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El mundo líquido… desde mis zapatos

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Cursito de inglés vinícola para iniciados de la mano de John Cleese

Una vez hecho el cambio de interfaz y mientras continúo en fase “beta” con esta nueva apariencia, me permito insertar la entrada de hoy un documental que he visto esta semana gracias a Twitter y mis amigos líquidos y que recomiendo, entre otras cosas, como una estupenda clase de inglés vinícolas para iniciados. La peli se llama “Wine for the confused” (algo así como “vino para los despistados”).

En poco menos de tres cuartos de hora este actor inglés, parte del genial grupo humorístico Monty Phyton, hace un recorrido muy básico, pero bastante útil, sobre los aspectos esenciales del vino, sobre aquello que hay que conocer de él.

Además lo hace partiendo de una base que me parece esencial, expresada en esta frase: “el único propósito de este maravilloso chisme es proporcionarnos placer”. Si no, pues apagamos y nos vamos a tomar unas limonadas.

Es consciente de que cuando nos ponemos ante un vino, a veces la sensación de estar ante algo desconocido puede ser abrumadora. No sabemos qué decir, por dónde coger la copa y temblamos solo de pensar en meter la punta de la napia y oler para captar… absolutamente nada.

Cleese hace unas pruebas a sus amigos y, como era de esperar, obtiene resultados muy distintos que le llevan a concluir que, para gustos, los vinos: “no dejéis que nadie os diga qué vino debería gustaros”, comenta en varias ocasiones. Además, ironiza con las notas de cata y las puntuaciones de revistas especializadas y sobre los prejuicios como que el vino más caro es el mejor. Se pregunta algo que seguro que muchos nos hemos cuestionado muchas veces sin obtener respuestas claras: “¿Qué vino escojo? ¿Cómo sé si un vino me gusta? ¿Cuánto debería pagar por él?” os suena, ¿verdad?

Cleese invita a sus amigos a probar vinos a ciegas en su jardín (si podéis hacer lo mismo, adelante, porque será una aventura que promete divertida) y les inicia en el vocabulario del vino, con palabras que describen de una forma sencilla y clara las sensaciones que uno ve, huele y degusta en la copa: desde seco a dulce, con frutas rojas, negras, con especias o incluso con sabores desagradables como los del pimiento y los espárragos.

El Monty Phyton recorre varias bodegas del valle de Napa, en California (si habéis visto Entre Copas os sonará este lugar) para aprender un poco más sobre las uvas y cómo se hace el vino, describiendo la fermentación, explicando nociones básicas pero muy útiles sobre elaboración y aprendiendo de los bodegueros y viticultores a qué huele habitualmente un vino procedente de unas y otras uvas. Además, resalta lo importante que es el terreno donde crecen las cepas, el clima y el entorno que rodea a las viñas (que los franceses expresan como “terroir” y que en español tiene una traducción a medio camino entre lo complejo y lo imposible). Pero todo muy sencillo, con un punto irónico… que me gusta oye.


Hay otro momento estelar y es el del vino en el restaurante con un personaje a veces confuso (porque no sabemos muy bien, en ocasiones, para qué sirve realmente): el sumiller. El tipo, si no es un buen profesional, puede tomarnos el pelo y llevarnos hacia su terreno para que pidamos el vino más caro, sin importarle nuestros gustos, o reírse en nuestra cara porque sabemos menos de vino que él (pues claro, porque saber de vino es su trabajo, no el nuestro). Pero el que es un buen sumiller te orienta, no te impone, y te ayuda, no te presiona o entorpece tus elecciones vinícolas. Y si eliges algo que se da de tortas con la comida que vas a tomar, pero es lo que quieres, se calla y te lo sirve.

Una de las últimas incursiones del prota de Un pez llamado Wanda en este documental es su paso por la tienda de vinos: esencial para todo aficionado que se precie, esté o no empezando en el vino. Ahí comenta lo importante que es tener a una persona de confianza en la tienda del barrio para que nos aconseje qué vino comprar para qué ocasión, y nos comente de dónde viene, quién lo hace e incluso nos dé alguna pista para ahorrar unos eurillos si no tenemos un paladar muy formado en torno al vino. Esta parada en la vinoteca me parece un acierto, el contar con tiendas de confianza en nuestro barrio es algo común entre los que hacemos la compra diaria, pues, ¿por qué no con el vino, del que no necesitamos estudiar una enciclopedia si depositamos nuestra fe en el sumiller que nos atienda?

El documental acaba con una cena acompañada de vinos y unos consejos sobre el servicio del vino, que cambia según se tome en una u otra copa… (Asusta, ¿no? un poco, pero para la mayoría de los mortales, unas copitas decentes de una vinoteca o de una tienda para la casa son suficientes para hacernos disfrutar.

Y las conclusiones de Cleese no pueden ser más útiles y sencillas:

1-      No dejes que nadie te imponga qué vinos tienen que gustarte

2-      Trata de aprender las palabras apropiadas para describir qué tipo de vino te gusta (por ejemplo, me gustan los vinos con sabor a fruta negra y especias, redondos y sedosos)

3-      Busca una tienda de vinos cercana donde haya gente en la que confíes y ponte a hablar de vinos con ellos.

4-      El más importante de todos: ¡DISFRUTA!

Una mujer en la Ribera (del Duero). Impresiones III: la seducción del viñedo

Acabo prácticamente de llegar otra vez de la Ribera del Duero y me siento a contar mi última etapa del viaje, que terminó en alto en lo que al vino se refiere. Visité Viña Sastre, una de las bodegas más solventes de la región gracias a “mi cara bonita”. Un buen día me encontré a su propietario, Jesús, y el inocente me dijo que me pasara a visitarle cuando quisiera. El pobre no sabía que, esta vez, me había tomado en serio su propuesta.


Suelo ser menos lanzada, pero es que la primera vez que probé los vinos de este señor me quedé bastante colgada de su Pago Santa Cruz. Desde entonces, he ido alternando mis preferencias entre este y su vino top, Pesus, pero es que pedirle encanto a un vino como Pesus es bastante sencillo (y más teniendo en cuenta que sobrepasa los 200 euros).
Una vez dejé a Tao medio pachucho, me encaminé a ver a Jesús Sastre, propietario de esta bodega que está en La Horra, provincia de Burgos, y que se jacta de tener la mayor parte del viñedo viejo que hay en la región. El hecho de que tenga viñas con más de seis décadas implica que estas plantas saben más que las jóvenes en cuanto a dar la cantidad justa de uvas, y en general, si el viñedo es de calidad, uvas excelentes. Esto, sumado a que sus terrenos están en la zona reconocida por los entendidos como la mejor de la Ribera, podéis imaginar que da como resultado un conjunto de vinazos, entre los que cuesta escoger uno (de hecho, comenta Jesús que tiene adeptos a Pesus pero también fans de Regina Vides, otro de sus grandes vinos, y quienes son adictos al Pago de Santa Cruz, y eso lo afirma mientras se toma una copa de su rosado, un vino que dice que le cuesta mucho hacer pero del que luego este hombretón de ojos sinceros se bebe, junto a su madre, casi una botella diaria).
Cuando llegué a la bodega lo hice acompañada de un enólogo, José Carlos Álvarez, que tuvo la gentileza de guiarme hasta allí y aprovechar para hacer una visita a Jesús. Cuando saludamos a la gente de la bodega, Jesús, que apenas se acordaba de mí pero luego fue haciendo memoria (no le quedó más remedio al ver mi cara dura), me preguntó: ¿qué quieres ver, bodega o viña? Podéis imaginar lo que contesté yo, que paso por unas cuantas bodegas al año y aunque muchas tienen algo que las hace especiales y distintas, en lo básico se parecen bastante. Viña, viña y viña, le dije.

¡Terroir!
Y no sabéis lo que me alegro de esa elección, porque el paseo en todoterreno por las parcelas de viñedo de La Horra ha sido, para mí, el descubrimiento de una Ribera que sabía que existía, pero jamás había visto. Pasamos por terrenos de donde se recogen algunas de las uvas con  las que se hace Vega Sicilia, uno de los vinos más prestigiosos de España, y por fincas que pertenecen a Peter Sisseck, autor de uno de los vinos míticos de la Ribera, Pingus, cuyos precios superan en ocasiones a los de un bolso de Prada.
Y llegamos a los “dominios” de Jesús, esos tesoritos de suelo naranja (por la arcilla) o grises (por las piedras) y viñas que, en ocasiones, parecían esculpidas en la tierra. Ese recorrido, que nos llevó a ver parcelas con distintos tipos de viña y de suelos, me hizo ver aún más clara la relación que encuentro entre el vino y el paisaje. A pesar de que estaban recién podadas y eran un mero esqueleto, esas cepas dibujaban un paisaje espectacular, limpio, concienzudamente ordenado cuya vista, aderezada con los comentarios sobre viticultura de Jesús y José Carlos, convirtió el paseo en una clase magistral única, al menos para mí que miraba atontada a un lado y otro y empezaba a entender por qué le salen esos vinos a Jesús. Vi claro ese concepto del que muchos hablan a veces sin saber: el terroir, esa conjunción armónica y privilegiada de suelo, viña y clima que proporciona personalidad a los vinos.

Estos son algunas de las viñas que Jesús nos enseñó. Los carteles indican el nombre de los viñedos

Estos son algunas de las viñas que Jesús nos enseñó. Los carteles indican el nombre de los viñedos

Por eso quiero aprovechar mi experiencia para recomendar a los enoturistas que, siempre que puedan, visiten las viñas y no se limiten a recorrer la bodega y ver barricas o edificaciones espectaculares: sed pesadetes e intentad que os enseñen el origen y el fundamento del carácter de un vino, ese principio que es también un final, ya que un vino honrado y sincero es capaz de transportar a quien lo bebe hasta ahí, hasta la tierra, las uvas y el cielo, y ese viaje en la copa merece siempre la pena.

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