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Un vino que no sale en las guías

En el vino no todo (ya lo sabéis, pero os lo recuerdo) son vegassicilias o chatómargós. Afortunadamente, porque si no, tampoco sabríamos apreciarlos. Pero lo bueno de los vinos es que hay uno para cada ocasión, y aunque no pretendo hablar en cada post de una marca ni que éstas proliferen por el blog, sí que me apetece contar las sensaciones que me provocó uno de estos vinos sin puntos el otro día.

Hacía mucho tiempo que no lo tomaba y recuerdo que la primera vez que lo hice fue en una boda sin pretensiones, es decir, con vinito para regar un poco la garganta y hacer más llevadero el montón de comidaza que es costumbre poner en las celebraciones de pueblo. Me acuerdo de que entonces “entraba solo” porque era, y es, un vino joven muy fácil de beber, sencillo, pensado para tomar fresco y con comidas ligeras. Vamos, con peligro de que uno, si se pone, se acabe la botella sin pensar. Pero ese precisamente es el objetivo de la gente que hace los vinos: que uno, o varios, se acaben la botella que abren y la sensación que tengan al final es de que ha sabido a poco.

Además de sencillo, este es un vino que no sale puntuado en las mejores guías del país (sale en una con una puntuación muy alta, pero no creo, y es una opinión, que sea la mejor guía para estudiarse). ¿Que qué pasa? ¿Tiene eso que ver con que un vino se pueda o no disfrutar? Nada. Absolutamente nada.

Pues el otro día compartí una botellita bien fría con una excelente compañía y una pausada conversación de agosto, además de con una pizza casera de salmón que no le iba del todo mal al vino, y redescubrí en él un montón de cualidades. No exactamente la complejidad pero sí la facilidad y amabilidad al beberlo, no la intensidad de aromas y sabores pero sí la frescura y las ganas de tomar otro sorbo, no aquella sensación casi inexplicable que uno tiene cuando prueba un vinazo pero sí la satisfacción de haber elegido bien el vino y el momento. ¿Se puede pedir más? ¿Hacen falta puntos para esto? Para nada.

Por eso quiero contar hoy esa experiencia, para recordar que hay vinos sencillos como el que yo me tomé ese día, un vino de Cádiz que se llama Castillo de San Diego, que pueden ser la compañía perfecta de un momento sin más, en casa o en una taberna, capaces de hacer disfrutar con su sencillez. Como éste hay muchos vinos en España, en casi cualquier parte. Vinos que no llegan a los cinco euros, que no están en las guías pero que merece la pena descorchar porque son como cuando uno se encuentra una moneda en unos vaqueros que hace tiempo que no se pone y, sin querer, empieza a sonreír.

Os animo, al que quiera, a que encuentre alguno más por ahí, lo pruebe y, si le parece bien, lo cuente aquí en sus comentarios.

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