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El cuento del crítico de vinos

Hoy un terrible dolor en el cuello me está impidiendo, además de pensar con claridad, escribir con algo de ironía (que es lo que me pone) y tratar de hacer un texto mínimamente interesante. Por eso voy a colgar un cuento que escribí para el fanzine EnCrudo y que lleva el mismo título del post. Aunque está inspirado en la cruda realidad, no está basado en ningún crítico real, ni español, ni extranjero. Lo escribí en un momento de cabreo y los canallas de Yanet Acosta y Jacobo Gavira aceptaron publicarlo. Si no habéis tenido la suerte de que uno de los números de EnCrudo pase por vuestras manos, aguardad, porque llegará, pero mientras os dejo este extracto que firmo. Es uno de mis escarceos con la ficción que, como digo, tiene mucho de realidad, pero que no deja de ser eso, un cuento. Espero que os guste.

Repito, cualquier parecido con personajes y comportamientos reales es pura coincidencia

Repito, cualquier parecido con personajes y comportamientos reales es pura coincidencia

Acababa de leer en la pantalla de su portátil la crítica que le había costado días escribir. Días en los que su conciencia zigzagueaba entre ofrecer un comentario sincero sobre ese vino que no tenía defectos, pero tampoco alma, o ceder a las presiones de ese consorcio formado por el poderoso grupo bodeguero que le había enviado el vino y la nota “para ser catado en su revista” y el distribuidor que, puntualmente, contrataba en ella una considerable suma en publicidad.

Y, como quien no quiere la cosa, comenzó a retroceder en su memoria hasta la época en la que se hizo crítico de vino. Le encantaba, y pensaba en ofrecer a los lectores una forma fácil de escoger los vinos con su sistema de puntuación. Más puntos, mejor vino, de una forma similar a lo que hacen los de cine con los estrenos y esas estrellitas que definen de un vistazo la calidad de una película. Pero jamás pensó que ese procedimiento, sencillo e inocente, sería la semilla de la complicación en la que se había convertido ahora su trabajo.

Cuando empezó a hacerlo, la gente, ávida de orientación para elegir un vino u otro en función de su calidad y sin tener que esforzarse en saber mucho sobre él, comenzó a tener más y más interés en sus críticas. Sus puntos se convirtieron en una referencia para entender de un vistazo si se debía o no comprar un vino. Pero aquel sistema pensado para los lectores encendió también las bombillas de los distribuidores y bodegueros: cuanto mejores fueran las puntuaciones, más cantidad de esos vinos se venderían. Porque, efectivamente, así era. Con el éxito de su sistema vio que los vinos que más alto puntuaba vendían todos sus lotes y se convertían en objetos de deseo, buscados y preferidos en las tiendas y en las cartas de los restaurantes.

Los distribuidores comenzaron a frotarse las manos y a utilizar los puntos del crítico como herramienta para vender sus vinos y aumentando los precios de los mejor calificados. Esa sobre todas las demás. Sobre la autenticidad del vino, sobre su procedencia, sobre el clima privilegiado que ese año había obrado maravillas en ese líquido. Puntos, solo veían puntos.

La bola se hizo cada vez mayor y el éxito del crítico no paraba de aumentar, casi al mismo ritmo que lo hacía su autoconfianza, su ego y la distancia que lo separaba de aquella idea inicial de simplificar el mensaje del vino. Empezó a verse a sí mismo, gracias a los halagos del sector, como una suerte de deidad, capaz de hacer y deshacer, de mandar a un vino al cielo de las ventas y el éxito o al infierno del ostracismo y la parte baja de las estanterías.

Aun así, ante los demás se disfrazaba de “un humilde crítico independiente” y quitaba importancia a su influencia en los precios y la demanda. No se lo creía ni él. Las bodegas buscaban su simpatía en forma de contratos publicitarios, una especie de llave para abrirse las puertas de las altas puntuaciones, de la publicación… del mercado. Si llega a anticiparse a su éxito, hubiera elegido otra forma de financiación, pero la parte del pastel ahora era demasiado golosa. Sin darse cuenta, poco a poco sus puntuaciones se fueron alejando de su verdadera opinión para ser intermediarias invisibles (o al menos eso esperaba) de la facturación de sus clientes. Pero era demasiado tarde para echarse atrás, cada vez más ese círculo de poder que lo cercaba iba encorsetando su opinión… y el crítico dejó de serlo para convertirse en una marioneta de sus clientes. ¿Cómo narices había llegado hasta ahí? Se preguntó.

De repente, como si despertara de un sueño, movió la cabeza para recuperar una consciencia abandonada años atrás. Él no era marioneta de nadie, su credibilidad se había forjado a base de trabajo, de viajes y de charlas con las gentes del vino. No podía dejar que su voz se alquilara por unas cuantas páginas que, lo sabía, serían pan para hoy. En las redes y en algunos foros empezaba a sonar su nombre cuando se hablaba de crítica interesada, desvinculada de los gustos de la gente. Cuando leyó por primera vez esos comentarios, se dijo a sí mismo con suficiencia que esa gente no estaba a su nivel, que no entendía nada. Pero desestimó el poder de las minorías y hubo quien le escribió para decirle que no confiaba en él para puntuar sus vinos. Esas minorías habían soltado la liebre del engaño.

¡Soy un fraude! ¡Un fraude! Se dijo, y su despertar fue poco a poco haciéndole daño, un dolor casi físico, el que provoca el mundo de uno cuando se le desmorona encima. Pero ¿y si paro? ¿De qué voy a mantener mis publicaciones? ¿Estoy a tiempo de salvar mi reputación?

Miró la crítica, la releyó, los puntos parecían de neón a sus ojos. El cursor parpadeaba como llamándole la atención: “sé valiente, dale a guardar y a vivir, que son dos días”. Y fue valiente.

El mismo día en que se publicó su lista de críticas sonó su teléfono. Era el propietario del vino sin alma: “¿Qué ha pasado con mi vino? He leído la lista unas diez veces y no lo he visto. Ha tenido que haber algún error al maquetarlo, ¿no es cierto?”. Tragó saliva, sabía lo que sus palabras iban a desencadenar, que tendría que buscar nuevas fórmulas para salir adelante, y contestó: “No, ningún error. El vino no alcanzó la puntuación mínima, porque no tenía suficiente calidad. Y, hasta ahora, yo tampoco la tenía”.

Sonrió.

Sed de ideas

Oigo por todas partes voces (no en plan el niño de El sexto sentido, sino voces reales) y leo en artículos de opinión que el periodismo vinícola y gastronómico está desmembrándose, que se acaba esa etapa en la que los colaboradores externos o redactores en asuntos enológicos y gastronómicos están condenados a la extinción. Una leve sonrisa escéptica asoma a mis comisuras.

Esta profesión, que no es sino periodismo como cualquier otro pero mucho más agradecido la mayor parte del tiempo para aquellos plumillas que disfrutan comiendo y bebiendo, visitando viñedos aunque caiga un sol a plomo o lluvia a cántaros y escuchando a los cocineros sus teorías y filosofías culinarias o a los bodegueros su concepto de bodega y elaboración (es mucho más, pero en esencia, esa es la parte más característica), es para el ajeno un caramelito delicioso que degustar sin esfuerzo, y para algún otro es una subcategoría con la que vivir de gorra casi todo el tiempo y, de vez en cuando, poner unas líneas favoreciendo a tal o cual vino o este o aquel restaurante.

Por eso, como le ocurre al periodismo en general, hay quien piensa que eso se puede hacer solo, que cualquiera puede escribir de lo que sea en una publicación si tiene los contactos necesarios y conoce algo el mundillo. Yo me río de eso, porque es justo lo contrario de lo que pienso yo.

Pero no me voy a poner catastrofista porque si no creyera en el periodismo gastronómico y vinícola real, honrado, con vocación de servicio público (sí, lo que leéis) y útil para los lectores no estaría empeñada en abrirme camino en él y en animar a seguir en la labor a muchos de mis compañeros. Tampoco escribiría este blog (que es mi herramienta para expresar cómo entiendo yo esta profesión, desde dentro) ni estaría dispuesta a participar en proyectos que, a primera vista, solo dan trabajo pero no ponen un plato de comida en mi mesa, ni siquiera me proporcionan un puesto en una velada canapera. ¿Y qué?

Como yo hay unos cuantos. Por eso no puedo, a pesar de que mi situación como periodista no me permite tener grandes lujos (buf, nada más lejos) dejar de apoyar todo lo que me parece que obedece a lo que no es una crisis tanto como un toque de atención para cambiar la situación (¿soy demasiado cándida? Pues lo seré, pero insisto). Si algo no funciona, como le pasa al consumo de vinos aquí en la piel de toro, quizá hay que plantearse por qué, y si el periodismo de vinos no gana bebedores de morapio, habrá que hacerse también la misma pregunta.

EnCrudo va de mano en mano... aquí lo tiene mi amiga Carmen

Por eso este blog, y por eso proyectos como el que se le ha ocurrido a Yanet Acosta (la autora de “El chef ha muerto” que recomendé en el post anterior) y Jacobo Gavira: un fanzine gastronómico canalla que se ha hecho como los de los años 60 o 70 con contribuciones desinteresadas y para distribuir libremente lo que también es cultura, la cultura enogastronómica. El fanzine se llama EnCrudo y está recorriendo países y manos para que quien quiera pueda leerlo, algo a lo que os animo desde aquí (y no solo porque yo haya participado y apoyado la iniciativa, es que creo que es una excelente idea que pone de manifiesto ese cambio del que hablo). Yo ya lo he leído y mi ejemplar pasará a manos de otros lectores hambrientos de diferencia. ¿A qué esperáis?

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