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El tinto, frío, por favor (o quiero también mi tinto en verano)

Parece que con este calor lo que menos se imagina uno tomando en una terraza, en un restaurante o en casa es una copa de vino más allá de los blancos, rosados o espumosos. Pues no, porque el tinto, servido a una temperatura correcta para soportar la ingente subida de grados durante la canícula es una opción más que recomendable.

Sin dejar de lado esos blanquitos frescos, los rosados frutales o los chispeantes espumosos, el tinto no tiene por qué desaparecer, si a uno le gusta, de sus menús o copas estivales.
El otro día asistí a una cata donde un sumiller reivindicaba la cubitera para enfriar los tintos y así poder tomárselos a buena temperatura del principio al fin de la botella. Un sumiller experimentado, con recorrido en hoteles de lujo y en tiendas especializadas, ojo, que ha servido y custodiado vinos durante toda su vida, declaraba que no hay que tener miedo a pedirle al camarero de turno una cubitera (con hielos y agua, por favor, no solo hielos que aquello es imposible de gestionar) para mantener el vino a una temperatura fresca. De este modo el vino se enfría más de lo habitual y aunque algunos pueden pensar que se pierden aromas y sabores con el frío, o que se disimulan los defectos que pueda tener, lo que se gana es más que lo que se pierde. ¿Que el camarero en cuestión nos mira como a bichos raros? Ni caso, insistamos en que lo queremos fresco, de cubitera.

Cuando se habla de temperatura ambiente del vino, siempre se refiere a la de las bodegas, que es donde el vino se conserva en perfecto estado. Eso de temperatura ambiente en verano es dar caldo por vino o gato por liebre.

Con estas temperaturas la diferencia entre los 14 grados recomendables para beber un tinto y los 35 y hasta 38 o 40 grados que hace en la calle o los veintimuchos de los restaurantes, si una copa se sirve a 14 (algo que tampoco es lo más corriente, siendo realistas) lo único que vamos a tomar a temperatura es un sorbo, porque lo demás se convierte, y ahora sí es propio utilizar este palabro para definir a un vino, en caldo: calentorro, alcohólico y hasta desagradable. Y si no hemos probado muchos vinos y no tenemos mucha idea de cómo se comportan con la temperatura, podemos pensar simplemente que el vino está malo, cuando no es así y lo único que le ocurre es que se ha calentado en exceso.
Sin embargo, con mi queridísima cubitera tenemos alguna opción de tomar una copita estupenda. Con un poco de esfuerzo, eso sí, y paciencia, que es un ingrediente que siempre hay que llevar puesto cuando se trata de vino, se puede disfrutar de un tinto ni calentorro ni helado. Mientras tomamos una copa, mantenemos la botella en la cubitera con sus hielos, y el vino se va enfriando. Procuramos no tener mucha cantidad de vino en la copa, especialmente si estamos en una terraza o con mucho calor, y vamos sirviendo pequeñas dosis, un par de dedos como mucho. Probamos y si está muy frío, tanto que no sabe a nada, podemos ayudarnos de las manos y “abrazar” la copa para transmitirle al vino un poco de calor. Pero poco más, porque con la temperatura del ambiente enseguida se atemperará y empezará a decir cosas, a expresarse, a abrirse y a hacernos disfrutar. Porque de eso se trata.

Gran Feudo Rosado o un buen fondo de armario

Cuando salgo a tomar un vino por ahí, suele costarme bastante encontrar no solo sitios que tengan una oferta que se escape a riojas y riberas, también que los vinos que pido estén a una temperatura que me permita disfrutar de ellos. Porque, aunque suene reiterativo, la temperatura “ambiente” del vino tinto, el más  afectado en cuanto al servicio, es de unos catorce grados. Personalmente, prefiero que el vino esté algo por debajo de estos grados, porque con paciencia y buena conversación, en la copa alcanzará fácilmente una temperatura óptima.

Por esta razón es por la que, cuando no conozco bien el sitio donde estoy pidiendo una copa de vino para disfrutarla, prefiero no pedir tintos y abalanzarme sobre el, casi siempre, único rosado que aparece en la pizarra del local. Aunque os parezca extraño, ese rosado suele ser un vino navarro, Gran Feudo, de Bodegas Chivite.

Para mí es como un fondo de armario, como una americana negra, un vestido de cóctel o unos vaqueros. No me falla, y no me falla porque, como no es tinto, siempre me lo sirven fresquito. Como no es un vino con crianza, en la mayoría de los locales tienen la añada correcta, esto es, la del año en el que estamos, si es después del otoño, o hasta el otoño siguiente (por ejemplo, ahora el Gran Feudo que deberían ponernos en la copa es el de 2009, y ya está a punto de salir el de 2010). Sencillo de mantener, sencillo de servir y una recompensa al tomarlo.

Sin menoscabar otros rosados, que los hay excelentes en otras partes de España (cuando digo otras quiero decir muchas, desde La Mancha a Rioja, Cataluña o Levante), pero que no son tan sencillos de encontrar en locales donde sirven vinos por copas, el Gran Feudo tiene la frescura, el cuerpo, la intensidad y el aroma que necesito cuando no me apetece un vino blanco o un vino tinto demasiado “típicos”. Me gustan sus aromas de piruleta, de frutita roja fresca, que alegra además una nota mentolada. Y me encanta su equilibrio en la boca, su fruta, su frescura… disfruto cada trago y no tengo que lamentar que en mi copa haya un vino estupendo y…. caliente. Así que quiero aprovechar el post de hoy para defenderlo porque ya son unos años los que me acompaña y muchas las ocasiones en las que, cuando no sé qué ponerme (y utilizo esto como un símil fácil con esas ocasiones que todos hemos vivido alguna vez), puedo recurrir a él sin miedo a equivocarme. Un fondo de armario que no falla, que queda bien y que, si te toca el papel de recomendar, puedes hacerlo sin miedo.

Si algún lector, antes de probarlo por copas, prefiere decidir en casa si le gusta, ronda los cuatro euros en tiendas como Santa Cecilia o Lavinia.

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