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El mundo líquido… desde mis zapatos

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Día de torrijas con vino

Hoy es Viernes Santo, día de procesiones en muchos sitios, y un día en el que en la mayoría del país hace mal tiempo, por lo que apetece, en lugar de salir a calarse a la calle, quedarse en casita tomando uno de los dulces más apetecibles de esta temporada: las torrijas.

Aunque a mí lo que realmente me encanta es el chocolate, las torrijas, una vez al año, me entusiasman, por efímeras, porque se toman ahora y uno puede olvidarse de ellas hasta la Pascua que viene y guardarlas en el recuerdo para volver a desearlas en cuanto empieza de nuevo la Semana Santa.

Las torrijas, en una de sus variantes (lo digo porque no siempre las he comido así) se pueden preparar con vino: leo en Internet un montón de recetas que recomiendan incluir vino, desde moscateles a vino dulce de Málaga, y conozco a un señor que las prepara desde hace muchos años con vino de Pedro Ximénez, ese dulce de Jerez que es típico en los postres y que suele incluirse también, en reducción, junto a los platos de foie gras.

Pero en lugar de recomendar una receta más o menos ortodoxa de torrijas con vino, lo que quiero proponer a quien le apetezca (como siempre, esto es opcional para el lector) es una armonía de torrijas con vino, aprovechando que la semana pasada ya hablé un poco del juego de sensaciones que para mí supone el maridaje.

En vez de proponer una armonía fácil como puede ser, precisamente, acompañar las torrijas, con ese toque de canela y almíbar, dulces y sabrosas, con un vino dulce entre los muchísimos que tenemos en España y fuera (maravillosos Tokajs húngaros o Sauternes franceses podrían aportar un toque original en el paladar, aunque igual chocaban un poco sus notas cítricas… juguemos, siempre), prefiero animar a que, después de una comida en la que hayamos abierto un vino tinto (incluso hoy que los católicos no comen carne se puede comer un buen pescado azul o de roca acompañado con un tinto, que no es tan raro y puede ser toda una sorpresa) dejemos una pequeña cantidad en la copa para el momento de las torrijas como postre.

Pienso en un vino tinto carnoso y potente, con crianza en barrica, un vino de Toro, de Ribera del Duero, Montsant o Priorato, buscando notas de cacaos, de canela, de vainillas suaves y una fruta madura que pueden hacer de las torrijas un exquisito bocado glorioso. Me encanta dejar un poco de mi vino tinto (si me ha gustado durante la comida) en la copa para acompañarlo con el postre, pero pienso en este dulce tan típico de la Semana Santa y no puedo por menos que animar a experimentar… total, si no es un bocado satisfactorio, tampoco se habrá desaprovechado mucho vino….

Buen provecho, y felices pascuas.

René Barbier, el Mogador con nombre propio

Este perfil se refiere a uno de los enólogos o “winemakers” más importantes de la historia del vino español: René Barbier, un artífice de grandes vinos y padre de lo que hoy es el Priorat. Gracias a él y a sus compañeros esta región catalana pasó de ser una tierra de vinos rudos a una prestigiosa denominación de origen con marcas como el carísimo L’Ermita, Mas Perinet (el vino de Serrat) o Clos Mogador, el vino más famoso de René. Espero que su historia os entretenga porque es una historia de pasión por lo que hace.

(Extracto del artículo “Vinosaurios” publicado en la revista PlanetAVino)

Este hippie eterno es el vinosaurio que ha dejado, y sigue dejando, una de las huellas más profundas que los historiadores encontrarán en el Priorato. Ligado desde siempre a esta comarca repleta de contrastes, René, que a sí mismo se considera un “fruto del 68”, encuentra aquí su hábitat natural. Y el tiempo, como sus vinos, le da la razón.

Originario de Tarragona, ya conocía Gratallops antes de trasladarse allí, donde ahora se ubica su bodega de Clos Mogador, y ya entonces esta tierra comenzó a seducirle. Pero en los 80, el Priorato era otra cosa, los vinos de aquí “no los quería nadie”, recuerda.

Barbier encabeza al grupo de “locos” que se inventaron lo que es hoy una de las denominaciones más prestigiosas de España, el Priorato, cuando todos juntos (Álvaro Palacios, vecino de René y creador de L’Ermita, Daphne Glorian, creadora de Clos Erasmus, José Luis Pérez Verdú, que firma el Clos Martinet, y el Clos de l’Obac de Carles Pastrana) elaboraban el mismo vino y cada uno lo etiquetaba como propio, porque entonces no había más posibilidades. Pero fue un crítico extranjero quien calificó este vino como uno de los mejores del mundo y el resto ya es historia. Ahora, veinte años después, Clos Mogador es casi una leyenda y René sigue embarcado en varios proyectos en la comarca. Anda dando vueltas a la presentación de su primer vi de vila (“vino de pueblo”), una recién estrenada categoría recogida en la reglamentación autonómica y dentro de la DOC Priorato en la que se incluirá Manyetes, su vino de Cariñenas viejas y valientes que encarna la esencia de esta comarca, el priorato más auténtico, mineral, fuerte y repleto de carácter.

René fue también el primero en conseguir la calificación de Clos Mogador como vino de finca, una categoría similar a los vinos de pago pero inscrita en una denominación de origen. Para él, esta categoría solo tiene mérito dentro de una denominación de origen, a diferencia de lo que sostienen los defensores de los vinos de pago independientes: “si a ti te gusta el terroir, primero constituyes una denominación de origen y después el vino de pago”, recalca.

René Barbier me dio un tour por algunas de las viñas en las que trabaja y a las que adora, en las regiones de Priorat y Montsant

El vino, su expresión más sincera

Paseando por algunas de las 20 hectáreas que tiene Mogador, se aprecia perfectamente la filosofía de René Barbier, para quien “Mogador es como yo, salvaje”: no se arranca una sola hierba, está repleta de biodiversidad, lo que René defiende a ultranza: “aquí conviven viñas de cien años con otras de veinte, de doce y viñas recién plantadas al lado. Ésa es la mentalidad de Mogador”. Una finca de terrenos altos y bajos con frutales, hierbas que después se recuerdan oliendo el vino, caballos, perros, jabalíes y una casa levantada con sus manos. Para René, lo más importante es “la naturaleza, la viña y la gente”. “Creo que el terroir es un escenario que está ahí, y eres tú quien tiene que adaptarse a él y no al revés”. Confiesa que le gustan los vinos franceses, pero no distingue entre zonas, se guía por las personas: “me gusta el vino que, al llevarlo a la nariz, me hace tener ganas de conocer a la persona que lo hizo”. Todo en él es auténtico, y esa es una de las claves de su éxito.

Y Clos Mogador, el vino, es la expresión más sincera de René. Un vino unido a su autor por un hilo que casi se puede tocar: al principio, se muestra tímido, reservado, pero según va pasando el tiempo, va comenzando a conversar, a decir lo que piensa, a dar la cara. Y emociona, hace sentir. Es un vino repleto de matices y de alma, de fruta y minerales, de caos y armonía al tiempo. Cuando se le pregunta a René si alguna vez ha pensado en dedicarse a otra cosa, contesta “puede ser, no lo sé, porque no pienso”.

Espectacle, Laurona y la Quintessencia de su vinos

Durante la vendimia, la diferencia a veces abismal que hay entre las orientaciones y las alturas de las viñas convierte al Priorato en un caos. Y para René, ahora embarcado en otros proyectos vinícolas, la cosecha comienza en agosto y acaba casi en noviembre: “el año pasado terminamos el 28 de octubre, con las garnachas de Espectacle”, recuerda.

Este proyecto ubicado en La Figuera, que pertenece a la DO Montsant y cuenta con una vista arrebatadora en forma de teatro que se sumerge en la montaña, ha sido uno de los grandes descubrimientos vinícolas recientes, y también tiene una historia curiosa, ya que fue René quien gritó a la excavadora que se disponía a arrancar las garnachas de la finca para que se detuviera. Y comenzó a elaborar un vino con Chistopher Cannan (ex broker de vino de Burdeos) y Jordi Segura (propietario de Euroselecció y copropietario de Manyetes con René) a partir de las cepas centenarias y únicas de esta encantadora parcela, que se encuentra protegida por ruidos de rapaces que salen de unos altavoces y cercas que propinan una descarga eléctrica a cualquiera que suponga una amenaza para esta exposición de esculturas, como considera René a las viñas que allí reposan.

Justo debajo, completando la función de Espectacle, se encuentra una de las fincas de Laurona, otro de los proyectos de Montsant a los que René ya estaba vinculado (junto con Cannan) y que este año ya es ha sido adquirido en su mayor parte por dos ex componentes de La Trinca, Toni Cruz y Josep M. Mainat.

René no se detiene y desde este otoño ha puesto en marcha, junto a otros dos amigos, Philippe y Brigitte, a los que compara con las películas de Indiana Jones por la cantidad de aventuras que han vivido, una destilería que lleva sus nombres, más el de Isabelle, la esposa de René (Brisfere), y donde se extrae la “Quintessencia de Mogador”, un destilado de ese vino que es una vuelta de tuerca más, y que se parece, también, a su autor: especiado, frutal, complejo y más y más conversador a medida que se airea en la copa. Tampoco es nuevo el concepto, entre sus amigos ya se conocía al Capitán Haddock, un destilado que hacía sin comercializar.

El futuro de René es largo, más aún si se tiene en cuenta que continúa en sus hijos, René, ya embarcado en varios proyectos vinícolas, y los dos pequeños, Christian y Anderson. Un trío que le hace decir a René que “yo no he tenido nunca nada, y ahora tampoco, porque todo es de ellos” y que aparece en la etiqueta de Mogador junto a sus tres nietos, todos en forma de cepas, que ha diseñado Isabelle. René sabe que Clos Mogador “seguirá existiendo con ellos, porque están más locos que yo”.

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