RaqueLíquida

El mundo líquido… desde mis zapatos

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Vinos bombón

Me paso brevemente por el blog, que lo tengo abandonado (necesidad alimenticia obliga, líquidos, porque una no solo bebe, también come, y de vez en cuando, demasiado de vez en cuando, se compra zapatitos) para hablaros de esas ocasiones en las que el vino se queda en la copa tras la comida… voluntariamente. Los vinos bombón.

Sí, como un bombón que esperas saborear una vez has comido, hay vinos que podemos dejar en las copas para momentos de calma, de sobremesa. Al menos a mí, me encanta tener una, o media, copa de vino bombón cuando he terminado de comer. Porque acompaño al postre, o porque me lo bebo tranquilamente después del café. ¿Sacrilegio? No creo, y si lo es, encantada de pecar.

Personalmente, prefiero los vinos bombón tintos, con cuerpo, volumen, pero sedosos, que pueda masticar casi. Recuerdo ahora esos momentos con tintos de Toro como Termanthia o San Román, uno de mis favoritos, o el priorato Clos Mogador (este es un fondo de armario el tío, sirve para casi todo, como un LBD). Pienso en Douros como Quinta do Crasto, o riberas como Dominio de Atauta o Pago Santa Cruz, de Viña Sastre. Pero también me he dejado esos vinazos de Jerez, amontillados, olorosos o finos (esos Palmas, que están para dar ídem), que me encantan, porque refrescan y serenan.

¿Cuáles son vuestros vinos bombón?

Teso Los Carriles, el viñedo de donde sale Thermanthia, en Toro.

De este viñedo en Toro sale uno de mis vinos bombón, Thermanthia.

Manuel Fariña o el despertar de Toro

Hoy, para relajar el fin de semana, dejo aquí otro perfil de un hombre imprescindible en la historia del vino, un tipo amable y positivo, que ha sabido darle al vino de su tierra una entidad inédita hasta que llegó él. Hoy los vinos de Toro son conocidos gracias a que él, casi antes que nadie, supo ver en ellos un enorme potencial. Me encantan los vinos de Toro, por cierto, y espero que os guste su historia.

Cuando se le dice a este zamorano que es un visionario, se muestra escéptico y le quita hierro al hecho de haber sido el gran impulsor de los vinos de Toro, el difusor de su auténtico valor y uno de sus mayores defensores. De hecho, es incorrecto decir que lo ha sido, porque lo cierto es que lo sigue siendo.

Corría el año 41 cuando el padre de Manuel, Salvador Fariña, procedente de la zona de Sanabria, comenzó a poner en marcha una bodega en la localidad de Casaseca de las Chanas (Zamora), en la región conocida como Tierra del Vino y con unas cuatro hectáreas de viñedo. Salvador le había encontrado el gusto a elaborar vino tras haber aprendido de sus vecinos quienes, como era costumbre en todo el país en esos años, vendían el vino que elaboraban en sus casas y sus bodegas.

Salvador llegó a hacer hasta 30.000 litros de vino para vender a granel, y siempre “tiraba” de Manuel cuando había que ir a la bodega, comenzó a enseñarle y, como él mismo afirma, “a mí me entró el gusanillo” y se decidió a marcharse a Requena para estudiar enología.

Primeras impresiones: el cambio

A mediados de los sesenta, Manuel Fariña vuelve a casa y comienza a replantearse la trayectoria de la bodega. Decide que hay que ampliar la producción hasta los 200.000 litros y comenzar a elaborar vino embotellado, por lo que compra su primera marca comercial en el año 68, Peromato, y embotella ya en varios formatos comerciales.

Recuerda que había diferencias entre los vinos de Toro, potentes, alcohólicos y de los que se decía que “se podían cortar”, y los vinos de la Tierra del Vino, con menos color y algo más ligeros, y en la bodega de Casaseca se elaboraban esos dos tipos de vino.

Pero no fue solo la marca el único cambio que sufrió la bodega, pues Manuel ya se había percatado de lo difícil que resultaba vender el vino de Toro, con una graduación de 17% vol., pensado para aguantar sin avinagrarse durante largas estancias en las bodegas de los barcos que salían a faenar desde el norte de España, su principal mercado entonces.

Fariña comenzó a reducir el tiempo de maceración de los vinos y a vendimiar antes de lo habitual en la zona, para lograr vinos menos alcohólicos, e introdujo también placas en los depósitos que permitían, con la tecnología de los 70, controlar la temperatura. Enseguida se dio cuenta de que los mercados exigían calidad, y decidió dársela comenzando a elaborar los Colegiata, hoy acogidos a la Denominación de Origen Toro.

Mercados internacionales, de fuera hacia dentro

Una de las grandes pasiones de Manuel Fariña son los viajes, algo que ha aprovechado para salir fuera, conocer lugares y vender sus vinos. Gracias a eso, está convencido de haber tenido “más información que mis paisanos de lo que ocurría en el mundo, porque me encantaba salir, probar, fijarme en todo y tomar nota de todo lo que me llamaba la atención”.

En uno de sus traslados a Francia durante un congreso de enólogos se dio cuenta de que los franceses se alegraron del grado que ese año habían obtenido en sus uvas (13º), y se le encendió una luz: en Toro había materia prima para intentar hacer vinos elegantes y teniendo como referencia a los franceses: “nosotros tenemos sol, tenemos una uva excelente, podemos hacer buenos vinos”, se dijo. “Vi que los vinos de Toro estaban anclados en un siglo y medio atrás, y de que podríamos mejorarlo con maceraciones más cortas y vendimiando antes; me di cuenta de que teníamos una historia razonable por delante, pero había que convencerse de que no eran necesarios esos 17 grados, y eso hice”, comenta.

Con los nuevos vinos de Toro y de Tierra del Vino, Manuel comenzó a vender en mercados internacionales, donde se dio cuenta de que el vino gustaba porque se vendía, mientras que en mercados interiores apenas se valoraba. Cuenta que en los ochenta el mercado de exportación les llegó a suponer el 85% de sus ventas, y que fuera los vinos de Fariña conseguían no solo vender, sino también premios y buenas críticas por parte de los expertos.

Aquí sí sirve el dicho de que “el mundo es un pañuelo”, puesto que fuera se hablaba de los vinos de Toro y de su calidad,  desde el extranjero llegó a España el interés por esos vinos y la gente comenzó a preguntar por ellos.

Un paso más: la Denominación de Origen

Desde los primeros años 80 Manuel andaba dándole vueltas a la creación de un marchamo de calidad, una Denominación de Origen, pero hasta que no se pusieron en marcha los sistemas autonómicos, las trabas administrativas lo hacían prácticamente imposible.

Fue en el año 84 cuando se logró la Denominación Específica para los vinos de Toro, la antesala de la DO, de cuyo consejo fue Manuel su primer presidente cuando se creó en el año 87. Es entonces cuando la bodega de Casaseca queda fuera de los límites de la denominación y se construye la nueva bodega de Fariña en Toro para elaborar vinos amparados por ella.

Cuenta Manuel que él no quiso ser presidente del Consejo y, de hecho, tan solo lo fue unos cuatro o cinco años, el tiempo suficiente para poner la DO en marcha y hacerla arrancar: “sí que quise ser el primer presidente, pero para presionar e ir consiguiendo cosas, porque veía que estaba en mis manos hacerlo y, además, me gustaba presionar”.

Y si presionó a la Administración para echar a rodar la DO, Manuel, afable, enérgico y acostumbrado a vender su vino y su tierra, consiguió no ya presionar, pero sí convencer, a sus colegas y amigos bodegueros de que Toro era una buena inversión: “me encontraba con amigos en las ferias y les decía que se vinieran, a algunos incluso les busqué terrenos para comprar”, cuenta, convencido de que la unión haría la fuerza en esta zona: “había que invertir en Toro porque nosotros solos (Fariña y unas pocas bodegas más) no podíamos” comenta, y recuerda que “el nombre que tiene hoy Toro se lo hemos dado entre todos”. Fueron llegando Mariano García, Vega Sicilia, los Eguren, los Lurton… y una serie de bodegas entre las más prestigiosas del país para invertir en esa zona de vinos “masticables”: “cuando vi que llegaba Vega Sicilia, pensé: estamos salvados. Jamás creí que vendrían tantas bodegas, pero enseguida comprendí que Toro estaba en marcha, y me encanta verlo, estoy feliz, porque antes estaba moribundo”, recuerda.

Y Toro se salvó, pero a Manuel le parece que todavía se puede hacer más y está convencido de que “el valor real de Toro aún no se ha alcanzado” pues, por ejemplo, en esta comarca se puede poner en marcha un sistema vitivinícola completamente ecológico y que no perjudique al medio ambiente, aunque cree que para eso faltan algunos años más. Sin embargo, en Fariña ya hay 40 hectáreas de viñedo, de un total de 300, totalmente ecológicas.

La historia del Primero

Si impulsar toda una Denominación de Origen y lograr que Toro se oiga en los principales foros vitivinícolas nacionales e internacionales (incluido el ansiado cien Parker) puede ser suficiente para que cualquiera diga que ha triunfado en este sector, Fariña siguió, como sigue ahora, incansable, pensando en formas de elaborar y conseguir vinos de calidad con marca Toro. Y Primero, un vino pensado para sustituir a un beaujolais francés cuando en el norte de Europa había boicot a los productos galos y un importador le demandó vinos de ese estilo, es un claro ejemplo de su espíritu inquieto, de ese “vicio” que él mismo confiesa que tiene por seguir creando.

El Primero de Fariña nació en el 95 debido a esa demanda del importador holandés, pero Manuel, visionario de nuevo, le ofreció al comprador la mitad de la producción  de ese año (50.000 botellas) como avanzadilla, y la otra mitad si el bodeguero toresano no lograba colocar las botellas en el mercado español. Pero tanto uno como el otro agotaron existencias en sus respectivos feudos y el resto es historia. Hoy Primero es uno de los vinos esperados cada cosecha en el mercado, no solo por su calidad, también por su etiqueta, cada año con una obra de arte diferente creada por un pintor distinto y especialmente para él.

Uno tras otro, los logros de Fariña le han hecho un hombre satisfecho cuando mira atrás, y que sigue viviendo con pasión el presente y el futuro, incluso ahora que sus hijos, Bernardo y Manolo, también continúan con la estela de su padre. Sigue creyendo que “queda mucho por hacer” y disfruta viajando conociendo cosas nuevas, pero con más calma. Hoy se permite dedicarse a su otra pasión: la viña, que “me encanta, estoy feliz cada vez que voy porque encuentro un espacio libre para pensar increíble”.

Con su carácter y su ilusión por el trabajo, que Manuel se ponga a pensar puede ser, cada vez que pise su viña, el comienzo de algo.

 

Día de torrijas con vino

Hoy es Viernes Santo, día de procesiones en muchos sitios, y un día en el que en la mayoría del país hace mal tiempo, por lo que apetece, en lugar de salir a calarse a la calle, quedarse en casita tomando uno de los dulces más apetecibles de esta temporada: las torrijas.

Aunque a mí lo que realmente me encanta es el chocolate, las torrijas, una vez al año, me entusiasman, por efímeras, porque se toman ahora y uno puede olvidarse de ellas hasta la Pascua que viene y guardarlas en el recuerdo para volver a desearlas en cuanto empieza de nuevo la Semana Santa.

Las torrijas, en una de sus variantes (lo digo porque no siempre las he comido así) se pueden preparar con vino: leo en Internet un montón de recetas que recomiendan incluir vino, desde moscateles a vino dulce de Málaga, y conozco a un señor que las prepara desde hace muchos años con vino de Pedro Ximénez, ese dulce de Jerez que es típico en los postres y que suele incluirse también, en reducción, junto a los platos de foie gras.

Pero en lugar de recomendar una receta más o menos ortodoxa de torrijas con vino, lo que quiero proponer a quien le apetezca (como siempre, esto es opcional para el lector) es una armonía de torrijas con vino, aprovechando que la semana pasada ya hablé un poco del juego de sensaciones que para mí supone el maridaje.

En vez de proponer una armonía fácil como puede ser, precisamente, acompañar las torrijas, con ese toque de canela y almíbar, dulces y sabrosas, con un vino dulce entre los muchísimos que tenemos en España y fuera (maravillosos Tokajs húngaros o Sauternes franceses podrían aportar un toque original en el paladar, aunque igual chocaban un poco sus notas cítricas… juguemos, siempre), prefiero animar a que, después de una comida en la que hayamos abierto un vino tinto (incluso hoy que los católicos no comen carne se puede comer un buen pescado azul o de roca acompañado con un tinto, que no es tan raro y puede ser toda una sorpresa) dejemos una pequeña cantidad en la copa para el momento de las torrijas como postre.

Pienso en un vino tinto carnoso y potente, con crianza en barrica, un vino de Toro, de Ribera del Duero, Montsant o Priorato, buscando notas de cacaos, de canela, de vainillas suaves y una fruta madura que pueden hacer de las torrijas un exquisito bocado glorioso. Me encanta dejar un poco de mi vino tinto (si me ha gustado durante la comida) en la copa para acompañarlo con el postre, pero pienso en este dulce tan típico de la Semana Santa y no puedo por menos que animar a experimentar… total, si no es un bocado satisfactorio, tampoco se habrá desaprovechado mucho vino….

Buen provecho, y felices pascuas.

*Me cambio de casa, lo celebro con…

Llega el buen tiempo, la primavera, las horas de sol, la alegría, la intensidad en todo… también en los sentimientos.

Es cuando si estamos locos nos volvemos más y si estamos enamorados sentimos más fuerte. Es momento de dar pasos adelante, de cambiar de trabajo o de vida, de cambiar de casa y en lugar de dos, pagar un solo alquiler, compartir cama y dar un beso de buenas noches… Para todo esto, también hay buenos vinos con los que acompañarse y multiplicar el disfrute.

La mudanza, cuando uno se va a vivir con la persona que ama, es el principio de construir una vida y merece la mejor de las celebraciones. Pero “a pie de obra” es divertido involucrar a amigos que pringuen con algunas tareas (subir el sofá por las escaleras, echar una manita con la pintura de las habitaciones, pintar las cajas con rotulador para no confundirlas…) y después dedicarse el momento “afterwork” a tomar un vinito con el que celebrar el “gran cambio”. Con todo por medio, con una pizza y con un montón de cosas por hacer, hay que brindar por la nueva vida. ¿Con qué? pues teniendo en cuenta que después, o al día siguiente, hay que seguir con la mudanza, con moderación, sin duda. Pero se me ocurre un tinto sedoso y elegante, aunque no demasiado potente, quizá un roble de Ribera del Duero, o aventurarse a probar un tinto andaluz de Ronda, por ejemplo, o de Cádiz, elaborado con una magnífica Syrah. Son dos vinos distintos, eso sí, pero se trata de pasar un rato agradable con la cinta al pelo y la brocha casi en la mano…

Después, cuando ya hemos montado la nueva casita, llega la ocasión, o mejor dicho, LA OCASIÓN, en la que invitamos a los colegas, ya limpitos, a cenar para agradecerles que estuvieran ahí deslomándose por nosotros. Es entonces cuando deberían aparecer las burbujas. Eso sí, al principio y no al final de la recepción, que ya que hemos currado nos merecemos empezar la velada en alto. ¿Qué tomamos entonces? pues como estamos en España y los hay muy ricos, cava, catalán de Sant Sadurní, y como la ocasión es especial, un Gran Reserva, con al menos 30 meses (¿acaso nuestro proyecto no es para toda la vida, al menos en intención?) de crianza en botella, complejo, delicioso, elegante y repleto de finura. Además, con un ejemplar de este tipo y una cena que no consista en carnes rojas muy elaboradas, se puede continuar toda la velada, si se quiere, y experimentar con las combinaciones de sabores.

 

El champagne (el de la foto es un tanto inaccesible, pero hay más Krugs deliciosos y otras opciones excelentes para inaugurar una nueva vida) es siempre una buena idea.

Otra opción. Es un gran día, podemos hacer una concesión al país vecino y deleitar a los amigos con un champagne, de burbuja fina y constante, sabores ligeramente tostados, alegre y que como se cuenta que dijo Madame Pompadour, capaz “de hacer más bellas a las mujeres”. Me apunto a semejante tratamiento de belleza, pero además el champagne es una excelente elección para celebrar, incluso aunque no haya nada que celebrar aparte de haber abierto una botella…

Y después de la inauguración, la cena, los amigos y el brindis… a vivir, a empezar, a inventar ocasiones para brindar de nuevo.

*Este post se lo dedico a Elena, que se acaba de cambiar de casa 😉

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