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El mundo líquido… desde mis zapatos

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Ten con ten… sitio con nombre, vinos no tanto

Normalmente me gusta conocer los sitios nuevos que abren en mi ciudad, Madrid, y gracias a mis compañeros y compañeras de profesión estoy relativamente al día del garito de turno donde “hay que ir”. Y como en la capital se mueven los locales a un ritmo casi frenético (no solo aparecen, que también desaparecen unos cuantos) pues de vez en cuando me apetece probar uno en concreto e ir con buena compañía. Esta vez le tocó al “Ten con Ten”.

Había leído a Charo Izquierdo en Twitter y alguna crónica más de mis colegas (e incluso de alguna amiga “superenteradadelossitiosdondehayqueestar”), como suelo mirarlas antes de ir a algún sitio para que sean ellos los que hagan de avanzadilla, me aventuré y me planté, eso sí, un viernes como Dios manda, retando a los hados y previendo, como ya me había pasado en otras ocasiones, que estaría lleno. Bueno, pues a rebosar era solo una expresión para acercarse a cómo estaba el local. Como se dice ahora: lleno no, lo siguiente.

Foto publicada en El Economista del Ten Con Ten

Bonito, desde luego, es un rato.

Después de dar una vueltecita por donde buenamente pudimos hacernos sitio y observar que ni al norte, ni al sur, ni en las mesas había un hueco donde sentar nuestras posaderas, resignados mi acompañante y yo, nos abrimos un pequeño espacio en la barra, pero tan pequeño que solo nos servía para pedir el vino y la tapa en cuestión, porque, para tomarlo, teníamos que alejarnos de ese límite vertical que era “nuestro sitio”. Eso, ya, me empezó a no gustar, porque aunque el local es precioso (quien esté en Madrid puede comprobarlo y me dará su opinión) si no puedes moverte, la sensación es de agobio, digan los decoradores lo que digan.

Ahora a lo importante: las cartas. La de vinos, por supuesto, y la de tapas, que para eso es un “gastrobar” (miedo me está empezando a dar el término). La primera, tengo que decirlo, tiene muy buena pinta: vinos españoles de todo tipo y entre ellos muchas marcas conocidas, con cierto prestigio y a unos precios del Barrio de Salamanca que es donde hay que pagar el alquiler del establecimiento. Me gustó mucho la selección que tenían sin considerar que era arriesgada. Pero bien. En cuanto a la segunda, también las tapas y raciones, casi ninguna por debajo de los 20 euros, tenían un aspecto apetitoso sobre el papel y, comprobamos con un tartar de atún, que también en el plato, al menos en este caso.

Pero, ¡ay!, viendo los precios de las cartas y cómo estaba el sitio, decidimos no pedir una botella de vino sino una copa, porque tratándose de un gastrobar donde salían de la barra cócteles como si de la fábrica de Willie Wonka se tratase, imaginamos que algo parecido ocurriría con la selección de copas de vino. Ahí es donde encontramos el mayor de los fallos. Porque al preguntar, en un sitio taaaan chic, por los vinos que tenían, ya que no aparecían en la carta de vinos (paradójico, ¿no?) nos contestan: “psss, no ssséeee, Rioja, Ribera y Rueda”. TOMA YA, me dije a mí misma, mientras me quedé ojiplática. No solo tienen aquello de “sota, caballo y rey” en un local que se las da de cool y con una buena reputación a sus espaldas, sino que los camareros, y hablamos con más de uno, no supieron decirnos QUÉ vinos (qué marcas, qué uvas, lo que fuera menos el tópico, ¡POR FAVOOOORRRRR!) tenían en la dichosa barra.

Ahí es donde hice la cruz. Bueno, la cruz entera no, un cuarto. El resto fue cuando los vinos los sirvieron en unas copas aceptables (tengo que decir también lo bueno, creo yo) peeeero a una temperatura al límite. Vamos, que el segundo trago y con la gente que había era ya, como les gusta decir a algunos, un caldo, pero literal. Calentito calentito, oiga. Así que nos quedamos sin saber qué nos servían porque, aunque el camarero tuvo la delicadeza de leernos la etiqueta y decirnos la marca (¡!) pues casi ni nos enteramos con el barullo.

¿Cómo se puede permitir, críticos gastro incluidos, pasar por alto este tipo de servicio en un local de ese nivel? Vale, no es un estrellamichelín, pero sí se le puede, se le debe, exigir que por los 3,50 euros por copa de vino, al menos, esté en condiciones. Sin contar con que la selección, para lo que se espera de un local así, era cortita, decepcionante, nada original (siendo mala, malísima, puedo incluso apostillar que se han gastado taaanto en decoración que no les ha quedado para el servicio del vino, a pesar de que lo cobren como el “nivel” del sitio exige). Los vinos en un gastrobar, como los cócteles (ese sería un cuento aparte) o las cervezas o incluso el agua (mira, tenían S. Pellegrino, el agua más cool y cinematográfico del mundo), son acompañamiento inseparable de la comida; y si se cuida una, hay que cuidar necesariamente los otros, porque la experiencia, si no, no merece la pena, y se aleja, muchísimo, de ese “ten con ten” que da nombre al local. Lo malo es que no es la primera vez que encuentro pegas parecidas a sitios como éste.

Para equilibrar la cuestión, aquí os dejo otras dos consideraciones, una periodística y otra bloguera completamente distintas a la mía. Juzgad vosotros.

Si estás en Madrid, pásate por Ortega y Gasset mañana…

A ver muchachitos enófilos. Mañana 15 de octubre todos los que andéis por Madrid y queráis unos vinitos estupendos, pasaos, previo pago de entrada, claro, por Las Vendimias de Ortega y Gasset, que en esa calle no todo es moda textil, a probar algunos de los mejores vinos de Castilla y León. Las entradas, desde la web de Lavinia, que es una tienda de vinos donde encontrar ejemplos de tintos, blancos, espumosos, generosos, destilados y accesorios y, además, tomarse una copita con tapa en la barra o comer en su restaurante. 

Desde la organización comunican que habrá pisadores de uva, música y una alfombra roja como bien merece el desfile vinícola que habrá por la tarde. Yo pienso ir a ver cómo se pone de gente, qué beben y cómo y qué oigo por ahí, que soy muy cotilla. Me lo imagino como una de esas veladas de moda y compras hasta medianoche, pero con el vino en escena.

Quien tenga un poquito de curiosidad, que aproveche esta oportunidad de probar vinos como los exclusivísimos Vega Sicilia, además de otros más asequibles y estupendos como Estancia Piedra, Pérez Pascuas, Pago de los Capellanes (mmm!), Naia… Vamos, que aunque no conozcáis las marcas, os aseguro que el trago os merecerá la pena.

Las entradas cuestan 10 euros para cinco consumiciones, que además pueden ir acompañadas de productos castellano- leoneses.

Una buena oportunidad de acercarse al vino de la región en casi todas sus variedades.

Vino para unos pocos, ¿acierto? No lo creo.

La semana pasada estuve en la inauguración de un nuevo y exclusivo lugar de tapas con cocinero estrella a la cabeza. En la convocatoria, un dato real: se ofrece una treintena de vinos por copas procedentes de distintas partes del mundo. Todo muy chic, mucha gente guapa, más de la que el sitio podía absorber, comida excelente, pero, en mi opinión (solo en la mía) los precios de los vinos bastante por encima de lo que yo entiendo por accesible.

Bien es verdad que se trata de un lugar donde la cocina es de altísima calidad y, previsiblemente, las tapas y el servicio del vino también lo serán, ya que al cargo de la carta está, según me cuentan, un experto con una amplia trayectoria en el mundo del vino. Digo también lo serán a modo de intuición, ya que cuando pasé por ahí, invitada por un colega, era la inauguración y en esos momentos había demasiada gente. El caso es que el responsable de la carta, que ha escogido una completa selección de vinos del mundo entre espumosos, blancos, tintos y dulces, comenta que los vinos tienen un precio ajustadísimo, que corresponde exactamente con la sexta parte del precio de la botella en el restaurante propiedad del mismo chef.

En la selección, bastante buena a juzgar por la procedencia de los vinos, equilibrada y entretenida, había unos cuantos vinos que no conocía (conozco más vinos españoles que extranjeros) pero decidí, cuando una compañera me incitó a fijarme en los precios, poner la atención en las referencias que sí conocía. Y ahí fue cuando observé que, con lo que cuestan allí, y en otros sitios, los vinos por copas, el consumo de vino fuera de casa no va por el camino de la recuperación, sino al revés. Encontré como referencia un vino blanco que casualmente está entre los que más me gustan últimamente y vi que el precio de la copa eran ¡cinco euros!

Entre vinos de 200 euros y vinos en cartón hay una amplia selección para el común de los enófilos... digo yo

Dicho así, sin referencia alguna sobre el vino, no es suficiente información, pero ahora nos toca, según lo que comentó el responsable de la carta, multiplicar por seis: o sea, que la botella de ese vino en el restaurante cuesta la nada despreciable cantidad de treinta euros del ala. A mí, esto, tanto en copa como en botella, ya me parece un vino caro. Pero hay más. Este vino lo conozco porque lo he tomado, casualmente, en restaurantes alguna vez y su precio siempre ha rondado la veintena de euros, diez euros menos de lo que se afirma costaba aquí tanto en el restaurante como en el bar de tapas. No quisiera echar más leña al fuego porque el asunto del margen de los restaurantes es algo delicado, pero es que en tiendas este mismo vino ronda los 12 euros.

Para no quedarme solo con este comprobé otro que también conocía, algo más caro, y la proporción era bastante parecida.

A lo que voy: cuando los vinos que son de gama media como estos se cargan con unos márgenes tan amplios es imposible incentivar el consumo del vino y alejarlo de la idea de cotidianidad, de acompañamiento de la comida. Una copa de vino no es gran cosa en cuanto al líquido ingerido, por lo que, en sentido práctico, no me extraña que entre los cinco euros de este vino blanco que comento y los dos de una cerveza (pongamos que en el mismo sitio) no me extraña que el público se tire, (perdón por la expresión) a la rubia. Vale que en este local el precio puede ser un filtro para que no entre determinado público, pero recordemos que se trata de un “garito” de tapas, por más de diseño que sean, y que uno (al menos yo) no está tan predispuesto a soltar la misma cantidad de dinero para tomar algo de pie que por comer sentado, con servilleta y servicio incluidos. ¿O no?

Sin meterme con el local en absoluto porque cada uno hace con su negocio lo que quiere, sobre lo que quiero hacer hincapié es sobre la idea de que sitios así alejan al vino del público que no sea fan o friki vinícola, porque aunque el precio no es lo más importante si no se relaciona con la calidad del vino (y otros factores), sí es una referencia que hace decantarse por un lugar u otro para pedirse una copa. Y un precio por copa alto no es la solución, por más vinos del mundo y cocinero estrella, para impedir, o paliar, que el consumo de vino en este país caiga en picado.

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