os cuente algo sobre el champagne. Maggie es venezolana, habla a la perfección tres idiomas y desde hace cuatro años está al frente de unas de las más prestigiosas casas de champagne, Krug. Además del prestigio, Krug tiene para mí algo muy especial, y es que me encanta su sabor, sobre todo el de su vino estrella, la Grande Cuvée. Aprovecho para felicitar el día a todas las Grandes Mujeres y a los Grandes Hombres que las acompañan. Buen 8 de marzo.

Es uno de mis champagnes favoritos, aunque es un artículo de lujo que no está al alcance de todo el mundo. Se elabora con las tres uvas más utilizadas de la Champagne, Pinot Noir, Pinot Meunier y Chardonnay (las dos primeras, tintas) y para mí lo más especial que tiene es la cantidad de aromas y sabores que encierra una botella, es de esos vinos con los que puedes hablar.

Además, hacer un champagne como la Grande Cuvée es un trabajo delicadísimo que requiere, sobre todo, tiempo y memoria. Tiempo para que los vinos con los que se hace envejezcan durante años, y memoria para mezclarlos cada cosecha con vino del año y hacer, siempre, siempre, un producto exactamente igual, con el mismo sabor, reconocible incluso a ciegas.

Pero mejor que lo cuente Maggie:

Fijaos en que señala que “cada parcela se convierte en un vino y se decide después qué hacer con ese vino”, porque los maestros de cava, o chefs de cave que se dice por allí, catan los vinos una vez hechos y deciden si los mezclarán como vino del año o irán a formar parte de la reserva de 150 vinos diferentes que se guardan en las cavas de Krug.

Disfrutad de sus palabras, a Maggie un periodista le colocó el sobrenombre de “la Salma Hayek” de la Champagne, puesto que es la única mujer en años, y la única hispana posiblemente en toda la historia de esta región, que está al frente de una maison.

Ah, si me preguntarais con qué lo acompañaría, sin duda os diría que con unos zapatos de tacón de Christian Loboutin y un vestido de seda para pasar una velada realmente especial, de las que quedan en la memoria. Me ha quedado un post muy femenino, ¿no?

Otra de mis pasiones son los zapatos, así que me atrevo a proponer esta combinación ideal, Loboutin y Krug

Otra de mis pasiones son los zapatos, así que me atrevo a proponer esta combinación ideal, Loboutin y Krug

“Jamás lo toco, a menos que tenga sed” Lilly Bollinger

Lo primero que quiero ahora mismo es pedir disculpas porque a los suscriptores os habrán llegado notificaciones de publicacionsin haber nada escrito. Estaba trasteando para publicar la cita del título y he visto unos duendes que han empezado a jugarme estas pasadas. Lo lamento, de verdad, y voy a averiguar qué es lo que ha ocurrido.

Pero ahora os invito a reflexionar con esta estupenda ocurrencia de una de las grandes damas del Champagne (hubo unas cuantas, y las sigue habiendo) que enviudó de Jacques Bollanger, el hijo del fundador de la casa, y fue una de las más activas promotoras del este espumoso, hoy el más famoso del mundo. Para que luego digan que el vino es solo cosa de hombres. A Madame Bollinger se la conoce, además, por decir esto del champagne, algo que secundo enormemente y que animo a practicar a quien la crisis no le haya dejado sin posibles (haciendo un juego de palabras algo macabro, diría que a quien la coyuntura económica no le haya dejado sin “liquidez”). Ahí va la frase, disfrutadla, asimiladla, aprendedla y aplicadla a otros vinos que os gusten. Ah, y perdonadme por mi error cibernético y por no haber escrito mucho esta semana. Prometo redimirme, en serio, me gusta contar cosas desde aquí. Ahí va la frase:

“Lo bebo cuando estoy feliz y cuando estoy triste. A veces lo bebo cuando estoy sola. Cuando estoy acompañada lo considero obligatorio. Como con él si no tengo hambre y lo bebo cuando sí la tengo. En cualquier otro caso no lo bebo, a menos que tenga sed.”

Este angelito, que está en la catedral de Reims, entiende a la perfección lo que dice Madame Bollinger

Este angelito, que está en la catedral de Reims, entiende a la perfección lo que dice Madame Bollinger

 

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