RaqueLíquida

El mundo líquido… desde mis zapatos

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Mi estreno líquido en el blog Avanza en tu Carrera

Hace unos años conocí a Ian Hart, un inglés simpático y entusiasta que se inventó una ginebra para montar en casa al gusto de cada uno. Él y su mujer, Hillary, me hablaron de su microdestilería y de la ilusión que les hacía el proyecto. Hoy destilan en Londres no solo ginebras originales, también vodka y elaboran algún que otro licor. Esta es su historia, contada en el blog Avanza en tu Carrera

Cuando la ginebra es el camino

Líquida, sí. Y además, mujer

Me gusta que un hombre me abra la puerta del coche cuando entro o salgo Que cuando me arreglo mi chico, o mis compañeros, lo noten y no tengan problema en decirme “qué guapa estás hoy”. Me sonrío si noto una mirada disimulada y tímida sobre mi trasero. Me encanta que, tras una jornada de sexo, haya un ratito de caricias, abrazo y conversación sin que mi “hombre” se duerma. Me vuelve loca ir de compras, probarme zapatos sin parar, vestirme sexy, desvestirme un montón de veces porque no voy suficientemente sexy, frivolizar, criticar a las famosas por estar retocadas con Photoshop… Sí. Soy una mujer.

... Esta es una de mis pasiones...

… Esta es una de mis pasiones…

Y como tal supongo que me verá cualquiera. Por eso no me molestó en absoluto que el otro día un bodeguero con pinta de Briatore nos llamara, a mí y a mis compañeras periodistas (éramos un grupo, todo sea dicho, inédito, únicamente formado por mujeres) en plena expedición vinícola, “niñas”. ¡Nada menos! “Pues mira qué bien”, pensé yo, “a este tipo, a mis 36 añazos, le sigo pareciendo una niña”. Y me quedé tan ancha con mi pensamiento, algo frívolo, reconozco, mientras algunas de mis colegas (a las que respeto y admiro) se miraban con una evidente cara de mosqueo.

... Esta es otra... mmm el champagne y los colegas. Aquí, moneando con Rosa Veloso, estupenda fotógrafa gastronómica

… Esta es otra… mmm el champagne y los colegas

Después del episodio y alguno más aludiendo a la inusual situación de que un grupo de profesionales del vino estuviera compuesto solo por mujeres, me decidí a escribir este post contando la anécdota. Soy una mujer (para algunos, incluso una niña) y también, sí, también, soy una profesional. Mientras el cuerpo aguante y pueda vivir de ello, una profesional del periodismo vinícola. Y de los destilados, que es muy de hombres eso (o se lo parece a muchos). Y me gusta que se me note que lo soy. Por eso cuando escucho un comentario que une mi condición de mujer, y relativamente joven, a mi (también relativa) experiencia profesional en el mundo líquido, ni me molesto en afectarme. Estoy por encima. Sin dudarlo.

¡Me encanta mi trabajo! ¡Y adoro el whisky!

¡Me encanta mi trabajo! ¡Y adoro el whisky!

Y me quedé tan ancha por ese comentario no desprovisto de inocencia porque sé que estamos aquí desde hace tanto como los hombres (no en el caso de la prensa vinícola, pero sí en otros ámbitos del vino), solo que muchas veces no hacemos tanto ruido. Sabemos lo que es “la maloláctica”. Estamos aquí y no nos vamos a ir. Porque hacemos falta, con nuestros puntos de vista, iguales o distintos a veces, con nuestra experiencia, nuestra energía, nuestra paciencia ante discursos ridículos sobre el sexo del vino, con nuestro toque femenino, como profesionales, como mujeres… como amantes líquidas al fin y al cabo. Y al que no le guste, que no nos lea, o que no nos mire el culo.

... Y por supuesto, ¡¡adoro el vino y sus gentes!!

… Y por supuesto, ¡¡adoro el vino y sus gentes!!

*Dedicado a mis compañeras de viaje, ellas saben quiénes son, y al grupo de hombres del vino que nos acompañó durante un par de veladas sorprendido, y encantado, de tenernos entre ellos. ¿Cumplirán su promesa de colocar una placa conmemorando el día en que un grupo de mujeres periodistas, sin un solo hombre entre ellas, se les presentó en la bodega? Ahí lo dejo…

¿Cuándo un líquido vale lo que cuesta?

Estos días he tenido la oportunidad de probar líquidos que no están al alcance de mucha gente, y menos ahora cuando los bolsillos de media España están con poco más que monedas de céntimo a fin de mes. Hablo de precios que muchos querrían de sueldo, y me han hecho preguntarme si esos vinos, destilados y hasta refrescos valen lo que cuestan, y cómo saber qué precio se ajusta a lo que ofrecen o es parte de una bien tejida estrategia de marketing. Estoy hablando de Teso La Monja, Hennessy Paradis Imperial y Tónica Markham.

Justo hace un momento estaba hablando por chat con una amiga acerca de un vino que probamos juntas. Me decía: “Está bueno, pero, a mi juicio (escaso), ¡no vale lo que cuesta!”. El vino en cuestión sobrepasa los 100 euros en una tienda, y es probable que los 200 en un restaurante.

Un gran vino a un precio ¿grande?

Pero voy a ir más allá. Gracias a una suerte de casualidades, conseguí incluirme en la limitadísima lista de periodistas del vino que acudieron a la cata de la última creación de la familia Eguren, un vino de Toro que se llama Teso La Monja. Es un vino que procede de viñas cuidadísimas (los Eguren fueron unos pioneros en Toro elaborando los excelentes Numanthia y Termanthia, de los que se enamoró el grupo de lujo LVMH y les compró la bodega, cuentan, por una suma irrenunciable), y todas, todas, con un sistema de cultivo, la agricultura biodinámica, que es más costosa que una viticultura al uso, porque prescinde de muchos elementos químicos y la viña necesita muchísima más vigilancia, más cuidado diario, para evitarse muchos de los peligros que la acechan (no voy a explicar más porque no quiero que os durmáis al ritmo de la biodinámica).

Este es Teso La Monja 2008, en una ocasión histórica para una frikilíquida como yo...

Este es Teso La Monja 2008, en una ocasión histórica para una frikilíquida como yo…

A este costosísimo trabajo en el campo, en una parcela enana, se une una vendimia al milímetro, separando cada grano de uva y seleccionando solo los mejores, y una fermentación maloláctica en un tino de roble francés en forma de huevo que una casa tonelera ha diseñado a propósito y en exclusiva para la bodega. La otra fermentación, la alcohólica, la hizo el vino en otro tino con forma troncocónica, de manera completamente artesanal (la uva se ha estrujado a mano… todo se ha hecho manualmente). En este tiempo, de casi medio año, también se siguieron las pautas biodinámicas, el biorritmo del vino. Esto exige un conocimiento de la agricultura y de la elaboración enormes, no cualquiera puede, ni sabe, hacerlo.

Después llegó el envejecimiento en madera, el menos costoso al tratarse únicamente de tres barricas (no había más líquido que extraer de las uvas de la parcela), que fue de otros dos años, y la crianza en botella, que calculo en torno a un año más, teniendo en cuenta que el vino se presentó en una feria profesional el pasado mes de marzo.

Bien, ahora llega la cuestión: este vino, que cuenta Eguren que está elaborado para contarse entre los grandes vinos del mundo, a la altura de El Bulli si hablamos de gastronomía, tiene un precio aproximado de 900 euros. Ya os he dicho que algunos los quisieran de sueldo… Y Marcos Eguren insiste en que no es un vino caro. ¿Lo es? ¿Cómo saber si vale lo que cuesta? El crítico de vinos Andrés Proensa dice que el tópico de la relación calidad- precio no existe porque hay elementos en el producto vino que no son cuantificables. ¿Cómo se mide el placer? Como no quiero dar notas de cata ni complicaros la vida con palabros especializados, diré que me pareció un vino completo, desde el principio hasta el final de la degustación.

Por eso, aunque preveo que muchos de vosotros pensaréis que no es solo caro, sino carísimo, yo no lo tengo tan claro. Además, he revisado precios de algunos de los vinos más prestigiosos y buscados del mundo (no me he metido en cosechas extintas ni en vinos de coleccionista), tipo Château d’Yquem, Pétrus, Romanée Conti o algún Krug, y sus precios son muy superiores, algunos llegan a los 4- 5.000 euros. Esos vinos son caros, pues, ¿no? ¿Cuánto hay de lujo, que es más bien aire, exclusividad y romanticismo, en esos precios? Está claro que en el vino de Eguren no hay tanto de eso, a juzgar por cómo se ha elaborado.

La otra cuestión es ¿lo pagaríais por un vino español? ¿O como es nuevo y no tiene la trayectoria de los franceses que os he contado, aún esperaríais si tuvierais esa pasta para comprarlo? No son muchas botellas las que hay a la venta de Teso La Monja, pero en 15 días se vendió el 80% de ellas, y hay quien me ha confesado que se lo pensó demasiado antes de comprarlas y ahora se lamenta por haberse quedado sin ellas.

Más líquidos de precio elevado

A principios de esta semana he probado también un cognac de 1.600 euros, y del que solo hay cinco botellas en España (me pregunto si contaron también la que empezamos en la cata a la que me convocaron). Este, de la casa Hennessy, se describe como una mezcla especial de aguardientes viejísimos que el maestro de bodega (en Cognac las naves donde reposan los aguardientes se llama chais, pero bodega es la palabra que mejor encuentro para traducir el término) ha escogido inspirándose en una edición que su antepasado (en estas casas los oficios muchas veces pasan de una generación a la siguiente) elaboró por encargo para el 42º cumpleaños del Zar Alejandro I. Nada menos. Nada menos por 1.600 euros, un sueldo algo mejor que los 900 del Teso La Monja.

La botella es de cristal de Baccarat, y no os imaginais el cuidado que pusieron al servir el cognac...

La botella es de cristal de Baccarat, y no os imaginais el cuidado que pusieron al servir el cognac…

La cuestión es que, o se me escapan muchos detalles sobre cómo se ha hecho, o el valor que le veo a este cognac (sin entrar, como antes, en el placer que me proporciona) es el de guardar durante más de cien años, en damajuanas, aguardientes que han pasado hasta Guerras Mundiales. También, claro, veo la inmensa sabiduría de un tipo con una memoria y una capacidad sensorial prodigiosa. Y no puedo evitar ver una botella que debe de costar un pastón, donde se guarda este cognac. En conjunto, veo lujo, que al fin y al cabo es la esencia de la casa. De nuevo ¿vale lo que cuesta? ¿O el precio es una señal para expresar implícitamente “tú, clase media, apártate de este líquido”? Ahí lo dejo…

Termino con una tónica que también tiene, en comparación con otras marcas, un precio elevado. Pero para que veáis que soy optimista, creo que es un precio que cualquiera de nosotros se puede permitir, al menos una vez, para darse un lujo, un caprichito, eso sí, si os gusta, claro.

Se llama Markham y cuesta… ¡dos euros! Nada mal para desembolsarlos y hacerse con un pack para casa, pero con un precio que triplica o cuadriplica el de una tónica normal… ¿Qué habría que esperar de ella? ¿Qué tuviera música, como decía mi madre antes?

Aquí quiero llamar la atención sobre cómo la moda del gin&tonic está influyendo en que aparezcan no solo ginebras Premium por todos lados, sino tónicas de este tipo que basan su precio en una adición de aromas o “botánicos” y en la quinina natural como parte de su composición, lo que les da un aire muy exótico y, además, justifica su precio. Además, pensad en que hay que mezclarla con ginebra que para eso se ha creado, y claro, la ginebra no va a ser menos que la tónica… y hay que aderezar el combinado con algún cítrico, si puede ser, también con un punto de lejanía y exotismo… Vamos, que el gin&tonic puede salir, hasta en casa, por un piquito…

La botellita en cuestión... con su elefante para dar buen rollo

La botellita en cuestión… con su elefante para dar buen rollo

Pero, por dos eurillos, ¿Quién no se da un lujo? Doy fe a quien me quiera creer (esta también la he probado) de que está muy buena y tiene un sabor muy auténtico, un amargor que para nada desagrada. Porque para amargores desagradables ya está la crisis.

Cosas que deberías saber sobre el mojito

Como es viernes, estamos ya en verano y a muchos ya les huele la oficina, la casa y hasta la ropa a vacaciones, me apetece hablar de un cóctel que (casi) todo el mundo conoce: el mojito, un cóctel que se bebe por todas partes pero del que igual no se conocen algunos detalles. Bien, aquí van las diez cosas que deberías saber sobre tu mojito.

1-      Es cubano. Allí nació el primer mojito tal cual, con su ron, su azúcar y su canesú, y parece ser que fue un español afincado en una de las playas de la isla quien lo preparó por primera vez.

2-      Tiene un antecedente en el barco pirata de Francis Drake y también en los esclavos que trabajaban en Cuba los campos de caña de azúcar, así que sus padres son un preparado llamado Draquecito y una bebida a base de melaza, miel y lima llamada canchánchara. El nombre también es un misterio, y puede aludir desde un conjuro a una salsa para aliñar guisos.

3-      Por tanto, NO se lo ha inventado ninguna marca, ni nadie que entonces (siglo XIX) trabajara para alguna de las destilerías de ron que había en Cuba (Havana, Bacardi…). Así que cuando hablan de “auténtico mojito” lo que hacen es echarle morrete a la lucidez del tipo que se lo inventó. Otra cosa es que el ron con el que se preparara el primer mojito fuera, obviamente, una marca de ron cubano. De cajón estando en Cuba, ¿no?

Ron blanco u oscuro... como te guste. Experimenta

Ron blanco u oscuro… como te guste. Experimenta

4-      No importa con qué ron le guste a uno, por más que digan los puristas. Si te apetece con ron blanco (que aunque sea transparente ha estado varios años añejando en barrica, solo que está filtrado y no tiene color), bien; si te gusta más el toquecito más tostado del ron oscuro, pues también vale. Ambos son mojitos, y no te dejes convencer de lo contrario. Eso sí, mejor que el ron no sea agrícola, pero no voy a entrar hoy en eso que llega el verano.

5-      Puede llevar limón, pero también lima, máxime teniendo en cuenta que al otro lado del océano al limón lo llaman lima y a la lima… limón, así que… para gustos. Lo mismo que con el tipo de ron, va en gustos o momentos.

6-      La menta es tan válida en el mojito como la hierbabuena, y dependiendo de la planta aromática que se use, el resto de ingredientes deberá estar en consonancia para que el mojito sea equilibrado en sabor… y en aroma. El papel de las hierbas no es decorar, sino aportar aromas, y que nada más meter la nariz en el vaso ancho (bendito vaso ancho) para meter la napia y empezar a disfrutar del mojito… mmmm (boca agua).

7-      Es muy importante que el hielo, cuando te preparen un mojito por el que te vayan a cobrar una buena cantidad de euros, no esté derretido, por lo que el barman en cuestión ha de ser muy rápido al prepararlo. No mola nada un mojito aguado y con el hielo picado que suele llevar a este lado de La Tierra (en Cuba hay quien lo prepara con piedras de hielo) hay que tener mucho ojo. Si se derrite un poco antes de echar el contenido (35 grados fuera del bar pueden hacer estragos) se escurre, y cuando ya está casi preparado conviene que el barman nos eche hielo de nuevo antes de colocarnos la ramita decorativa de hierbabuena o menta.

8-      Sí, se puede hacer en casa. Y sí, recomiendo aprender antes a hacerlo. Yo aprendí mucho con un gran barman que encima sabe enseñar a torpes como yo sin perder los nervios. Se llama Miguel Figueredo y los que vivan en Madrid pueden aprender con él en The Cocktail Room, además de comprarse todos los instrumentos que hacen falta para prepararlo en casa…

9-      Los seudomojitos de grifo y botella son como esas fabadas de lata, que pueden estar muy buenos pero no son auténticos, aunque solucionen más que bien la papeleta de un manazas metido a barman en una fiesta casera. Son dignos, oye, pero no son mojitos de verdá de la güena.

10-   Tened esto claro: por más que se vean carteles con tiza de mojitos a dos pavos, el mojito ES un cóctel auténtico, documentado, elaborado en los mejores locales del mundo, respetado por los barmans y que además… está muy rico.

Aquí os dejo una recetita mojitera según me enseño Miguel:

–          Seis o siete hojitas de hierbabuena o menta sueltas para el fondo y un par de hojas con ramita para decorar

–          22,5 ml. De zumo de lima (media lima grande aprox.)

–          Dos cucharaditas de jarabe de azúcar

–          50 ml. De ron

–          Un “top” de soda (unos dos dedos)

–          Hielo picado

–          Vaso “long drink”

Golpear con la palma de la mano las hojitas de hierbabuena para que suelten aroma y colocar en el fondo del vaso con una pizca (no todo) de zumo de lima. Golpear sin destrozar las hojas y añadir el resto del zumo, el jarabe de azúcar y el hielo hasta colmar el vaso. Añadir el ron e, inmediatamente después, la soda. Echar más hielo, todo el que aguante el vaso, remover con una cuchara larga y delicadeza para mezclar los ingredientes y decorar con las ramitas de hierbabuena en el centro. Listo para tomar.

Este ha sido mi primer mojito... ooooh

Este ha sido mi primer mojito… ooooh

 

 

La terrible (o no tanto) mudanza líquida, ¡bendito destockaje!

Hoy de nuevo quiero pedir disculpas por no haber aparecido por aquí la semana pasada, pero una mudanza que ahora me ha dado independencia, entonces me arrebató la mayor parte del tiempo y los nervios. Pero como de todo se aprende, hoy quiero compartir mi armario líquido con vosotros, una vez lo tengo, más o menos, ordenado.

La semana pasada me cambié de casa, sí, y una de mis mayores preocupaciones fue qué haría con los vinos y destilados que me acompañan (y a los que adoro, porque todos me enseñan algo) en mis andanzas, mis textos y mis momentos de deleite (sobre todo eso). Porque a lo largo de los años que llevo en el mundo vinícola y de los espirituosos (palabra que uso muy poco por aquí porque me suena un pelín rancia), he atesorado, y sigo atesorando, una nada desdeñable cantidad de líquidos, vinos, rones, ginebras, vodkas, cognacs, whiskies, licores varios… que he catado y que utilizo en mis reportajes y experiencias. Son tantos que no me había dado cuenta hasta que llegó el momento de trasladarlos. Porque una, que es una obrera monda y lironda, no puede darse el lujo de tenerlos en una cava privada, pero tampoco quería que mis líquidos corrieran el riesgo de derramarse en las manos de los obreros mudanceros, con mi consiguiente disgusto.

¿Qué hice?

Ja, lo primero que se me ocurrió fue una idea que, si estáis en un caso parecido, os recomiendo. Pero para eso os hacen falta amigos bebedores: como tenía que liberarme un poco de tanta botella deliciosa, y como me niego en redondo a que ninguna se pierda sin ser disfrutada (si hay cata previa, nos bebemos el resto con un picoteo o lo que sea, pero en MI casa TODAS las botellas se abren y se prueban), se me ocurrió convocar a amigos y gente buena para un destockaje: vamos, lo que viene siendo una fiesta en casa para abrir y beberse unas cuantas botellas de vino. En este caso, como tenía cierto “sobrestock” de vinos blancos jóvenes, que son los que menos vida tienen, y aprovechando las fechas más que apropiadas para echarse unos blanquitos al gaznate, preparé una veintena de botellas para otros tantos invitados, pensadas para disfrutar a lo largo de unas cuantas horas (no penséis que se trataba de inyectarse alcohol en vena). E hice un trato con los amigos: yo pongo el vino y las patatuelas fritas, y vosotros traéis el picoteo que os apetezca.

Estos son los blanquitos del destockaje, para (casi) todos los gustos

Estos son los blanquitos del destockaje, para (casi) todos los gustos

Así lo hicimos, y mis amigos disfrutaron de unos cuantos vinos (todos ellos distintos, desde godellos y albariños hasta verdejos, garnachas blancas, blancos fáciles, alguna sorpresita y algún mencía joven) que de otro modo, en una cena normal, no podrían (muchos de ellos beben vino, pero sobre todo en cenas fuera de casa o por copas en tabernas). Claro, que yo creo que fui la que más disfrutó teniendo lo que más me gusta conmigo: mis líquidos y mis amigos.

... Y estos los tintos por si había algún disidente antiblancos (y como background porsilasmoscas)

… Y estos los tintos por si había algún disidente antiblancos (y como background porsilasmoscas)

Pero…

Después, como dicen en mi pueblo, “llegó Paco con la rebaja” y tocó trasladar los vinos y destilados que sobrevivieron al destockaje. Vamos, unos cuantos. Pero gracias a la inestimable ayuda del liquidófilo que anda detrás de Disfrutarelvino, uno de los grandes interesados en que los vinos llegaran con buen pie a la nueva casa, la mudanza líquida pudimos completarla con tan solo unos cuantos dolorcillos de espalda y riñones.

Primero tuvimos que conseguir (yo no, él) unas cuantas cajas de vino donde meter esa ingente cantidad de botellas (ingente para una casa normal de una persona, insisto, que seguro que en las casas de los coleccionistas hay más, pero…). Al principio no parecía aquello tan grave, pero aparecieron botellas por todos lados y aunque calculamos cajas para que sobraran… anduvimos justitos, entre vinos, licores y otros inflamables.

Y de las cajas… al coche, que hubo que mover todas las botellas con mucho cuidado para que los vinos (sobre todo los vinos) sufrieran lo menos posible. El camino a la nueva casa lo hicimos pensando que cualquier chispita, por pequeña que fuera, nos haría saltar en pedazos, tan cargados de alcohol íbamos…

El resto es historia, porque después de unas cuantas horas de curro sacando las botellas de las cajas (y preguntándome por qué narices me gusta tanto a mí el mundo líquido, con lo que pesay ocupa, pero es como el saber… o no), mis brebajes están ya ordenaditos en un mueble que parece hecho para ellos, y los vinos han encontrado un huequito donde no sufrirán de una luz muy intensa ni de cambios demasiado bruscos de temperatura, esperando otra vez a los amigos que quieran compartirlos conmigo.

Moralejas:

–          Amigos, bebed cuanto podáis, no desechéis una buena ocasión para descorchar una botella en compañía, que luego llegan las mudanzas y el almacenaje se vuelve un caos.

–          Un destockaje de vez en cuando es la excusa perfecta para reunir amigos e intercambiar opiniones, gustos y preferencias sobre vinos, copas, combinados…

–          Si os mudáis, no está tan mal trasladar vuestra bodega vosotros mismos, sobre todo para hacer músculos en piernas y brazos.

Y a disfrutar de la nueva casa con un brindis, ¿no?

... Da un gustito tener ordenaditos los destilados, mmmm

… Da un gustito tener ordenaditos los destilados, mmmm

Whisky de colores, petacas de cognac y trastos cocteleros para animar el cotarro líquido

Hoy quiero hablar de los otros líquidos, los destilados, que en forma de cóctel o de presentaciones divertidas consiguen que me fije en ellos y me plantee, muy seriamente, bebérmelos y probarlos (animaos, leñe, que hay un montón de sabores ahí escondidos).

¿Y por qué salgo hoy con estos bailes? Pues porque quiero, ayer me mandaron una botellita de Jotabé  que me hizo pensar en esta entrada y en cómo las marcas se reinventan para llegar al consumidor.

La botellita en cuestión es una edición limitada de la misma de siempre, pero de colores. La gente del marketing de J&B ha debido de pensar que ya estaba bien del verde y la han cubierto de fundas con seis tonitos distintos. Lo que más me gusta es que es la primera vez, ¡la primera! en la historia de esta botella que se le cambia el color, desde que en 1749 se creó este whisky.

Por dentro, nada cambia, y aprovecho para contar que J&B es un whisky tipo blended (ahora os toca aprender un poco, amigos), es decir, mezcla de varios whiskies de malta y grano y de varias destilerías (os preguntaréis entonces por qué narices, si está hecho con varios whiskies y de distintas destilerías, se llama J&B: así es la ley escocesa, colegas, y este tipo de whisky se hace mezclando, de ahí su nombre). ¿Cuál es la particularidad de estos whiskies y para qué sirven? Pues suelen ser muy suaves y sin ningún aroma o sabor que destaque por encima de otros (la idea es que se tomen mezclados con refrescos o con agua), pero sí con un estilo que es marca de cada casa. Ahí está lo que más me gusta de estos líquidos, que el maestro que mezcla los whiskies tiene que hacer SIEMPRE el mismo blended con distintas materias primas. Leéis bien: SIEMPRE, año tras año el mismo whisky ,para que no pierda identidad y con ella, bebedores. Porque los hay fans del J&B, del Cutty Sark o de Ballantines precisamente por eso, su sabor distinto y único. Por hoy dejo la paliza whiskera a ver cómo la vais digiriendo.

Mola, ¿no? al menos alegran un poco la barra de bar con tanto verde y marrón oscuro…

Viendo el rosa que tengo al lado de mi mesa, me acordé entonces de otro destilado que, mucho más que el whisky, suena a viejuno total pero que a mí me encanta: el cognac. Desde hace unos tres años, cuando trabajaba para Hennessy, a esta casa se le ocurrió lanzar un invento que me pareció, y me sigue pareciendo, genial y rompedor: la petaca de cognac en forma de funda de silicona. Me encantaba porque por el módico precio de diez eurillos uno se llevaba una botellita pequeña (20 centilitros) del cognac más vendido de Hennessy e, VS, cuyo procedimiento de elaboración se parece en parte al del whisky, sobre todo en la parte de las mezclas (aunque, apunto así como quien no quiere la cosa, que el cognac se destila del vino, mientras que el whisky es un destilado de cereales, cebada, centeno, trigo, maíz…).

Las petaquitas de Hennessy en los colores de 2012... No hay rosaaaaa

Las petaquitas de Hennessy en los colores de 2012… No hay rosaaaaa (jeje, pero sí en ediciones anteriores)

Viendo la botella jotabera en rosa me he acordado de mi petaquita… también rosa y me ha apetecido inmediatamente tomarme mi mezcla favorita de cognac: con ginger ale y una rodajita de naranja o pomelo. Llamadme rancia, ¡pero me mooooola!

Y siguiendo (y terminando) con otras cosas destiladas, ayer tuve la oportunidad de grabar unos minutillos (dos para que no os canséis) a un tipo que yo comparo con Ferran Adrià pero en el mundo coctelero: Javier de las Muelas. Es un catalán con mucho magnetismo, un genio de las mezclas y con una cultura líquida que hace temblar. Ahora tiene dos locales de coctelería llamados DRY con su equipo en Madrid y en Barcelona (uno de sus puntazos es que tiene contador de Drys para llevar la cuenta de los Dry Martini que se sirven). Así que le pedí que hablara de su set de coctelería, que acaba de lanzar, y que os contara lo que es y para lo que sirve. Aquí lo tenéis.

Y aquí os dejo una imagen de los cacharros cocteleros que ha diseñado, por si tenéis que hacer un regalo a alguien u os apetece hacer un cosmopolitan, un dry martini o un mojito.

Es una chulada, ¿verdad? este, por ejemplo, es el conjunto para hacer unos mojitos, que ya apetecen.

Es una chulada, ¿verdad? este, por ejemplo, es el conjunto para hacer unos mojitos, que ya apetecen.

Los futuros plumillas líquidos

Ayer tuve la suerte (y los nervios, la presión, pero de la buena) de acudir a una clase del Curso de Periodismo Gastronómico y Nutricional que desde hace dos años se imparte en la Universidad Complutense. Fui allí para hablar de blogs de vino, contando mi experiencia bloguera y lo que pienso de la blogosfera vinícola española y extranjera. Pero además de eso, también recibí unas enseñanzas de los alumnos que, ahora, quiero contar aquí.

Yo tenía mis ejemplitos preparados, mi hojita de papel (puede una ser muy 2.0 pero sin lápiz y papel yo, desde luego, me encuentro desarmada) y me dispuse a contarles a estos chicos, muchos de ellos blogueros ya y unos cuantos “enredados” conmigo en las redes sociales sin yo saberlo, mi experiencia como blogger y cómo el periodismo vinícola me ha conducido a abrir RaqueLíquida… (y no solo a abrirlo, sino a mantenerlo, que es lo difícil). Creo que la cosa no fue del todo mal (no se durmieron) y algunos me preguntaron dudas sobre el estilo periodístico del blog o mi forma de moverlo en la red. Me encantó esa inquietud e interés por el asunto bloguero, ya que ahora creo que para el periodista, el blog es un ejercicio de estilo imprescindible, además de una herramienta poderosa para darse a conocer.

Uno de los mejores momentos fue cuando les mostré algunas vídeocatas de ejemplo y ellos opinaron de forma dispar, comentando algunos que ver el vino en la pantalla les provocaba ganas de beberlo y otros que la forma de contarlo por el catador les dejaba fríos porque no entendían el lenguaje… me dio bastante que pensar, y esas dudas son las que de momento me impiden enseñaros mi careto en una cata grabada…

Pero lo que me gustó es que también pude aprender de ellos y con ellos, a ver sus caras cuando les hablaba (alguno me había leído, pero la mayoría no) y tratar de palpar se esos mismos alumnos podrían interesarse tanto por el vino y otros líquidos como para dedicarse a ellos, del todo o en parte. Porque ese interés, el de los nuevos profesionales, por el vino, marcará el futuro del periodismo y la comunicación vinícola. Ese y el modo de transmitirlo a los lectores y consumidores.

No quiero enrollarme hablando de periodismo en un blog donde lo que trato es de contar historias y experiencias, pero me da que pensar, porque lo que siempre me pregunto cuando escribo mis líneas blogueras es si les interesará a los lectores y seguidores. Lo mismo que el vino.

Ya me he planteado alguna vez si hay una ruptura, un puente roto entre los que hablamos y los que escuchan sobre vino y destilados, y me temo que lo hay. Pero no puedo menos que ser optimista viendo a chicos como estos que están dispuestos a contar sus historias líquidas, que van conformando su estilo de trabajo al hablar de vinos y gastronomía, y que se enfrentan al reto de conquistar a los lectores. Porque ese es, y seguirá, siendo el reto. Con papel, con redes, con bytes o con su careto ante una cámara.

Aquí la directora del curso, Yanet Acosta, con @Pintxo (Daniel Martínez) y yo en el centro tras la clase

Aquí la directora del curso, Yanet Acosta, con @Pintxo (Daniel Martínez) y yo en el centro tras la clase

Etiquetas líquidas: dime cómo vistes y me imaginaré cómo sabes

Este fin de semana he salido a cenar con un amigo al que le gusta el vino tanto como a mí y con el que puedo tener conversaciones interesantes sobre él sin que se me duerma. El tipo, además de adorable, es un experto en marketing y muchas veces, por aquello de la deformación profesional, no evita fijarse en aspectos del vino relacionados con esta disciplina. Durante nuestro paseo y picoteo por Barcelona, entre bares de vinos por el Borne, mi amigo se fijó en algo que llamó su atención y que abrió una conversación nueva: la etiqueta y, en general, el vestido exterior de las botellas de vino, desde el nombre a la calidad del cristal y la etiqueta. Y lo mismo que ocurre con el vino, puede pasar con un whisky o una ginebra. ¿O no?

Porque no es lo mismo llevar Armani que Valentino, Hoss que Zara ni Lacoste que Primark, tampoco lo es que un vino se llame L’Equilibrista que Tetas de la Sacristana y que un whisky se llame Charles House que The Macallan. Quiero decir, no nos despierta la misma confianza ni nos habla igual de lo que puede haber dentro. Al menos a mí, y sobre todo cuando no conozco el líquido en cuestión.

Bonita etiqueta para este vino de garnacha, ¿no os parece?

Bonita etiqueta para este vino de garnacha, ¿no os parece?

Tetas de la Sacristana es un vino almeriense con un nombre, cuando menos, curioso.

Tetas de la Sacristana es un vino almeriense con un nombre, cuando menos, curioso.

Por partes: hablando de vinos, cuando mi amigo y yo llegamos a un bar para tapear y nos fijamos en los tres o cuatro vinos por copas que tenían, la verdad es que, no conociendo ninguno de ellos, nos fijamos más en el exterior a la hora de decidir, matizando, también, nuestra decisión en función de la zona de procedencia. Pero a lo que voy: entonces ninguno de los vinos nos dio “buen rollo” al principio y siguió sin dárnoslo cuando lo teníamos ya en la copa. La reflexión de mi amigo fue la siguiente: no me sorprende que este vino sea del montón porque tanto el diseño de la etiqueta como el nombre (que no diré porque como no me interesó demasiado no lo conservé en la memoria, acto que recomiendo para evitar la saturación mental de vinos y destilados que no nos gusten) hablan de poco esmero, un poco así, “bah, si como la gente no entiende y el vino no tiene pretensiones, tampoco las tengo yo con la etiqueta y la botella”. Pues estamos apañados, pensamos, ¿así quieren que bebamos más vino?

Lo más curioso, y fue algo que yo comentaba con mi amigo, es que cuando un vino ya lo conocemos y nos gusta, la etiqueta ya no tiene tanto poder de sugestión. Quiero decir, por ejemplo, que yo conozco ya el Castillo de Ygay de Marqués de Murrieta y me gusta bastante, pero si no lo llego a conocer, igual no sería mi primera opción ni por el nombre, ni por la etiqueta (que a mí, personalmente, no me entusiasma, aunque sí me gusta mucho el contenido). Y que si no conozco un vino como Tierra Fidel, que hacen unos amigos míos, igual sí lo elijo para una cena o me fijo en él porque la etiqueta, desde que la vi por primera vez, me encantó.

Me encantan ambos vinos, pero la etiqueta de la izquierda, si no lo conozco, me resulta rancieta (ojo, a mí, que para gustos...)

Me encantan ambos vinos, pero la etiqueta de la izquierda, si no lo conozco, me resulta rancieta (ojo, a mí, que para gustos...)

Lo mismo con los nombres: ¿O me diréis que cogéis antes una botella de Cojón de gato que una donde ponga Pago de los Capellanes? No, ¿verdad? Pues a eso voy. Y que conste que el nombre del primer vino tiene su justificación porque alude a la uva de la que procede…

Y exactamente igual con destilados. No es igual ver una botella como la del ron Elements Eight que la del canario Arehucas, independientemente de que luego al probarlos nuestra opinión cambie. Afortunadamente en el campo de los espirituosos el diseño, creo, se pone bastante las pilas y nos libra de engendros de los que el vino, aún, no se ha desecho. Engendros del embotellado y etiquetado, el “packaging” del que hablan los marketinianos, ojo.

No es lo mismo...

No es lo mismo...

Pero el líquido, amigos, también entra por los ojos, seduce como puede hacerlo un desconocido o una desconocida… y luego, ya se verá si por la conversación que tiene, o que le falta, decidimos descartarlo.

¿Qué opináis vosotros?

Para entreteneros un poco os dejo una serie de etiquetas que he encontrado navegando por ahí.

¡Indignaos!… Si os sirven mal el vino o el cóctel

Estos días he estado preparando un reportaje que saldrá en breve en la revista PlanetAVino (para muy aficionados al vino, que se puede comprar por Internet) y mientras lo hacía y buscaba documentación por La Red he encontrado las razones para escribir el post de hoy: la gente, cuando le sirven mal el vino o le ponen mal un cóctel, no suele protestar. Pues bien, cual sindicato del líquido, desde aquí os convoco: protestad, no os calléis, si el servicio en un bar o restaurante es deficiente.

Puede pasar que a muchos de vosotros no se os ocurra devolver un vino cuando este tiene algún defecto difícil de detectar para un bebedor no entendido. Normal, la duda os inundará y os preguntaréis si, simplemente, el vino elegido es un error. Pero de oler brettanomyces (palabro que cuelo a propósito para asustar) a devolver un vino al que le falta temperatura, por ejemplo, hay un tramo. Y para esto último no hace falta entender mucho de vino, sino simplemente querer que a uno le sirvan como Dios manda.

Vaso de tubo, un invento del infierno

Con el cóctel y los combinados pasa igual, aunque se ve menos. Pero un pecado habitual y que desde aquí reivindico que muera es el del dichoso e imposible vaso de tubo, infame instrumento que no sirve para nada y que, sin embargo, prolifera en un montón de barras de bar. Digo yo, ¿tan difícil es comprar un recipiente distinto? Ahora que está tan de moda el Gin&Tonic por favor, ¡protestad si os lo sirven en horribles tubos en los que, a poco que uno tenga la nariz grande (me encanta en los hombres) el desafortunado usuario ve alejarse su líquido mientras la napia solamente le alcanza hasta el hielo! Para esto, de nuevo, no hace falta entender, sino beber. Y protestad también cuando os sirvan las copas calientes. Lo ideal sería que tanto el destilado como el refresco de turno procedieran de la nevera pero perdonaremos, de momento, que los primeros estén a mano del camarero porque en algunos refrigeradores de bares sencillos “no hay sitio p’a tanta gente”. Pero el refresco, frío, que se agua si no el combinado.

Si se trata de un cóctel, cuidado con dónde lo tomáis porque no es lo mismo un profesional de esto, que tiene un nombre essstupendo, el de Bartender, que un camarero cualquiera que le da al grifo del mojito preparado sobre hielo “pilé” (que me gusta esa palabreja gala, oiga). Si veis que los mojitos son demasiado baratos, haceos a la idea de lo que os van a servir y aceptad que eso es lo que hay por ese precio. Pero si os cobran eso mismo a precio de cóctel de Gotarda, ¡protestad! O dejad de ir al sitio, que es otra solución.

Voy a enumerar algunos motivos de protesta para convocaros a cada uno a indignarse dignamente ante un camarero, mâitre o cualquier otro personal de hostelería que os sirva:

–          El vino está caliente: indignaos porque la temperatura de un vino no es la de la calle en mayo, por más tinto que sea. Y que os lo enfríen con una hielera que mezcle hielos y agua. O que os traigan un refresco, pero ese caldo, de vuelta a casa.

–          El vino huele raro: a humedad, a bayeta o agua sucia, a vino generoso (del que tienen las abuelas para la merienda) siendo un tinto del año… si el vino huele raro, aunque no sepáis identificar exactamente la razón, pedid otro o cambiaos de bar, pero no aceptéis el fraude. Y menos si la copa cuesta un riñón (que cuatro eurazos son cuatro eurazos).

–          La copa de vino… es un vaso: lo siento, pero no. El vino, aunque sea Txacoli, en copa, por favor. SIEMPRE.

–          El precio del vino es como pagar oro: cuidado con esto. Lo ideal si se desconoce el vino es esperar a conocerlo, o mirar otras referencias para contrastar. Más de tres o cuatro euros, pagadlos solo si sabéis con certeza que el vino y el servicio lo merecen.

–          El rosado tiene más años que tú: se sabe porque de rosado solo le queda el nombre y su color es monísimo para una tapicería de sofá. Indignaos.

–          El blanco fue blanco algún día: por lo mismo, lleva ni se sabe en a saber qué estantería. O puede pasar que pidáis un Rueda y os miren como si estuvieran viendo a Michael Jackson.

–          Pedís una Manzanilla y os preguntan: “¿la infusión?”. Fuera de ahí, sin indignarse ni nada. Simplemente HUÍD.

Bueno, estos son algunos de los motivos, pero os invito a participar y comentar más casos en los que no os hayáis quejado, o sí. Porque solo así meteremos caña a esos servicios nefastos que solo perjudican al consumidor… y a su propio sector. Indignaos ante ellos y protestad, que ahora es tiempo de cabreos y el ambiente propicio.

Este blanco, por ejemplo, está estupendamente servido. Y bien pagado, también sea dicho.

Este blanco, por ejemplo, está estupendamente servido. Y bien pagado, también sea dicho.

Música para entender el espíritu de Escocia, el alma del whisky

Hoy estoy en plan musical. Rebuscando entre mis archivos, he encontrado un par de vídeos que grabé durante una visita a una destilería escocesa en el corazón de las Highlands, llamada Glen Grant, aquí poco conocida pero con unos cuantos tesoritos líquidos que merecen la pena. Y me he puesto a pensar que quería compartir un poco de su espíritu, de cómo, tras viajar más de una vez al paraíso del whisky, he terminado por enamorarme de esa tierra y querer volver todo el rato.

Los vídeos que voy a colgar son de música, así que no esperéis ver ni catas ni colores ambarinos ni alambiques. Quiero que disfrutéis un poco con unos gaiteros cachondos que actuaron para nosotros durante el aniversario de la destilería Glen Grant en 2008, que recomiendo conocer a todo el que haga un poco de whisky turismo o se pueda escapar desde Edimburgo hacia el norte, hasta la localidad de Rothes. Además de ver los alambiques (cada destilería suele tenerlos diferentes porque de su forma depende la delicadeza o no de los alcoholes y los diferentes matices y personalidades que cada una quiere aportar a sus whiskies) se puede pasear en plan romántico (estamos al borde de un ataque de San Valentín, aunque hablando de whisky, queda mejor san Ballantine’s, jejeje, chiste malooooo) por sus espectaculares jardines.

Pero a lo que voy. Los músicos de los vídeos se llaman, atención, Red Hot Chilli Pipers, sí, así escrito, Pipers y no Peppers, porque son gaiteros. Y es que los escoceses son una gente simpática, con sentido del humor y capaces de reírse de su sombra, al menos es mi experiencia (sí que es verdad que yo me he movido entre whiskeros, y puede que tuvieran el espíritu un poco más alegre). Pero no es todo. Son ellos, la gente, y es el paisaje, que cautiva, salvaje, verde, a veces aterradoramente frío y solitario, pero siempre encantador. De ahí, de esa tierra, con ese clima, con esa gente, y con esas aguas, salen un montón de whiskies distintos que son de cata obligada si uno se pasa por Escocia. Aunque no le guste el whisky de primeras, seguro que encuentra uno que, hmmm, no le resulte tan desagradable.

No voy a hacer un recorrido turístico ni me voy a adentrar hoy en las particularidades del whisky, de los whiskies escoceses, que ya he dicho que hay un montón. Quiero compartir unas pequeñas gotas de disfrute y sí, ya que estamos, enseñar, al que no lo sepa, cómo se brinda en Escocia: Slaintheva!!!!

Espectaculares, ¿no? esto se escucha con un buen malta en la mano, claro…

*Tengo que decir que no es música tradicional escocesa, para cantar el Auld Lang Syne ya tendremos otros días, ¿no?

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