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El mundo líquido… desde mis zapatos

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Un poema sobre el vino que se ve y se escucha, que se siente y emociona

Vuelvo a la carga, que aunque soy inconstante, como buena Géminis, esto del blog y contar lo que me parece interesante para compartirlo con vosotros engancha, vaya que sí.

Hace más de una semana que no escribo y quiero pedir disculpas a mis (cuatro) suscriptores y poquitos lectores, no ha sido mi intención dejar de contar episodios pero se me echó la semana encima sin tener de qué hablar que me interesara. Pero hoy tengo dos asuntos, el primero, éste, que no es tanto de hablar como de ver y escuchar. Es un vídeo que, mediante música y montaje de imágenes, y combinando cadencia y ritmo con la belleza estética, cuenta un año del ciclo de las uvas en una bodega, en una finca donde se cultiva la uva para hacer un vino. Esta finca está en la Ribera del Duero y pertenece a una bodega, Pago de los Capellanes, de la que Javier forma parte de manera directa al ser hijo de su propietario, Francisco Rodero, un hombre al que tengo la fortuna de conocer y del que he probado los vinos que hace, que siempre me parecen elegantes y con un estilo impecable, igual que el propio Paco, que es como lo llamo.

En el corto, que ha ganado un premio al mejor corto en el festival audiovisual sobre video más conocido, Oenovideo, me parece una poesía. La música es del propio Javier, lo mismo que el montaje, y con ambas herramientas consigue expresar las etapas de un año entero de la vida de un viñedo, desde las más tranquilas en invierno, cuando la viña está reposando y aún no ha brotado, hasta la poda, la floración, las tormentas, las uvas madurando, la vendimia… Lo dicho, una cara poética del viñedo expresada con un gusto tan elegante como el de su padre haciendo vino. Me permito recomendarlo desde aquí y os pongo el enlace porque creo que merece la pena. Dura apenas doce minutos y está cargado de emociones.

Que lo disfrutéis, si puede ser, claro, con una copita de vino.

Día de torrijas con vino

Hoy es Viernes Santo, día de procesiones en muchos sitios, y un día en el que en la mayoría del país hace mal tiempo, por lo que apetece, en lugar de salir a calarse a la calle, quedarse en casita tomando uno de los dulces más apetecibles de esta temporada: las torrijas.

Aunque a mí lo que realmente me encanta es el chocolate, las torrijas, una vez al año, me entusiasman, por efímeras, porque se toman ahora y uno puede olvidarse de ellas hasta la Pascua que viene y guardarlas en el recuerdo para volver a desearlas en cuanto empieza de nuevo la Semana Santa.

Las torrijas, en una de sus variantes (lo digo porque no siempre las he comido así) se pueden preparar con vino: leo en Internet un montón de recetas que recomiendan incluir vino, desde moscateles a vino dulce de Málaga, y conozco a un señor que las prepara desde hace muchos años con vino de Pedro Ximénez, ese dulce de Jerez que es típico en los postres y que suele incluirse también, en reducción, junto a los platos de foie gras.

Pero en lugar de recomendar una receta más o menos ortodoxa de torrijas con vino, lo que quiero proponer a quien le apetezca (como siempre, esto es opcional para el lector) es una armonía de torrijas con vino, aprovechando que la semana pasada ya hablé un poco del juego de sensaciones que para mí supone el maridaje.

En vez de proponer una armonía fácil como puede ser, precisamente, acompañar las torrijas, con ese toque de canela y almíbar, dulces y sabrosas, con un vino dulce entre los muchísimos que tenemos en España y fuera (maravillosos Tokajs húngaros o Sauternes franceses podrían aportar un toque original en el paladar, aunque igual chocaban un poco sus notas cítricas… juguemos, siempre), prefiero animar a que, después de una comida en la que hayamos abierto un vino tinto (incluso hoy que los católicos no comen carne se puede comer un buen pescado azul o de roca acompañado con un tinto, que no es tan raro y puede ser toda una sorpresa) dejemos una pequeña cantidad en la copa para el momento de las torrijas como postre.

Pienso en un vino tinto carnoso y potente, con crianza en barrica, un vino de Toro, de Ribera del Duero, Montsant o Priorato, buscando notas de cacaos, de canela, de vainillas suaves y una fruta madura que pueden hacer de las torrijas un exquisito bocado glorioso. Me encanta dejar un poco de mi vino tinto (si me ha gustado durante la comida) en la copa para acompañarlo con el postre, pero pienso en este dulce tan típico de la Semana Santa y no puedo por menos que animar a experimentar… total, si no es un bocado satisfactorio, tampoco se habrá desaprovechado mucho vino….

Buen provecho, y felices pascuas.

*Me cambio de casa, lo celebro con…

Llega el buen tiempo, la primavera, las horas de sol, la alegría, la intensidad en todo… también en los sentimientos.

Es cuando si estamos locos nos volvemos más y si estamos enamorados sentimos más fuerte. Es momento de dar pasos adelante, de cambiar de trabajo o de vida, de cambiar de casa y en lugar de dos, pagar un solo alquiler, compartir cama y dar un beso de buenas noches… Para todo esto, también hay buenos vinos con los que acompañarse y multiplicar el disfrute.

La mudanza, cuando uno se va a vivir con la persona que ama, es el principio de construir una vida y merece la mejor de las celebraciones. Pero “a pie de obra” es divertido involucrar a amigos que pringuen con algunas tareas (subir el sofá por las escaleras, echar una manita con la pintura de las habitaciones, pintar las cajas con rotulador para no confundirlas…) y después dedicarse el momento “afterwork” a tomar un vinito con el que celebrar el “gran cambio”. Con todo por medio, con una pizza y con un montón de cosas por hacer, hay que brindar por la nueva vida. ¿Con qué? pues teniendo en cuenta que después, o al día siguiente, hay que seguir con la mudanza, con moderación, sin duda. Pero se me ocurre un tinto sedoso y elegante, aunque no demasiado potente, quizá un roble de Ribera del Duero, o aventurarse a probar un tinto andaluz de Ronda, por ejemplo, o de Cádiz, elaborado con una magnífica Syrah. Son dos vinos distintos, eso sí, pero se trata de pasar un rato agradable con la cinta al pelo y la brocha casi en la mano…

Después, cuando ya hemos montado la nueva casita, llega la ocasión, o mejor dicho, LA OCASIÓN, en la que invitamos a los colegas, ya limpitos, a cenar para agradecerles que estuvieran ahí deslomándose por nosotros. Es entonces cuando deberían aparecer las burbujas. Eso sí, al principio y no al final de la recepción, que ya que hemos currado nos merecemos empezar la velada en alto. ¿Qué tomamos entonces? pues como estamos en España y los hay muy ricos, cava, catalán de Sant Sadurní, y como la ocasión es especial, un Gran Reserva, con al menos 30 meses (¿acaso nuestro proyecto no es para toda la vida, al menos en intención?) de crianza en botella, complejo, delicioso, elegante y repleto de finura. Además, con un ejemplar de este tipo y una cena que no consista en carnes rojas muy elaboradas, se puede continuar toda la velada, si se quiere, y experimentar con las combinaciones de sabores.

 

El champagne (el de la foto es un tanto inaccesible, pero hay más Krugs deliciosos y otras opciones excelentes para inaugurar una nueva vida) es siempre una buena idea.

Otra opción. Es un gran día, podemos hacer una concesión al país vecino y deleitar a los amigos con un champagne, de burbuja fina y constante, sabores ligeramente tostados, alegre y que como se cuenta que dijo Madame Pompadour, capaz “de hacer más bellas a las mujeres”. Me apunto a semejante tratamiento de belleza, pero además el champagne es una excelente elección para celebrar, incluso aunque no haya nada que celebrar aparte de haber abierto una botella…

Y después de la inauguración, la cena, los amigos y el brindis… a vivir, a empezar, a inventar ocasiones para brindar de nuevo.

*Este post se lo dedico a Elena, que se acaba de cambiar de casa 😉

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