RaqueLíquida

El mundo líquido… desde mis zapatos

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Ida de pelota en la Champagne

El número de diciembre de la revista Ling publica un artículo que firmo yo sobre cómo un caballo de carreras devorador de alcachofas ayudó a que Roederer y su Cristal triunfaran en América tras la pérdida del mercado ruso. Os lo pego aquí, por si os interesa. ¡Y el resto de contenidos de Ling, que es una revista divertidísima y muy bien hecha!

Krug Grande Cuvée, mi burbuja especial en el 8 de marzo

Hoy voy a dejar que sea una mujer especial y difícil de encontrar por España, Maggie Henríquez, la que os cuente algo sobre el champagne. Maggie es venezolana, habla a la perfección tres idiomas y desde hace cuatro años está al frente de unas de las más prestigiosas casas de champagne, Krug. Además del prestigio, Krug tiene para mí algo muy especial, y es que me encanta su sabor, sobre todo el de su vino estrella, la Grande Cuvée. Aprovecho para felicitar el día a todas las Grandes Mujeres y a los Grandes Hombres que las acompañan. Buen 8 de marzo.

Es uno de mis champagnes favoritos, aunque es un artículo de lujo que no está al alcance de todo el mundo. Se elabora con las tres uvas más utilizadas de la Champagne, Pinot Noir, Pinot Meunier y Chardonnay (las dos primeras, tintas) y para mí lo más especial que tiene es la cantidad de aromas y sabores que encierra una botella, es de esos vinos con los que puedes hablar.

Además, hacer un champagne como la Grande Cuvée es un trabajo delicadísimo que requiere, sobre todo, tiempo y memoria. Tiempo para que los vinos con los que se hace envejezcan durante años, y memoria para mezclarlos cada cosecha con vino del año y hacer, siempre, siempre, un producto exactamente igual, con el mismo sabor, reconocible incluso a ciegas.

Pero mejor que lo cuente Maggie:

Fijaos en que señala que “cada parcela se convierte en un vino y se decide después qué hacer con ese vino”, porque los maestros de cava, o chefs de cave que se dice por allí, catan los vinos una vez hechos y deciden si los mezclarán como vino del año o irán a formar parte de la reserva de 150 vinos diferentes que se guardan en las cavas de Krug.

Disfrutad de sus palabras, a Maggie un periodista le colocó el sobrenombre de “la Salma Hayek” de la Champagne, puesto que es la única mujer en años, y la única hispana posiblemente en toda la historia de esta región, que está al frente de una maison.

Ah, si me preguntarais con qué lo acompañaría, sin duda os diría que con unos zapatos de tacón de Christian Loboutin y un vestido de seda para pasar una velada realmente especial, de las que quedan en la memoria. Me ha quedado un post muy femenino, ¿no?

Otra de mis pasiones son los zapatos, así que me atrevo a proponer esta combinación ideal, Loboutin y Krug

Otra de mis pasiones son los zapatos, así que me atrevo a proponer esta combinación ideal, Loboutin y Krug

“Jamás lo toco, a menos que tenga sed” Lilly Bollinger

Lo primero que quiero ahora mismo es pedir disculpas porque a los suscriptores os habrán llegado notificaciones de publicacionsin haber nada escrito. Estaba trasteando para publicar la cita del título y he visto unos duendes que han empezado a jugarme estas pasadas. Lo lamento, de verdad, y voy a averiguar qué es lo que ha ocurrido.

Pero ahora os invito a reflexionar con esta estupenda ocurrencia de una de las grandes damas del Champagne (hubo unas cuantas, y las sigue habiendo) que enviudó de Jacques Bollanger, el hijo del fundador de la casa, y fue una de las más activas promotoras del este espumoso, hoy el más famoso del mundo. Para que luego digan que el vino es solo cosa de hombres. A Madame Bollinger se la conoce, además, por decir esto del champagne, algo que secundo enormemente y que animo a practicar a quien la crisis no le haya dejado sin posibles (haciendo un juego de palabras algo macabro, diría que a quien la coyuntura económica no le haya dejado sin “liquidez”). Ahí va la frase, disfrutadla, asimiladla, aprendedla y aplicadla a otros vinos que os gusten. Ah, y perdonadme por mi error cibernético y por no haber escrito mucho esta semana. Prometo redimirme, en serio, me gusta contar cosas desde aquí. Ahí va la frase:

“Lo bebo cuando estoy feliz y cuando estoy triste. A veces lo bebo cuando estoy sola. Cuando estoy acompañada lo considero obligatorio. Como con él si no tengo hambre y lo bebo cuando sí la tengo. En cualquier otro caso no lo bebo, a menos que tenga sed.”

Este angelito, que está en la catedral de Reims, entiende a la perfección lo que dice Madame Bollinger

Este angelito, que está en la catedral de Reims, entiende a la perfección lo que dice Madame Bollinger

 

Burbujas de champagne para el sexo

El otro día coincidí con Javier, un amigo del trabajo, tomando un cóctel. Como esto de las copas y la sensación de dar por concluida la jornada laboral se parece, en ocasiones, a una inyección de euforia y buen humor, nos pusimos a hablar de tonterías. Y entre esas tonterías se nos ocurrió hablar de champagne, ese líquido dorado y delicioso que hace más bellas a las mujeres (yo añadiría que también a los hombres, dependiendo de las copas que te tomes).

Y pensamos, al ir recordándonos el uno al otro si habíamos probado éste o aquél, que el champagne es sensual, sexy por naturaleza.

Asociado al brindis y a las celebraciones, es mucho más, y por ahí discurrió nuestra conversación, charlando de esos momentos donde el champagne ilumina alguna de nuestras veladas.

Claro, tras el trabajo, un asunto recurrente de conversación es el sexo, y ahí que fuimos a parar. No me refiero a que entre nosotros tuviéramos sexo, sino a que comenzamos a hablar de él. Y de champagne. Todo junto. Champagne y sexo. Se nos ocurrieron ideas descabelladas como la de elegir un champagne brut para jugar en la cama, a beber del otro, a derramárselo por encima. Yo le decía: “sí, pero tendríamos que tener a mano una botella para el juego y otra para bebérnosla”, y él respondía “es verdad, porque a mí me daría pena derramar según qué champagne en el cuerpo de mi amante, por más que luego bebiera de ella… ¿te imaginas derramar una Grande Cuvée de Krug o un Cristal de Roederer sobre tu amante?” “Noooo!” contesté yo, horrorizada, “¡esa copa siempre me la bebería!”. Sí, esa sí, pero, entonces, habría que buscar otro champagne para derramarse el uno al otro. Y claro, nos pusimos a pensar, como tontos, en uno que nos gustara lo suficiente como para beberlo de la piel de otro, pero no tanto tanto como para lamentar cada gota que se quedara adherida a ella…

No llegamos a ninguna conclusión, claro, porque cada uno tiene su burbuja favorita, un champagne con el que beber y beberse al otro.

Fue una conversación trivial, pero ambos nos pusimos a pensar, y me da en la nariz que se nos ocurrieron unos cuantos juegos burbujeantes. ¿A vosotros no?

El Champagne es sensual por naturaleza, imaginad la de sensualidad que hay en este carro!

Champagne y sexo forman una combinación que yo, sinceramente, no me perdería compartir con alguien que me gusta.

Mismas burbujas, distinto vino (o por qué el champagne no es cava y al revés)

Sé que puede parecer una gafotada (esta palabra me la acabo de inventar, sustituyámosla por esnobismo), pero me sigue ocurriendo: se me erizan los pelos (a escondidas, eso sí) cuando oigo que alguien confunde el champagne (o champán) con el cava.

Así que hoy me hadado por garabatear unas líneas didácticas para el que quiera leerlas y no confundirlos nunca más, a no ser en una cata a ciegas (que puede pasar, doy fe, a pesar de que haya quien asegure que siempre distingue uno de otro).

Primero: el cava es ESPAÑOL, exclusivamente, ya sea de Cataluña, La Rioja, Aragón, Navarra, Extremadura o Valencia, y el champagne es FRANCÉS, gabacho, franchute, fanfarrón… lo que se quiera, pero es reiterativo decir “una copita de champagne francés” porque, si es auténtico champagne, es de Francia seguro. Concretamente, de la región que le da nombre, situada al norte de París.

Esto es champagne: Francia, uvas tintas y chardonnay...

Segundo: las uvas con las que se elabora uno y otro también son distintas. Sin ir más lejos, el cava blanco (no el rosado) suele elaborarse con tres uvas que son las que le dan una personalidad propia. Se llaman Xarel·lo, Macabeo y Parellada, que son uvas blancas autóctonas de Cataluña y de ellas sale un vino espumoso… blanco. Sin embargo, dos de las tres uvas con las que se elabora casi todo el champagne son tintas. Sus nombres: Pinot Noir y Pinot Meunier. La tercera, que es una uva muy conocida no solo por el champagne sino porque se ven vinos por todas partes que la contienen, se llama Chardonnay, y de ella se obtienen unos vinos blancos excelentes, además de un tipo de champagne que se llama “blanc de blancs”. Este nombre es literal, blanco de blancos, y hace referencia a la uva blanca con la que se elabora, para distinguirlo de otros champagnes, también blancos de color, pero elaborados con la participación de uvas tintas. El champagne blanco es blanco aunque proceda de uvas tintas por una razón: el  mosto, a diferencia de lo que ocurre cuando se elaboran vinos tintos, no está en contacto con las pieles porque no se macera con ellas. Estos hollejos son los que dan color, entre otros aportes, al vino que, una vez fermentado primero en el depósito o la barrica y después en la botella, será champagne.

Ambos, eso sí, comparten el método de elaboración, pero no voy a profundizar hoy en eso.

Hay más diferencias, pero estas dos son las fundamentales y esenciales para entender por qué un  cava es un cava y no es champagne y al revés: el terroir o terreno de donde procede cada vino y las uvas con las que se elabora. Sobre todo el primero (el cava introduce de vez en cuando uvas como la Chardonnay o la Pinot Noir en sus mezclas), el terreno, marca una diferencia fundamental que después, ya al probar uno u otro espumoso, francés o español, se nota tanto en los aromas como en el paladar.

..Y esto es cava: España, uvas blancas como la Xarel·lo

Después de conocer esto, uno puede meterse en berenjenales más complicados: la burbuja, la acidez, el toque mineral, la elegancia… Y empezar a preferir uno u otro. A mí me gustan los dos, he probado cavas y champagnes excelentes y los disfruto tanto en aperitivos como con comidas enteras (¿se puede comer con cava? Sí. ¿Y con champagne? También, señores, también).

No son lo mismo, los dos tienen burbujas, sí, pero dentro de la copa cada uno habla un idioma.

Mari… qué?

Hoy, después de haber moqueteado por el Salón del Gourmet esta semana, voy a meterme un poquito con el maridaje. Sí, esa tendencia, llámese como se quiera, de armonizar con más o menos éxito el vino, el destilado, la cerveza… con la comida. En pocas palabras, eso sí, porque el asunto tiene cuerda para mucho más que un post.

Lo primero que diré es que me encanta jugar al maridaje. Y digo jugar porque es lo que me parece, un juego divertido, de sensaciones y de opiniones muchas veces contrapuestas. El otro día estuve experimentando maridajes de brandy con quesos, probando un montón de variedades de quesos y examinando las sensaciones al probar, inmediatamente después, un poquito de brandy (poco, que son 40 grados de alcohol). Es curioso cómo el tacto del queso en el paladar se convierte en algo distinto al probar el brandy, y cómo el sabor de ambos cambia. Ahí está el encanto del maridaje, en la intriga de si combinar líquido y sólido puede dar como resultado éxito, fracaso absoluto o dejarnos igual.

Otra experiencia muy común es la del vino y el queso, que de toda la vida se dice que combinan bien, aunque yo discrepo: hay algunos vinos que acompañan bien a algunos quesos, y al revés, pero eso de hablar en general es un poco arriesgado tratándose de dos alimentos tan complejos y con tanta variedad. Por ejemplo, un Stilton, un maravilloso queso azul inglés, puede ir fenomenal con un Oporto, como ha ido siempre, pero puede chocar de frente con un vino blanco de mucha acidez (algún albariño, un vino de chardonnay), que haga el bocado algo insoportable. Otro ejemplo: a mí, la sensación que me dio probar un queso llamado Brie de Meaux con un champagne fue de absoluta indiferencia, uno y otro no “conversaban”, faltaba sinergia…

Y sin embargo, a lo que voy es a que animar a la gente a experimentar, sin miedo, a jugar con los gustos y aromas. No hace falta entender ni de una cosa, ni de la otra, ni ser un chef estrellado, ni un experimentado catador de sólidos o líquidos. Estoy convencida de que la experiencia gastronómica será placentera. Eso sí, hay algunas pautas que no viene mal tener en cuenta, aunque también estaría bien que, en lugar de creeros lo que digo, juzguéis por vosotros mismos:

¿Vino tinto con patatas fritas o gambas? puede que sí, puede que no…

–          Normalmente el picante y las comidas muy condimentadas suelen ser muy potentes, por lo que, de atrevernos a buscar vinos para combinar, mejor vinos con mucho carácter: nuestros jereces (hay combinaciones sorprendentes), oportos portugueses, o esas rarísimas y estupendas joyas alicantinas, los fondillones. A probar se ha dicho. Y si no se quiere vino, hay expertos que recomiendan mejor la cerveza en estos casos.

–          No hay reglas estrictas, los entendidos hablan de armonías por contraste o por analogía, pero la realidad es encontrar que combinando el líquido y el sólido en la boca sale un sabor diferente, mejor que el de cada uno por separado.

–          Y tampoco hay que dar nada por sentado, la teoría se puede desmontar con la práctica. Leer en la etiqueta de un vino que sabe a tal o cual no sirve, hay que probar, cada plato sabe distinto según quién lo cocina, cada vino es distinto según cómo lo tomemos.

–          Por supuesto, también hay que tener claro que el éxito, como el fracaso, no está asegurado, por eso es tan emocionante esto de “maridar”, que al final es combinar, y que si se hace con amigos, compartiendo sensaciones, puede ser un juego de lo más divertido.

*Hoy quiero recordar a Gaspar Rey, un colega que se ha embarcado en un maridaje más allá de las estrellas. Hasta siempre, Gaspar.


*Me cambio de casa, lo celebro con…

Llega el buen tiempo, la primavera, las horas de sol, la alegría, la intensidad en todo… también en los sentimientos.

Es cuando si estamos locos nos volvemos más y si estamos enamorados sentimos más fuerte. Es momento de dar pasos adelante, de cambiar de trabajo o de vida, de cambiar de casa y en lugar de dos, pagar un solo alquiler, compartir cama y dar un beso de buenas noches… Para todo esto, también hay buenos vinos con los que acompañarse y multiplicar el disfrute.

La mudanza, cuando uno se va a vivir con la persona que ama, es el principio de construir una vida y merece la mejor de las celebraciones. Pero “a pie de obra” es divertido involucrar a amigos que pringuen con algunas tareas (subir el sofá por las escaleras, echar una manita con la pintura de las habitaciones, pintar las cajas con rotulador para no confundirlas…) y después dedicarse el momento “afterwork” a tomar un vinito con el que celebrar el “gran cambio”. Con todo por medio, con una pizza y con un montón de cosas por hacer, hay que brindar por la nueva vida. ¿Con qué? pues teniendo en cuenta que después, o al día siguiente, hay que seguir con la mudanza, con moderación, sin duda. Pero se me ocurre un tinto sedoso y elegante, aunque no demasiado potente, quizá un roble de Ribera del Duero, o aventurarse a probar un tinto andaluz de Ronda, por ejemplo, o de Cádiz, elaborado con una magnífica Syrah. Son dos vinos distintos, eso sí, pero se trata de pasar un rato agradable con la cinta al pelo y la brocha casi en la mano…

Después, cuando ya hemos montado la nueva casita, llega la ocasión, o mejor dicho, LA OCASIÓN, en la que invitamos a los colegas, ya limpitos, a cenar para agradecerles que estuvieran ahí deslomándose por nosotros. Es entonces cuando deberían aparecer las burbujas. Eso sí, al principio y no al final de la recepción, que ya que hemos currado nos merecemos empezar la velada en alto. ¿Qué tomamos entonces? pues como estamos en España y los hay muy ricos, cava, catalán de Sant Sadurní, y como la ocasión es especial, un Gran Reserva, con al menos 30 meses (¿acaso nuestro proyecto no es para toda la vida, al menos en intención?) de crianza en botella, complejo, delicioso, elegante y repleto de finura. Además, con un ejemplar de este tipo y una cena que no consista en carnes rojas muy elaboradas, se puede continuar toda la velada, si se quiere, y experimentar con las combinaciones de sabores.

 

El champagne (el de la foto es un tanto inaccesible, pero hay más Krugs deliciosos y otras opciones excelentes para inaugurar una nueva vida) es siempre una buena idea.

Otra opción. Es un gran día, podemos hacer una concesión al país vecino y deleitar a los amigos con un champagne, de burbuja fina y constante, sabores ligeramente tostados, alegre y que como se cuenta que dijo Madame Pompadour, capaz “de hacer más bellas a las mujeres”. Me apunto a semejante tratamiento de belleza, pero además el champagne es una excelente elección para celebrar, incluso aunque no haya nada que celebrar aparte de haber abierto una botella…

Y después de la inauguración, la cena, los amigos y el brindis… a vivir, a empezar, a inventar ocasiones para brindar de nuevo.

*Este post se lo dedico a Elena, que se acaba de cambiar de casa 😉

Krug Clos D’Ambonnay 1996, del jardín a la copa

Hoy toca una de burbujas. A continuación dejo un artículo que publiqué en Robb Report España sobre la nueva añada de uno de los champagnes más exclusivos del mundo, el Clos D’Ambonnay de Krug, la antítesis de la filosofía de esta casa cuya maestría reside en la mezcla de vinos del año y vinos de reserva. Este champagne, del que solo se elaboran 17 mini barricas, que es lo que da de sí un jardín (clos) de poco más de media hectárea, es la expresión de un pago único, de una sola añada, y de un solo tipo de uva, la tinta Pinot Noir, que se convierte en joya con burbujas en el exclusivísimo Clos D’Ambonnay. Aunque está al alcance de muy pocos, no está de más saber que se  hacen productos de este tipo para conservar el prestigio de las casas. Que lo disfutéis.

El Clos d’Ambonnay es un escenario que se abre al campo de Ambonnay, un pequeño pueblecito situado al sudeste de la Montagne de Reims. Está vallado, como un jardín cuya muralla de piedra resguarda las 0,685 hectáreas de un viñedo que enamoró a los Krug desde el primer momento: esta parcela tenía un carácter espectacular frente a las otras, y ya se contaba con la experiencia de su otro champagne de terroir, el Clos du Mesnil, un blanc de blancs que se convirtió en leyenda por ser el primer Krug que se elaboró de una sola parcela, de una sola variedad (Chardonnay), y de un solo año.

Clos d’Ambonnay comenzó en secreto incluso para los de la casa. El director de la maison, Olivier Krug, empezó a hablar de este “bebé” en clave, para que nadie se enterara de lo que tramaba. En 1995 se elaboró la primera añada, que salió al mercado en 2008.

El 96 no es una novedad, pero es el principio de una leyenda: ha sido la última añada en la que han intervenido tres generaciones de la familia Krug: Olivier, su padre y su tío, Henri y Remy y su abuelo, Paul. Una cosecha mítica en la Champagne, que en Krug se comparó con 1928, la que se recuerda como la mejor añada de la región.

Tan solo 17 barricas salen a la luz de esta pequeñísima parcela, cuya añada fundacional, 95, se comercializó con un precio de 2.300 euros y que este año se prevé que sea algo menor. Pero no es cuestión de calidad, pues, comenta Olivier, “cuando hacemos Krug hacemos perfección, por eso ninguna añada es mejor que otra”.

Se trata de una exquisita rareza de la "maison" Krug, junto a su otro champagne de finca, Clos De Mesnil

Se trata de una exquisita rareza de la "maison" Krug

 

Clos D’Ambonnay 1996 es de color dorado brillante. En nariz aparecen notas de bollería, fruta roja, toques minerales, toffee y pétalos de rosa. Tiene la frescura propia del estilo Krug, pero muestra una fuerte personalidad y la expresión del terroir. En boca muestra sabores a fruta madura y frutos secos. Es vivaz, potente y largo.

Quienes beban este Clos D’Ambonnay serán unos pocos amantes de la marca, clientes conocidos y coleccionistas de botellas de Krug con los que la casa mantiene una relación de fidelidad mutua, y que algunos conservan en su bodega cosechas que ni siquiera la maison tiene ya en su reserva. ¿Será usted uno de los afortunados?

De la liturgia a la lujuria

Este artículo, publicado por mí en Ling de noviembre, narra una apasionante historia, la de un vino que nació en una abadía y se hizo inmortal en la corte más libertina del mundo. Es la historia del lujurioso champagne.

El champagne moderno, tal y como lo conocemos hoy, con sus burbujas constantes ascendiendo por la copa y la sensualidad y glamour con el que se asocia a este vino francés, tiene su origen en una abadía benedictina, donde la disciplina, el trabajo y el sacrificio regían la vida de los monjes. Nada hacía presagiar entonces que lo que fue un vino monacal acabaría siendo el líquido de la lujuria y el placer por excelencia.

Es el año 1668. El joven monje Pierre Pérignon llega a la abadía de Hautvillers, en plena región de Champagne, y allí se le encomiendan las labores de tesorero y custodio de la bodega. Se pone manos a la obra y hace restaurar la abadía y revitalizar y recuperar terrenos que pertenecían a los religiosos. Establece nuevos contratos de arrendamiento con los agricultores e instaura de nuevo el diezmo.

En los 47 años que se mantuvo al frente de la abadía, Dom Pérignon aumentó las tierras en manos del monasterio hasta diez veces más de lo que tenían sus propietarios vecinos. Su laboriosidad y meticulosidad estaban muy lejos de la frivolidad y el ansia de placer de la corte del Rey Sol y de su bisnieto y sucesor, el “bien amado” Luis XV. Pero ambos mundos, monacal y cortesano, con todo lo que este trajo consigo, se unieron gracias al vino del monje. Por primera vez en la Historia, el nombre propio del autor de un vino prevalecía sobre el terreno de donde procedía: Dom Pérignon es hoy un vino, un hombre y una leyenda.

Dom Péringon
En esta carta, el abad ya intuía lo que tenía entre manos, el “mejor vino del mundo”

Pierre Pérignon era un hombre con inquietudes, observador, sin miedo a experimentar y con habilidades innatas. El monje puso orden en el campo y en el abastecimiento de uvas en su región y comenzó a hacer cambios que darían lugar a lo que hoy los entendidos llaman el método tradicional o champenoise para elaborar este inmortal espumoso.

Hasta los años de Dom Pérignon, los vinos de la Champagne eran tintos y, aunque existían algunos llamados “vinos grises” que sí eran blancos, les faltaba un “no sé qué”. El monje supo buscarlo y… lo encontró. Cuenta la leyenda que se hallaba en la bodega cuando escuchó que una botella de los vinos que se elaboraban en la abadía estalló. Curioso, se acercó, probó el vino y exclamó: “ Venid, hermanos, ¡estoy bebiendo estrellas!” …Y el resto es historia. El Champagne tal y como lo conocemos hoy había empezado a gestarse en las sacras profundidades de un monasterio y esas “estrellas” no eran sino las burbujas sin las que no se concibe hoy ese mito, ese vino codiciado y apreciado en todo el mundo, y cuyos viñedos hoy se cotizan a millón de euros la hectárea.

El monje descubrió que la botella había estallado por la segunda fermentación del vino en su interior, y que el producto resultante era como beberse el cielo. Desde entonces, comenzó a averiguar cómo provocar esta reacción del vino sin que los tapones saltaran y las “estrellas” se mantuvieran en la botella.

Y de ahí, a la Corte, por medio de los proveedores reales, gracias a los cuales los monarcas y cortesanos conocieron el vino de champagne y lo adoraron. Lo bebían en sus fiestas, donde todo era brillo y esplendor, y oían sin parar el sonido que provoca descorchar una botella tras otra. Su fama fue creciendo y desde entonces no ha parado, llegando a los zares, reyes británicos, millonarios y jeques y cruzando el Atlántico para, desde otro reino, el del Hollywood de los 50 y 60, alcanzar la inmortalidad.

Dom Pérignon quiso construir un reino de Dios en la tierra y, en cierto modo, gracias a su “vino con estrellas”, lo consiguió.

El Champagne también es cosa de ellas

Desde que Madame Pompadour, amante de Luis XV, dijo aquello de “el champagne es la única bebida que hace más bellas a las mujeres después de beberlo”, muchas han sido las féminas que han intervenido, para bien, en la historia del espumoso francés. La primera fue Nicole Barbe Ponsardin, más conocida como la Veuve Clicquot, una mujer de armas tomar que se encargó del negocio familiar de su marido y lo revolucionó. Compró terrenos que hoy son de la mayor calidad, puso etiquetas a las botellas y se inventó el pupitre para colocarlas bocabajo en la cava y provocar que los sedimentos se acumulen en el gollete, para lograr un vino brillante y limpio.

Madame Pompadour
Madame Pompadour

Tras ella, la “Tía Lily” Bollinger, quien dirigió esta prestigiosa maison durante 30 años y la llevó hasta el éxito; o la también viuda Camille Olry- Roederer, quien durante su gestión en la casa madre del codiciado champagne Cristal fue capaz de hacer que el negocio sobreviviera a la Depresión primero y a la Segunda Guerra Mundial después. Ella hizo de Roederer uno de los champagnes más prestigiosos y gracias a sus compras de terrenos la casa hoy es la que más porcentaje de viñedos propios posee de toda la región.

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