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De nuevo con (o contra) la crítica vinícola irresponsable…

Parece que los que pertenecemos profesionalmente al mundo del vino estamos obsesionados con la crítica vinícola y las consecuencias que pueden traer sus (malos) juicios, pero no puedo por menos que volver a protestar en alto ante un comentario que ha llegado a mis oídos y que me parece, cuanto menos, irresponsable si se dice delante de una audiencia que tiene al crítico como un experto y que se fía de sus juicios. Esto es lo que comentó: “la verdejo, que es una uva que va mal con todo y no va bien con nada”…

No hay contexto, pero lo pongo yo ahora: la pronunció en una cata de vinos italianos, vamos, unos vinos que ni se elaboran con verdejo, una uva blanca típica de la región vallisoletana de Rueda, ni tenían nada que ver con ella. O sea que, para empezar, ni siquiera venía demasiado a cuento, a no ser por tratarse, los italianos, de vinos de consumo cotidiano como nuestros verdejos españoles.

Por supuesto, no voy a decir el nombre del crítico, al que algunos miembros de la canallesca vinícola consideran una de las personas más influyentes, ni lo de hablar de uno de sus comentarios es para meterme con él en concreto. Tampoco quisiera pensar que el crítico puede tener otros intereses para denostar los vinos de verdejo. Pero sí quiero protestar por la situación. Vamos a ver, ¡¡¡¿a qué viene hablar mal de una uva y unos vinos ante una audiencia aficionada pero inexperta, que puede dejarse influir por el crítico y empezar a pensar que, efectivamente y tal como se lo indican desde la tribuna, esa uva no vale para nada?!!!

Y además, ¿qué gana el crítico o experto (español, oé) metiéndose con una uva patria para compararla con unos vinos italianos y denigrarla ante ellos? Su opinión puede ser tan válida como la de cualquiera, pero en este caso, es irresponsable e innecesaria. Además, para que conste, yo, que ni soy experta ni soy crítica vinícola ni se me considera influyente (qué alivio) en el mundo del vino, estoy en contra de esa afirmación y opino que la verdejo no solo no es mala, sino que es muy buena y hay mucha gente que está trabajando para demostrarlo. El mismo Francisco Hurtado de Amézaga, del que hablaba en un post anterior, sin ir más lejos. Y como él, un montón de enólogos, bodegueros y viticultores. Y desde aquí animo a probar vinos de verdejo. Eso sí, buscando un poquito para encontrar los más honrados, pero siempre los que más gusten. Para mí, la verdejo es buena para vinos cotidianos, jóvenes y frescos, y es buena para acompañar comidas ligeras, y para brindar, y para hacer unos vinos que otros críticos españoles colocan entre los grandes. Así que no puedo dejar de protestar por este comentario, que me parece un ejercicio gratuito de irresponsabilidad y que, dicho sea de paso, no es más que una opinión desafortunada que nada tiene que ver con la realidad. Y no lo digo yo, preguntad a cualquiera o probad unos cuantos vinos de verdejo.

Preciosa me parece esta cepa de Verdejo ¿Cómo no va a salir algo bueno de ahí?

De nuevo me vuelve a fastidiar que desde la posición de experto en vinos se aproveche para lanzar comentarios envenenados que proceden de intereses personales ajenos al público que escucha o lee. Un crítico tiene que lanzar juicios negativos, por qué no si el vino en cuestión lo merece o detecta que es un vino fraudulento de algún modo, pero una generalización como esta ha de guardársela para cuando esté tomando unos vinos italianos con sus amigos. Es entonces cuando, si quiere, puede aprovechar su conocimiento y su opinión personal para sacar el hacha contra una uva española que sí tiene mucho de bueno y poco de malo, justo lo contrario de lo que el crítico opina.

Francisco Hurtado de Amézaga, el olfato en los genes

Hoy, hasta que publique un nuevo post (si puedo será esta noche o mañana) dejo aquí otro retazo de mis vinosaurios, esta vez un enólogo que ha asistido al nacimiento de los vinos de Rueda tal y como hoy los identificamos, jóvenes, frescos, y que supo ver en la región un enorme potencial antes que muchos otros que llegaron después. Francisco Hurtado de Amézaga es uno de los visionarios del vino que no temió hacer algo distinto, atreverse con vinos nuevos que después se convertirían en imprescindibles.

Paco Hurtado de Amézaga tenía 24 años cuando recibió el encargo de hacer un vino blanco “cuando aquí nadie bebía blanco”. De hecho, reconoce el enólogo, “aún me cuesta creer que hoy se esté bebiendo más vino blanco que tinto”.

Recorrió algunas zonas que le parecieron prometedoras pero que fue descartando, como Galicia o Cataluña. Curiosamente, fue su madre la que le sugirió Rueda, en sus palabras, porque “tienen un vino estupendo que luego estropean”, en referencia al tipo de vinos que se elaboraban allí antes del desembarco del grupo riojano, y que incluían la crianza biológica. En 1971 Hurtado, acompañado del que había sido su profesor en Burdeos, el célebre Émile Peynaud, llegó a Rueda en lo que él recuerda como una “cosecha atroz”. Y comenzó a experimentar para crear ese vino. Recuerda haber oído frases por parte de los viticultores y bodegueros ya instalados del tipo “tú te vas a cargar la zona”.

 

La Verdejo que enamora

Se encontró en Rueda con una joya, la uva Verdejo, que hoy día se está cultivando fuera de la DO gracias a los excelentes resultados que ha dado en la comarca castellano-leonesa. Para Hurtado, la Verdejo “vale para todo” aunque los mayores éxitos que ha proporcionado a Riscal han venido por las elaboraciones de vinos frescos y de marcado carácter frutal, desde su primer varietal de Verdejo hasta su último lanzamiento, Finca Montico, creación del director técnico de las bodegas de Riscal en Rueda e hijo de Paco, Luis Hurtado de Amézaga, el único de sus descendientes que se dedica al vino, con la misma pasión que su padre.

Paco Hurtado de Amézaga abre una botella de vino viejísima, de la colección de vinos antiguos con que cuenta en sus bodegas Marqués de Riscal.

En Rioja, donde Bodegas de los Herederos del Marqués de Riscal tiene su sede y desde donde arranca su historia, Paco también dio una lección de innovación cuando en 1991 sacó al mercado el primer Barón de Chirel, un tinto que se consideró el primer vino de alta expresión del país, y que solo se elaboraría en añadas excepcionales. Ahí, recalca el enólogo, quiso “explicar al público que en Rioja se puede hacer algo diferente” aunque, recuerda, también “me pusieron verde”. Pero Hurtado, con poco más de 60 años y una envidiable energía que le da el entusiasmo por lo que hace, no se detiene y ahora está pendiente de su último tinto de Rioja, Finca Torrea, con el que homenajea a la finca fundacional de Riscal, heredada por el marqués que puso en marcha la bodega de su tía Marceliana Hurtado de Amézaga.

Para el creador de los blancos modernos de Rueda, hay todavía mucho por hacer y no duda en afirmar que “el campo es inmenso” a la hora de seguir trabajando para mejorar. Ahora sus miras están puestas en el trabajo en la viña, donde considera que está el gran reto de futuro, ya que el viñedo es esencial para una firma como Bodegas de los Herederos del Marqués de Riscal, en la que un 85 por ciento de la uva que emplea en la veterana bodega de Rueda es adquirido a los viticultores de la comarca.

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